Las puntas de sus dedos se alargan como lombrices que se retuercen en espirales y singularidades amorfas, logrando alcanzar el gran azul, en el horizonte un hechizo atrapa al ser que crece por antojo del astro de fuego, sus brazos se multiplican, se agrietan, se tornan del marrón de la corteza terrestre, nacen hojas en su copa, se adueña de la luz que proviene del inmenso celeste, deja entrever surcos del brillante sol entre el espesor de su verde pelaje, hasta alcanzar su tronco hinchado y sus pies sumergidos en la tierra, proyectando una enorme sombra a sus espaldas, enraizado hasta el núcleo de un planeta madre, alimentado por sus aguas, su vida transformada en savia, sangre que ahora fluye por sus arterias, transformando moléculas destructivas en el vital oxígeno...
El hombre es un árbol que descubre su raiz, hijo de la Tierra por fin, comprende.







