- ¿Como te llamas?
- Sandra. ¿Tienes un condón?
- Si, claro.
Sandra se arrodilló.
Se dieron el número de teléfono, desayunaron juntos y se despidieron con un beso, la cosa cuajó. Al día siguiente Sandra llamó a Marcos y tres meses después Marcos fue a cenar a casa de Sandra y conoció a sus padres.
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- No te metas el dedo en la nariz - le dijo su madre-. Aaaaaaaaargh y ahora vas y te lo comes, ¡Que asco! ¡Eres una cochina!
Tenía dos años y jamás dejó de comerse los mocos.
Al poco de cumplir los seis años aprendió a cazar moscas. Se deben atrapar posando la mano abierta delante de ellas, con la palma mirando hacia su cara, cuando esten quietas sobre una base plana como una mesa y ¡Zas! Rápidamente cerrar el puño, en el instante en el que emprendan el vuelo, luego las aturdes lanzándolas contra el suelo.
Les arrancaba las alas y las guardaba en un monedero maltrecho que había recuperado de la papelera, donde lo había tirado su madre. La pequeña removía con regularidad la basura en busca de nuevos tesoros.
La madre la mandaba a comer sola a su habitación cuando ella se negaba a probar bocado, ella lo sabía y tonteaba cuando había sopa para cenar.
- ¡No quiero sopaaaaa! ¡No me gusta! ¡La odiooooo!
Raquel agarraba el plato y la cuchara y lo llevaba a la habitación de su hija, lo posaba en la mesita de dibujar.
- ¡No salgas hasta que te la acabes! - No fallaba-.
- ¡Jolines! - Fingía Sandra- ¡Vaaale!
Entonces sacaba de su escondite el viejo monedero, echaba las alas de mosca, que no eran pocas, en la sopa y disfrutaba de su rica receta secreta.
La lista de necesidades repugnantes no había hecho más que comenzar, el gusto por los agridulces mocos, su exquisitez por partes de insectos blandos y crujientes, tan solo fueron la tapa de la caja de Pandora.
Un mundo de nuevas posibilidades se abrió ante Sandra, su hambre de experimentación era insaciable y su estómago estaba hecho a prueba de bombas, pedos, orinas, frías y calientes, cremas de excrementos, suyos y de otras personas, de animales, untados en su blanca piel, fragancias extraídas de lugares sombríos y pestilentes, le seducía el hedor, su degustación por la asquerosidad elevada, sus sentidos a merced de la calamidad placentera, escrupulosidad inexistente.
Sandra crecía a la misma velocidad con la que surgían nuevas fórmulas vomitivas con las que gozar hasta límites insospechados, flujos, esperma, sangre, pus, vísceras...
Uno de los rituales preferidos de Sandra era cagarse en la bañera, sumergirse y tragar hasta vomitar, volver a tragar y vomitar de nuevo, así sucesivamente en un bucle de arcadas y espasmos, la intensidad del momento la conducían a una especie de trance, llevándola a un extremo estado de éxtasis, hasta quedar totalmente extenuada, luego limpiaba todo bien y se duchaba.
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Marcos lloraba ante el cuerpo inerte de Sandra, la atropelló un camión de reparto de agua embotellada al salir del gimnasio, un domingo.
Era muy joven, fue muy triste, todos, su familia, sus amigos y Marcos la querían muchísimo.
Marcos olía realmente mal, aquella noche, en la discoteca, el volumen de la música abarcaba el aforo y un olor, potentemente seductor, llamó la atención de una inocente niña que jamás dejó de comerse los mocos.
FIN
