jueves, 13 de junio de 2019

Elixir

Lentamente los incisivos van rasgando la piel, acto seguido la boca baja ligeramente, lo suficiente para que los caninos se introduzcan por la leve herida del cuello, la corona se transforma y el marfil se afila, los dientes se tornan colmillos y penetran en la yugular. Brota la sangre y esta es bebida sin prisas y sin pausa, con extremo deleite. Las pupilas se encienden como brasas incandescentes. Así me alimento contigo, tu sangre es mi elixir.  


martes, 4 de junio de 2019

Elisabeth

Un arañazo en la espalda puede ser un acto apasionado mientras haces el amor, pero también puede ser el primer síntoma del terror más puro, sobre todo si cuando te lo hacen estás completamente solo y a oscuras, sentado al borde de la cama, reflexionando sobre otros asuntos paranormales que vienen sucediéndose desde hace unos pocos días.

Esa ventana que se abre durante la noche, esa brisa que recorre tus sábanas y te acaricia el rostro, ese beso en la frente que te despierta con un sobresalto… Hará tres días que alguien empezó a visitarme en mi habitación, un espectro, un ente que me desea. ¿Quién podría ser? La espalda me sangra y empiezo a recordarla. Es ella, Elisabeth, mi difunta ex novia. Regresa a mi mente el momento exacto que corté nuestra breve pero intensa relación, las palabras que me dijo antes de marcharse para siempre, ¿para siempre?, eso creía.

Me dijo: “nadie me ha hecho sufrir tanto como tú, y prometo que muy pronto te arrepentirás de todo el dolor que me has causado”.

Una semana más tarde me enteré de su suicidio, aquella misma noche que nos vimos por última vez... ¿última?, no, ella está aquí de nuevo, ha vuelto para cumplir su promesa de venganza.

No entiendo como es posible que no fuera ella quien acabara con nuestra relación, después de todo, ella tenía razón, fui muy cruel con Elisabeth, cada uno de los días que estuvimos juntos. Pero acabé por aburrirme.

Siento un dolor indescriptible en mi vientre, aparecen moratones en mis muslos, y empiezo a sangrar por el recto… su venganza se está consumando, es un ojo por ojo y diente por diente.

Han pasado dos días, sigo con vida, y el espíritu vengativo de Elisabeth ha dejado de visitarme. No concilio el sueño, el dolor físico ha cesado, pero ahora es más intenso, está en mi sangre, en mi alma. Creo que solo hay una manera de acabar con este sufrimiento, del mismo modo que lo fue para ella. Este es, sin lugar a dudas, el final que merezco. 

Pero una vez yo muera, no sentiré la necesidad de venganza que sintió ella, no iré a visitar a nadie. Pues para mí... no debe haber lugar en este mundo.



Fin


viernes, 17 de mayo de 2019

Regreso al futuro "Una posible nueva línea temporal"

De Almudena para Núria.

12 de Noviembre de 1955

Marty McFly tocaba la guitarra en el escenario, su mano empezaba a desaparecer, cuando su padre George Mcfly le arreó un puñetazo a Biff Tannen para defender a su futura esposa y madre de Marty, Lorraine Baines. La mano de nuestro protagonista volvió a aparecer por ese acto de valentía. Marty agarró una guitarra eléctrica e hizo estremecer a todo el público presente con el tema de rock and roll “Johnny be goode” del gran Chuck Berry. Entre aquellas almas alborotadas, sin que Marty lo supiera, había una misteriosa chica de trece años llamada Núria, nadie allí lo sabía, pero ella también había llegado del futuro, y aún más, había viajado a través de la pantalla. Núria cruzó el portal que separa la realidad de la ficción. ¿Y cómo hizo tal cosa? No solo existen los “doctores Browns” en el mundo del cine. Y si un DeLorean puede llevarte de viaje por el tiempo, quién sabe, quizás un Renault Scénic te puede llevar a otros mundos, incluso a lugares que solo parecían existir trás las cámaras y la imaginación de alguien como Zemeckis. Pero, al igual que el bueno de Emmet le dijo a su amigo, Marty; «no hagas nada que pueda alterar el futuro, podrías crear una nueva línea temporal en la cual incluso podrías no haber nacido». Núria también recibió ese consejo, tan solo debía disfrutar de su trilogía favorita participando de ella como una actriz de reparto más. Como os podréis aventurar a imaginar, al igual que McFly, Núria transgredió dicha advertencia. Esta es la historia de como “Regreso al Futuro” pasó de ser tres películas a una cuatrilogía…

Regreso al Futuro “Una posible nueva línea temporal”

Núria conocía exactamente la hora y el lugar para ser testigo de uno de los momentos más épicos y emocionantes de la historia del cine. Se apresuró y llegó justo a tiempo, jamás hubo espectadora más privilegiada, oculta tras una columna de la torre del reloj.

Son las 22:00 horas, faltan tan solo cuatro minutos para que caiga el rayo sobre el reloj. El Dr. Emmet Brown ha colocado un dispositivo para que los 1’21 gigawatts que necesita el condensador de fluzo para devolver a Marty de regreso al futuro, es decir, a su hogar.

McFly llega justo a tiempo para poner el DeLorean a 88 millas por hora, todo parece ir bien, hasta que el Dr. Brown tiene un percance y uno de los cables que deben recibir la energía necesaria para poner en marcha la máquina del tiempo, se desconecta. Emmet se las arregla para deslizarse por una improvisada tirolina hasta los conectores desenchufados, cae el rayo sobre una antena que el amigo de Marty ha colocado sobre el reloj, McFly vuela en su DeLorean hacia el cable eléctrico, Brown conecta el dispositivo, el rayo pasa por él y este sale despedido hacia atrás por la descarga. Ambos lo han conseguido, la energía llega al condensador de fluzo, el coche desaparece dejando dos ristras paralelas de fuego sobre el asfalto. Núria lo ha presenciado todo en primera persona, en vivo y en directo. Ha sido un instante espectacular, fuera de serie.

Núria ahora puede ir a recoger su scénic, el cual tiene oculto en un garaje abandonado, y viajar de nuevo a la segunda parte de la trilogía, para continuar disfrutando de las aventuras de Marty. Sabe bien que si se queda allí un rato, McFly aparecerá de nuevo, pero eso la llevaría directamente al final de la segunda película, y principio de la tercera. Justo antes de embarcarse en un viaje al viejo oeste. Y ella lo que quiere es ir un poco más hacia adelante en el tiempo, donde los aeropatines la esperan.

21 de Octubre del 2015

¡Robocordones!

McFly necesita un aeropatín para huir del nieto de Tunnen y sus esbirros, Núria está allí mismo, en la plaza de Hill Valley, deseando ver esa escena, pero lo que más desea es poder patinar sobre el aire, como ve hacer al protagonista de su película favorita. Luego llega el momento en el que Marty compra el almanaque deportivo, Núria conoce bien los acontecimientos posteriores, y como ese acto creará una línea temporal distinta, cuando Biff robe el almanaque y se lo dé a su “yo” del pasado. ¿Podría ella hacer algo parecido? Núria se asoma al escaparate de la tienda y ve que hay otro libro igual al que compra McFly. La tentación es poderosa. Núria tiene unos cuantos dólares de esa época, decide entrar y comprar el libro que puede hacerla millonaria al regresar a su tiempo y realidad. Guarda el almanaque en su mochila y va en busca de su Scénic. En otra ocasión continuará las aventuras de Marty y Doc en el viejo oeste.

Al regresar a su mundo, Núria piensa que quizás a creado una nueva línea temporal por comprar el almanaque, está nerviosa, puede ganar un montón de pasta con ese libro. Agarra la mochila, saca el almanaque y lo ojea. ¿¡Oh la la!?

La línea entre la realidad y la ficción es muy fina, pero existe. Ese libro tiene una portada alucinante, pero su interior es un montón de hojas en blanco, atrezzo de película. El presente real sigue igual, tal cual lo dejó atrás.

Núria llama a una amiga para que la acompañe en su nuevo viaje, al interior de la mejor trilogía de todos los tiempos. Ambas se suben al coche.

- ¿Por ahí vas a conducir, Núria? Pronto se corta la carretera.

- ¿Carreteras? ¡A dónde vamos no hacen falta carreteras!



¿To be Continued?

viernes, 10 de mayo de 2019

Villa Truequena

Ocurrió hace más de mil años, o quizás dos mil, un día de primavera en el que todo el pueblo olía a flores de cerezo y almendro. Zona rural, casitas de piedra, madera y arcilla. Las gentes de allí se dedicaban al pastoreo, a las granjas de ovejas, vacas, gallinas y cerdos, y al cultivo de maíz, pipas de girasol, hortalizas y tubérculos. La fecha de los acontecimientos data de cuando Matusalén perdió la zapatilla, hará tres mil o quizás cuatro mil años.

Mi nombre es Griselda, tengo doce años. La abuela de la abuela de la abuela de mi abuela, y puede que algunas abuelas más atrás... una de ellas, por aquellos años, vivió en aquel pueblo, estuvo presente en el meollo de lo que allí pasó. Ella se lo explicó a su hija y esta a la suya, y así hasta el día en el que mi mamá me lo contó a mí. Y ahora yo la escribo, para que la pueda leer quien quiera.

Mi ta-ta-ta-ta-tara abuela se llamaba Griselda, ¡sí! como yo. Paseaba aquel día de hace miles de años, un día de primavera, saboreando los aromas de flores de cerezos y almendros, con su canasto de mimbre repleto de frutas frescas, camino del mercado a su hogar. En aquel mercado ni se vendía ni se compraba nada, era lugar de trueque, allí cambiaban frutas por leche, leche por miel, miel por legumbres, legumbres por pan, y así hasta que todas las aldeanas y aldeanos tuvieran todo lo necesario y variado para disfrutar de todo lo que allí conrearan, cultivaran u ordeñaran. ¡Sí! en aquel pueblo no existía el dinero, solo el trabajo y el reparto de lo recolectado. ¡Qué maravilla! pensé el día que por vez primera me explicó esta historia mi mamá. Pero… ¡ay! siempre tiene que haber “peros” en las historias maravillosas. Un buen día la cosa empezó a torcerse, el mismo día que llegó al pueblo un hombre alto, delgado y con un infame bigote bañado en cera de abeja. El señor, Piter Potter Pots. La gente del pueblo, al poco de conocerlo mínimamente en profundidad, empezaron a llamarle el señor Trespés, por su nombre y apellidos, sí, pero sobre todo por pretencioso, presumido y pedante, una combinación exacta de esos defectos era la actitud imperante en Trespés. Se las daba de gran conocedor en cualquier materia, según él era el mejor cultivador, pastor y agricultor que había sobre la faz de la tierra, sin embargo, en todo el tiempo que permaneció en Villa Truequena nadie le vio dar un palo al agua. Pero bien que tenía que comer y beber, y tener un hogar en el que cocinar y dormir. Así que el día que llegó, sin más equipaje que su bigote encerado, el hombre se dirigió al mercado con su pose curvada y sus pasos de flamenco patilargo. Se detuvo frente al puesto de patatas, zanahorias y remolachas y sonrió con una extraña mueca a doña Agustina, mostrando varios dientes perlados y otros de negro hollín.

- Buenos días, señora.

- Buenos días, forastero.

- ¿Me daría usted cuatro de cada?

- Aquí no damos nada, intercambiamos.

- Sin duda, señora. Usted me da lo suyo, y yo le daré mañana el doble de lo que me dé, en lo que usted quiera. Puedo conseguirle lo que desee y en abundancia.

Así era el señor Trespés. Y la gente del pueblo no era tonta, pero desconocían la avaricia y el engaño, y aquel hombre era experto en ambas cosas. Un vende humos de los de antaño, un publicista, un político, un banquero de los de ahora. Y eso es lo que creó en Villa Truequena a los seis meses de vivir allí, el primer banco del mundo. Tras conseguir que varias personas trabajaran para él, en materias de las que se consideraba tan preparado, tras conseguir que le construyeran una mansión como jamás la había habido allí, tras pagar a los que le dieron víveres con otros que cultivaban y conreaban para él. Tras conseguir todo aquello con tan solo palabras, promesas, falsas sonrisas mientras se acicalaba el bigote y mentía a todos sin tapujos ni escrúpulos. Creó un banco y con él, el dinero, y con este, la deuda.

A los tres años de la llegada del señor Trespés a Villa Truequena, al pueblo no le quedó ni el nombre, por aquel entonces, aquel lugar se pasó a llamar Deudalandia, y los aromas pasaron a ser; de flores de almendro y cerezo a humos de pólvora y ceniza.

Algunos cuentan este cuento como una historia de prosperidad, de civilización y beneficios, pero tanto mi ta-ta-ta-ta-tara abuela Griselda como yo, bien supimos y sabemos que la llegada del señor Trespés fue una desgracia, y que las aldeanas y aldeanos de Villa Truequena pasaron de ser afortunados, a ser; ricos o esclavos.



Fin

jueves, 15 de noviembre de 2018

El Bosque Eterno

La madre de Violeta se acercó a esta con un humeante plato, la pequeña estaba sentada a la mesa.

- Hoy he preparado algo que jamás había hecho, lentejas con chorizo.
- Uf, lentejas, buaj -se quejó Violeta- no me gustan las lentejas.
- ¿Las has probado alguna vez?
- No, pero sé que no me gustarán. Prefiero un plato de los espaguetis que sobraron ayer.
- ¿Estás segura? Pruébalas al menos, y si de verdad no te gustan, te pondré un plato de espaguetis.

Violeta observó las lentejas, la verdad es que olían muy bien, pero la pinta no le pareció apetitosa.

- Pruébalas, cariño -insistió su madre-.

Violeta cerró los ojos y apretó los puños.

- ¡No quiero!

Cayetana, la madre de la niña, no insistió más. Le quitó el plato de lentejas y fue a calentarle los espaguetis que sobraron del día anterior.

Aquella misma tarde, Violeta paseaba por el pueblo, de camino a casa de su amiga, Rosalía, que se encontraba cerca del bosque que rodeaba Masdemboqueras. Todos en el pueblo decían que no había que adentrarse en aquel bosque, que era un lugar embrujado, y que todo aquel que allí entraba, no podría salir jamás. Los que antaño se aventuraron a explorar en la frondosidad de aquel bosque no regresaron, y los que fueron en su busca, tampoco.
Violeta se acercó a la frontera entre el bosque y el pueblo, se detuvo muy cerca de una de sus entradas, unos árboles creaban un arco con sus ramas, formando un portal de cuento de hadas. Por un instante sintió ganas de cruzar aquel portal y adentrarse en el bosque. ¿Cómo era posible -se preguntó Violeta-, que si nadie había salido de allí, ciertas personas, sobre todo ancianas, contaran maravillas de aquel lugar? Ella no creía que al entrar no podría salir, que no existía ningún embrujo ni hechizo, que era un cuento que les explicaban a los niños para que no fueran allí y pudieran perderse. Ella confiaba en que no se perdería, que sabría regresar sobre sus pasos. Cerró los ojos, apretó los puños, y dio tres zancadas.
Abrió los ojos, dos filas de enormes árboles custodiaban un camino de fina hierba, un sendero recto en el que se podía ver a lo lejos un claro abierto. Violeta sonrió satisfecha de su decisión, pensó en recorrer aquel estrecho camino y ver que había al otro lado del claro, que tan solo haría ese recorrido y regresaría al pueblo. Pensó que con eso ya se sentiría complacida, valiente por haberse adentrado en el bosque prohibido. Mentiras las de aquellos que dicen que de aquí no se puede salir una vez entras, -se dijo a sí misma en voz baja-. Saldré por el mismo lugar por el que he entrado. Y Violeta se giró para observar el portal cruzado, pero tras ella no había entrada ni salida alguna, en su lugar se había erguido un impenetrable muro de rocas y hiedra, y frente a ella un sendero, camino a lo desconocido. La pequeña, por primera vez en su vida, sintió un miedo atroz.
Aún así no restó demasiado tiempo quieta, desbloqueó su parálisis con el ansia de encontrar otra salida, y se puso en marcha. Pronto se acabó el sendero y llegó al claro, ante ella se descubrió un paraje maravilloso, un edén puro y virgen. En mitad de aquella inmensa arboleda se encontraba una era verde esmeralda, con un lago de agua cristalina, el cielo estaba despejado y los rayos del sol iluminaban el lugar, como un gran foco sobre un escenario de ensueño. Pero para Violeta la visión de aquel hermoso paisaje era amenazante, incómodo y chocante, no por la viva naturaleza que la rodeaba, ni por los alegres animalillos silvestres que allí habían; coloridos conejitos saltarines, ardillas royendo nueces, y gacelas bebiendo del lago, sino por los humanos que allí festejaban; bailando en corros patateros, bañándose y jugando en el agua. Todos ellos eran ancianos y ancianas de cabellos largos y espesas barbas blancas, completamente desnudos, sin vergüenzas ni tapujos, radiantes y arrugados bajo el esférico celeste de fuego.
Violeta no podía escapar de su asombro, la pequeña admiraba la escena boquiabierta y ojiplática. Y de nuevo tuvo que sacar fuerzas de donde no las tenía para arrancar de su cuerpo un movimiento tras otro y encaminarse hacia adelante, una inercia por su parte con total reparo. Procuró no acercarse demasiado a ninguno de aquellos ancianos desvergonzados y llegar al otro lado, donde de nuevo se erguía el bosque, para adentrarse entre los árboles que amurallaban la zona y encontrar una salida en aquel lugar que la devolviera camino al pueblo. Pasó lo menos cerca posible de aquellos que bailaban en un círculo, agarrados de las manos y dando saltitos con los pies. En ese instante, inesperadamente y provocando en Violeta un buen susto, le habló una dulce y aguda voz al oído.

- ¿Te has perdido, pequeña?

Violeta volteó la cabeza y se encontró de cara un colorido colibrí que se mantenía en el aire batiendo las alas velozmente.

- ¿Me hablas a mí, pajarillo?
- ¿A quién si no, pequeña?

La niña no daba crédito a lo que sus ojos veían y sus oídos oían. Aún así se dispuso a hablar con aquel ave, pues toda ayuda en aquel momento era bienvenida para ella.

- ¿Qué lugar es este, donde los viejos bailan desnudos, y los animales pueden hablar?
- ¡Estás en el bosque eterno! Una vez entras aquí ya no podrás ni querrás salir jamás.
- ¡Qué equivocado estás! ¡Deseo salir de aquí a la voz de ya!
- Eso es porque aún no has saboreado los frutos, ni bailado las melodías, ni cantado las canciones, o escuchado los cuentos de este mágico lugar. ¿Ves a aquella anciana sentada bajo aquel almendro? Ella es Pruna, la mujer más antigua del bosque. Ella fue la primera en llegar. Habla con ella si tienes cualquier duda, tiene todas las respuestas que podrías esperar.
Violeta se despidió del colibrí con una sonrisa y se dirigió a la anciana de larga cabellera plateada que meditaba sentada cual flor de loto bajo el almendro florecido.
Ante ella se postró haciendo una reverencia, y la saludó con cortesía.

- Buenas tardes, señora.
- Buenas sean, hijita -le respondió Pruna-
- ¿Sabe usted cómo puedo salir de este bosque mágico?
- Ja, ja, ja, ja -rió la anciana- ¡Eres de lo más linda y divertida, pequeña!

Violeta hizo una mueca, con media sonrisa y el ceño fruncido.

- No bromeo, señora. Deseo salir de aquí, mi madre debe estar muy preocupada.
- ¿Tu madre? ¿Ella está aquí, con nosotros?
- No, desde luego que no. Ella está en casa, esperando a que yo regrese.
- ¿En casa? No hay más hogar que el bosque eterno que yo sepa. Quién no esté aquí no está en ningún lugar. Una vez entras aquí no hay otro lugar al que ir. Venga, mi niña, ves a bailar, a cantar, a reír. Come los frutos de los árboles, bebe del agua del arroyo...

Violeta interrumpió la charla de Pruna con lengua afilada y visible enojo.

- ¡Basta!... por favor -titubeó- por favor, basta, señora. No puedo quedarme aquí ni un segundo más. Si usted no me ayuda, ya me voy yo sola en busca de una salida.
- … Disfruta, salta, corre -continuó la anciana, como si las palabras de la niña nunca hubieran llegado a ser pronunciadas- juega y habla con los animales. Envejece aquí y no mueras nunca, olvida todo lo que has conocido antes, solo es aquí y ahora, no hay pasado ni futuro que reinen en el bosque eterno.

Violeta arrancó a correr desesperada, sin mirar atrás, se coló entre los los enormes árboles que habían alrededor del paraje, y voló entre la maleza, esquivando troncos y saltando rocas, hasta llegar a una pequeña montaña, la cual subió en treinta y siete zancadas.
Ya en la cima descubrió una enorme piedra circular y plana, y sobre ella un gigantesco telescopio. La niña se subió a la piedra y miró a través de la lente. Desde allí arriba pudo ver el pueblo, muy de cerca, a las personas que vivían en él, y localizó a su madre, frente a su casa, con claro rostro de preocupación, mirando una y otra vez a ambos lados de la calle, y Violeta supo de inmediato que era a ella a quien esperaba hallar.
La niña se puso muy triste, se separó del telescopio, se sentó en el borde de la gran piedra circular y empezó a llorar. “Jamás saldré de este maldito lugar -pensó-, envejeceré aquí, y nunca moriré. Lo único que podré hacer es olvidar todo lo que fui, a todos a quienes amé y me amaron, acabaré bien loca, bailando desnuda con los demás ancianos, y comiendo los frutos de esos árboles”…

- ¡Violeta! -le gritó su madre, alarmada- ¡Violeta!

La pequeña agarró una servilleta y se secó las lágrimas con ella.

- ¿Qué te pasa, cariño?

Violeta tardó unos minutos en controlar su respiración y relajarse.

- Nada, mamá, no me pasa nada. Me he asustado y no sabía cómo volver.
- ¿Volver? ¿Volver de dónde?
- No lo sé mamá, no lo sé.
- ¡Ay, hija mía, cabecita loca!

Cayetana abrazó a su hija, y así estuvieron un rato, hasta que ambas se sintieron mucho mejor.

- Mamá…
- Dime, mi niña.
- Me gustaría probar tus lentejas.




Fin

jueves, 2 de noviembre de 2017

Hijas de la Ilusión

Fueron criaturas maravillosas y deleznables, creadoras de dichas impresiones; del bien y del mal.
En constante ambigüedad y relatividad, ante las cuestiones que prevalecían en el entendimiento de lo interno y externo del mundo que habitaban. Fueron humanos, simples animales evolutivos, y llegaron a ser personas, complejas entidades de ilusoria identidad.

Hijas de la ilusión; ese fue el nombre que recibieron por parte de nuestras observadoras, antes de perecer y devolver la armonía a la tierra, cuya salud pendía de un hilo, al borde de la extinción, por la cara más oscura de aquellos bípedos llenos de amor y de vida, pero a su vez; crueles e insensatos.



 

lunes, 7 de agosto de 2017

Ananda y El Repartidor de Esquelas

Ananda es un nombre hindú, significa felicidad y dicha, sin embargo, nuestra protagonista vivía todo lo contrario, a pesar de que sus padres la llamaron así al nacer. También le tatuaron un pequeño punto en la frente, y otros dos en ambas palmas de sus diminutas manos, todo ello para ahuyentar a los malos espíritus, pero no a ellos mismos, los que se suponía que debían amarla y protegerla.

A los dieciséis años, Ananda residía muy lejos de su tierra natal, junto a una familia de acogida. No obstante, le quedaban unos meses para regresar a la India, para contraer matrimonio con Naraka, quien había sido amigo suyo, durante toda su infancia. No le amaba, pero sentía que debía corresponder al deseo de la familia que allí le quedaba.

Fue entonces cuando Ananda conoció a Fernando, Nando para sus amigos, y "el repartidor de esquelas", para el resto del pueblo.

Ananda y Nando... Un amor a primera, a segunda, y a todas las posteriores vistas. Vistas, palabras, caricias, y un sentimiento en común que crecía a pasos agigantados.

En el mundo nacen más de trescientas cincuenta mil personas al día, y mueren más de doscientas mil.
En aquel pequeño pueblo, donde vivían Ananda y Nando, moría de media, una persona cada dos días.

Nando recorría las calles repartiendo esquelas, y la mayoría volaban sin rumbo.

Ananda contaba los días que le quedaban para regresar a la India, para casarse con Naraka, cuyo nombre, por cierto, significa infierno.

Nando besaba a Ananda, antes y después de anunciar la muerte en cada rincón de aquel pequeño pueblo.

Ananda besaba a Nando, antes y después de encerrarse en su habitación a derramar todo su pesar.

Pero cierto día, y al siguiente, y al otro también, no hubo esquela alguna que revoloteara por las calles del pueblecito. Sin embargo, la dama sin piel, de hueso gris y afilada guadaña, sí había sesgado otra vida de aquel lugar sumido en la más profunda tristeza.

No había papeletas anunciando la muerte de aquel, sencillamente porque quién había fallecido era el mismísimo repartidor de esquelas.

Ananda significa felicidad y dicha, Naraka significa infierno. Pero aquel día las lágrimas apagaron el fuego, y no hubo unión, ni correspondencia al deseo de otros, aunque fueran de la propia familia. No hubo nada que uno no quisiera. Nada más que libertad, y cierto sentido al nombre que elegimos nosotros mismos.





Fin





viernes, 28 de julio de 2017

CARIES

Primavera del 2002

El hombre oscuro bañado de negro, el pincel agrietando el folio en blanco.

Lucía huía con el cielo derrumbándose sobre su frágil cabeza, cuando el hombre teñido de diabólico hollín pisoteaba su diminuta sombra, poco antes de salvaguardarse en una cueva de infinita profundidad. No vio luz alguna al final de aquel laberíntico túnel.

Ruth atendió al teléfono.

- No tengo ni idea de donde puede estar... busca entre los cojines del sofá... sí, Jacobo, en una hora más o menos... tengo que colgar... me han llamado de la guardería, Lucía está enferma... cuelgo... sí, Jacobo, sí.

Ruth colgó y marchó a toda prisa.

Con tan solo tres años de edad, Lucía experimentaba su primera incursión en el adulto mundo de la maquiavélica costumbre humana de provocar dolor. En el espacio onírico de su mente se protegía de la mísera realidad que la acechaba.

Alzó sus pequeñas manos y desconchó el techo de la gruta cavernosa en la que se hallaba, dejando que los rayos de luz del exterior penetraran hasta alcanzar sus vaporosas ideas. Lágrimas de azufre se inyectaban tras sus párpados, se alimentó de ellas, del río ocre que inundaba sus pies. Una brecha que aumentaba de tamaño en las paredes de su protectora prisión invitó al señor color verde, a su hermana; la señorita naranja, todos sus primos se unieron; el rojo, el malva, el rosa, el amarillo...

Con las palmas de sus manos hacia arriba, apretadas entre si formando un cuenco, tomó del mar de colores que cubría su agitado cuerpo. Bebió hasta atiborrar su estómago de aquella alucinante fantasía que la ocultaba del oscuro ser.

* * *

Invierno del 2016

Creedme cuando os digo que no actué con maldad. Era joven y estaba enamorada, llegué a sentir que si algo malo había ocurrido, no se repetiría. Quizás pequé por no hacer caso a la razón, mi mente me instigaba a la repulsión, me persuadía para que me alejara de él, pero aún le quería, necesitaba sus abrazos y sus besos, su presencia me reconfortaba. Era un hombre amable, me escuchaba y me daba muchísimo placer. No necesité olvidar lo que había sucedido por que, la verdad, jamás llegué a saber lo que realmente había ocurrido en nuestro hogar.

Esta noche he notado a Jacobo extraño, sé que algo le ha pasado, no creo que su actitud se deba únicamente al dolor de muela que acarrea desde hace unos pocos días.

- ¡San Jacobo! ¿Qué tal, hombre?

- Tu siempre tan gracioso, Javier. Igualito que a los catorce años.

- ¿Qué pasa, compadre?

- Mal, muy mal. Me duele la muela horrores, y para más inri, malas noticias en el trabajo.

- ¿Aún sigues en la fábrica de chocolate, Willy Wonka?

- Ja, ja, ja... Sí, ahí sigo. Me han quitado las horas extras, las necesitábamos como agua de mayo en casa.

- Vaya, hombre. Lo siento, amigo.

Jacobo en la sala de espera admiraba una serie de fotografías en su teléfono móvil, con precaución de que los allí presentes no las vieran.

- ¿Sr. Álvarez?

- Si.

Tras el rápido reconocimiento de la Dra. Vila, odontóloga del hospital St. Lorens:

- Tiene una severa caries en la muela del juicio. Mi recomendación es la inmediata extracción. Podría limpiarse y poner un empaste, pero está demasiado rota.

- La extracción será lo mejor.

- De acuerdo. Pida hora en admisiones.

* * *

Daniel, el hijo menor de Ruth y Jacobo, se pasaba las horas, desde que acababa sus deberes hasta la hora de la cena, jugando con su consola portátil. Aquella tarde su padre le abrió la mochila para mirar su agenda, con el fin de ver si tenía escrita alguna nota de la tutora. Mientras buscaba en el interior de la mochila vio algo extraño. Del estuche de Daniel asomaba lo que parecía ser la patilla de unas gafas, su hijo no usaba lentes. Abrió el estuche y, en efecto, allí habían unas pequeñas gafas graduadas a las cuales les faltaban uno de los cristales. La montura estaba visiblemente dañada.

Jacobo le mostró el hallazgo a su hijo.

- ¿Qué es esto?

- Unas gafas.

- Ya... ¿Qué hacen estas gafas rotas en tu estuche y de quién son?

- No lo sé.

Al instante Jacobo supo que su hijo le mentía, que escondía algo que no debía ser nada bueno, por la mirada de culpabilidad y el enrojecimiento de sus mejillas. Incluso sus ojos se tornaron llorosos.

- ¿Qué ha pasado Daniel? - le preguntó con tono comprensivo -.

- Nada.

- Está bien, ya hablaremos después. Ve a sonarte los mocos.

Lucía, la hija mayor de Ruth e hijastra de Jacobo, llegó a casa a las siete de la tarde. Sabía que el encuentro con su padrastro le traería una nueva riña.

- La princesa de la casa ha llegado.

- Hey...

- ¿Has ido a buscar trabajo?

- Déjame en paz, ¿vale?

- No, no vale. ¡Haz algo con tu vida, niña!

Lucía le levantó el dedo corazón a Jacobo y acto seguido se encerró en su habitación.

* * *

El ser oscuro perseguía a Lucía, una sombra, la silueta de un hombre bañado de diabólico hollín. Lucía gritaba: "¡Mamá, por favor, mamá!" Pero ella no respondía, oculta en un rincón ignoraba lo que allí sucedía.

Ruth se despertó empapada, de un sobresalto, justo en el instante en el que aquellas monstruosas manos se posaban sobre el cuerpo de su pequeña hija. Aquella eterna pesadilla se repetía de nuevo.

Ruth era co-propietaria junto a su hermana, Estrella, de una peluquería. "Nuni's"  llevaba abierta tres años, y el negocio no marchaba demasiado bien. Muchos gastos y poca clientela.

- ¿Te encuentras bien, Ruth?

- Otra mala noche.

- No descansas lo suficiente. Podrías tomarte unos días de fiesta, total, puedo yo sola con lo que tenemos.

- No me lo digas dos veces.

- Tres, si hace falta.

Lucía se pasaba el día en casa de una amiga. Sara era mayor que ella, vivía sola, con una pensión de orfandad se costeaba el alquiler y la compra mensual para llenar su despensa. Ambas compartían un placentero aislamiento basado en el dolor autoinfligido.

Tumbadas en la cama, escuchando el "Requiem de Mozart", se realizaban cortes en brazos y muslos con una hoja de afeitar, empapando de sangre una gran toalla.

- Te amo, Lucía.

- Y yo a ti, Sara.

* * *

Aquella misma tarde, Ruth libró del trabajo. Acompañó a Jacobo al colegio a buscar a Daniel, luego él tenía hora con la doctora Luz Vila para la extracción de la muela picada. Le dolía horrores.

Una vez hubieron recogido a Daniel, fueron al parque que había al lado del colegio a que el niño merendara y jugara un rato. Faltaba media hora para que Jacobo marchara a su cita con la odontóloga.

Ruth y Jacobo se fumaban un cigarrillo, apoyados al otro lado de la valla de madera que limitaba el parque. Jacobo se fijó en un  crío, debía tener unos cuatro años, tenía el brazo escaloyado y llevaba puestas unas gafas, parecían nuevas.

Jacobó marchó al dentista.

El primer pinchazo fue el instante más doloroso, y tampoco lo fue en demasía.

La doctora Luz Vila presionó con una varilla de acero en el centro de la caries.

- ¿Sientes dolor?

Con dificultad, Jacobo, respondió:

- Un poco.

El segundo pinchazo fue apenas indoloro. Luego la doctora agarró una especie de alicates con las puntas curvadas y se puso manos a la obra con la extracción. Fue rápido y fácil. Todo marchó estupendamente para Jacobo, quien salió de la consulta satisfecho y agradecido por el buen saber hacer de Luz.

De camino a casa, en el auto, Ruth miraba a Daniel por el retrovisor, éste jugaba con un coche y un camión. Simulaba un accidente golpeando ambos juguetes, entonces, Daniel volteaba el cochecito y reía.

- Están muertos, todos han muerto.

- ¡Vaya! ¿Un tanto macabro, no, Daniel?

- Ja, ja, ja. Solo es un juego, mami.

* * *

En la consulta de la Dra. Vila.

- ¿Has fumado estos días?

- Si. A las tres horas de la extracción ya fumé.

- Puede que esa sea la razón más probable.

- Si, puede.

- Antibiótico cada ocho horas durante dos semanas.

Lo peor era el sabor. Imaginad una supuración de pus en la misma boca. Con un palillo de dientes podía quitar una capa blanca y pestilente de mi lengua. Las noches eran horribles. Me despertaba con el paladar impregnado de aquella pasta maloliente y agria.

Jacobo acompañaba a Daniel a una fiesta de cumpleaños. Aquella mañana de sábado había vuelto a enfrentarse a Lucía. La infección y el dolor no le hacían el transcurso de las horas del día nada fáciles.

- Papá.

- Dime, hijo.

- Yo... Le rompí el brazo a aquel niño. Lo hice a propósito. Se le rompieron las gafas y me las llevé.

- No debes hacer algo así jamás.

- Ya lo sé, pero...

Daniel rompió a llorar.

- ¿Eres una niña, o un maricón?

- ¿Qué?

- ¡No llores! Lo que no debes hacer nunca es decir que has hecho algo así. Debes protegerte, no culparte. Si le rompiste el brazo a un mocoso, ¡te callas!, ¿me oyes?

- Si, pero...

- ¡Pero nada, Daniel!

- Lo hice a propósito. Estábamos en aquellos matorrales del parque...

- ¡No sigas, Daniel! ¡No quiero saber más!, si hiciste algo malo, te callas. ¡Ya lo olvidarás!

* * *

El oscuro ser tiene rostro, es la cara de Jacobo la que se esconde tras la negra figura que acecha a la pequeña Lucía.

Ruth observa en sus pesadillas cómo el hombre bañado de diabólico hollín pisa los talones de su hija. No quiere nada bueno de ella, el gozo del asesinato de la inocencia, la crueldad de la perversión.

Lucía está escondida, su madre abre la puerta que conduce al depredador hacia su presa.

Lucía regresa a casa, su madre la espera. Tienen que hablar, ambas lo saben.

Ruth se siente culpable por sus malas decisiones, por su indiferencia, por anteponer su deseo al sufrimiento de su hija, en el pasado y en el presente.

Lucía no puede perdonarla.

Jacobo va a buscar a Daniel a la fiesta de cumpleaños. Regresan en el auto.

A mitad del trayecto, Jacobo va a frenar cuando ve un camión que se dirige hacia ellos, pero sobre el pedal del freno se ha colocado un coche de juguete de su hijo, pisa con el pie el objeto y se le resbala hacia un lado. El camión frena y gira sobre si mismo.

Impacto.


* * *



Primavera del 2002

Ruth entró en la clase y encontró a su hija de color morado, en una esquina, con los otros niños a su alrededor y la maestra rodeándola con sus brazos. Lucía comenzó a vomitar; pinturas y trozos de papel, hasta que se encasquilló y se le hincharon las venas del cuello. Ruth dio una fuerte palmada en la espalda de su hija y puso la otra mano frente a su boca, ésta devolvió aquello que apresaba en su garganta.

- Hemos llamado a una ambulancia - le comunicó la maestra a la madre de la pequeña -.

- No hará falta.

Ruth agarró su teléfono móvil y marcó, tuvo que esperar tres tonos, esa fue la pausa más dramática de su vida.

- Jacobo, deja de buscar.

En su mano, entre grumos acrílicos, brillaba aquella maldita alianza, y en los ojos de su aliviada hija pudo ver que aquel acto no había sido una simple gamberrada. Comprendió el comportamiento extraño de Lucía en aquellos últimos meses, entendió el significado de los dibujos que había estado haciendo su pequeña, en los que aparecía aquel oscuro ser, bañado de negro, teñido de diabólico hollín, y supo en aquel mismo instante que Jacobo debía marcharse inmediatamente de su hogar, y abandonar sus vidas por siempre jamás.

Sin embargo...


FIN



jueves, 27 de julio de 2017

Rutina Perfecta

En el zenit de la rutina me hallaba, en la búsqueda de la perfección de todos y cada uno de los detalles que conmemoraban cada uno de mis días. Secuencia tras secuencia, plano tras plano, con los ojos anclados en cada fotograma, como objetivos de una realidad constructiva e imperecedera.

Aquella tarde rompí con mi perfecta rutina y me fui a pescar.

Sentado al borde de un acantilado, lancé el invisible hilo de mi imaginaria caña, con la esperanza de pescar alguna idea. En breve algo muy grande empezó a tirar de mí, mar adentro. La caña se partió en dos y caí hacia atrás, dándome un buen trompazo en la sien. Vi las estrellas, y me aferré con fuerza a una de ellas.

En ese instante encontré la anhelada inspiración.

Continúo con mi rutina, disfrutando de una gradual mejora, pero de vez en cuando rompo con ella, me lanzo al mar, y con mis propias manos agarro alguna buena idea con la que satisfacer mi creatividad.

Un mar de letras al que he regresado no solo por necesidad,  si no por puro gozo.








viernes, 31 de marzo de 2017

Poder Absoluto

Guiño un ojo y con el brazo estirado, abro la mano y agarro un coche con los dedos, es un sencillo juego óptico, pero a mí me da resultado, puedo poner el auto en lo alto de una cornisa, o lanzarlo al sol, por poner un ejemplo. Puedo mover edificios, borrar lo que quiera, y crear lo que se me antoje. Tengo el poder de la creación y la destrucción, un poder absoluto, sin límites, propulsado por la imaginación. Para mí, cualquier cosa es posible: pausar el tiempo, rebobinarlo, estirarlo, avanzarlo y doblarlo.

Tengo un plan, cambiar el mundo. Yo puedo hacerlo, para mí es fácil.





martes, 7 de marzo de 2017

Secretos "3ª Parte" - La Jota Negra -

*Relato escrito a dúo con María Campra: "Encantadora de Cuentos"


3ª Parte "La Jota Negra"

Se estaba secando el rostro con una toalla, acababa de salir de su última ducha, y pronto dejaría ir su último aliento. Carlos Zafiro se encontró conmigo a sus espaldas, me vio reflejada en el espejo de su baño. Se dio la vuelta y movió sus labios. No le dio tiempo a emitir ni una sola palabra, no pudo suplicar por su vida. El agujero humeante en su cráneo lo certificaba. Cayó cómo caen todos, cómo un castillo de naipes, a plomo.

El objetivo había sido fácilmente localizado, y aún más fácil si cabe; eliminado. Esa misma noche abandonaríamos nuestras nuevas máscaras, y nuestro falso hogar.

Él me esperaba en el auto. Acordamos que solo uno de nosotros bastaba para acabar con Zafiro. Nos lo jugamos a una mano de la "jota negra". Gané. Me gusta mi trabajo.

Al llegar a aquella casa todo se tornó irreal, no me acostumbro a esta parte, aún menos cuando una se ha enamorado de verdad. El servicio de limpieza de la agencia tardó dos días en vaciar el que fue nuestro hogar durante aquel año. Solo había que esperar a nuestros taxis, y no volver a vernos jamás. Pero ambos sabíamos que eso no iba a pasar.

* * *

- Mi verdadero nombre es Luca. 

- ¿Perdón?

- Mi nombre...

- Si, ya te oí. No debiste decírmelo. 

* * *

Aún recuerdo la primera vez que rompimos las cadenas del deseo prohibido. Estirados sobre la cama, repasábamos nuestros papeles a interpretar. Fechas, anécdotas... estupideces. Teníamos invitados aquella noche, una pareja de vecinos, los Falio, o Fadalio, no lo recuerdo. Menudos ingenuos enamorados, pero fue divertido. 

Me rozó un pie con las puntas de los dedos de su mano, y caminó sobre mi muslo con dos de ellos. Silbando una melodía de Jazz. Él sabía que la atracción me delataba, me habló del brillo de mis ojos, y de mi sonrisa. Me sedujo con sus palabras, su sentido del humor. Un par de caricias fueron suficientes para hacer volar las sábanas. Y caímos en la tentación. 

Aquella fue la primera vez que hicimos el amor, la primera de muchas otras.

Pero no debiste revelarme tu verdadero nombre. Todos los que supieron el mío están muertos.

* * *

Querida compañera, los secretos son mentiras disfrazadas de ausencia, y tarde o temprano salen a la luz, mostrando su verdadero rostro. Una vez te encuentras la verdad, cara a cara, ya no habrá máscara que la pueda ocultar.

Recuerdo nuestra primera vez, y las siguientes. Mis palabras te cautivaron, mi sonrisa, mis caricias, caíste en mi red. Aún desconoces quien nos unió en nuestra misión, la verdadera identidad de Zafiro.

Disfruté viendo cómo le metías una bala en la cabeza al último hombre que conocía la verdad que algún día averiguarás. Incorporé una micro cámara en el arma con la que le volaste los sesos, en el auto pude ver con claridad que mi objetivo era eliminado por la persona adecuada. Vi cómo intentó decirte algo antes de que acabaras con su vida, no iba a suplicarte, si es eso lo que pensaste, iba a revelarte el secreto final. De haber sido así, tendría que haberte matado en aquel mismo instante.

¿Crees que no volveremos a saber el uno del otro? ¿Crees qué no queda nadie que sepa tu verdadero nombre?

Jamás he perdido una mano jugando a la "jota negra", Alicia. 





Continuará...

Para leer el siguiente capítulo de "Secretos", por María Campra, pincha aquí.