El Efecto Murasaki

El tiempo pasaba perdido para Salvador, o al menos así lo percibía él en su profunda tristeza y severo nihilismo. Él tan solo tuvo un sueño, una sola vez. Se sintió completo y realizado cuando, en su tierna infancia, salvó a una compañera de escuela de caer de bruces contra el asfalto, que por aquel entonces cubría las pistas de los parques. Sintió en aquel instante, en el que agarró a la pequeña por la bata, que su nombre cobraba verdadero sentido. Una razón para ser feliz. Su sueño fue ser un héroe, pero no lo consiguió en sus insistentes intentos.

Con el jersey anudado al cuello creando una capa, y las manos aferradas a sus costados en forma de jarra, se alzaba sobre pequeñas alturas, a merced del viento, ondeando orgulloso su espíritu salvador.

Aunque las alturas fueran ínfimas, la caída nunca era proporcional. Las burlas y los golpes de los más gamberros, le hacían bajar de su nube de ensueño a las profundidades de la depresión infantil.

A los catorce años, Salvador dejó la escuela. Su madre murió de un terrible cáncer de hígado. Su padre trabajaba de sol a sol, y nadie se preocupaba por su bienestar. Empezó a trabajar de canguro, pero no se le daban bien los críos, y tuvo más de un rifirrafe con los padres de los niños que debía cuidar. A los dieciséis acabó en la cocina de una pizzería de franquicia. Allí incrementó su sensación de no ser nadie. La existencia era un gran peso colgado de su frágil cuello. Con veintitrés ya caminaba curvado como un abuelo con escoliosis.

Conoció a una mujer a los treinta. Ya había tenido breves y amargos noviazgos. Pero Sara fue su verdadero amor, y jamás pasaron de ser más que amigos. Esa amistad le devolvió la esperanza en la vida.

Pero fue por aquel entonces que comenzaron las pesadillas con Murasaki, el hombre púrpura.

Sirenas negras le silbaban al oído su nombre; Murasaki, Murasaki, Murasa...

Despertaba empapado en sudor tras la aparición de una violeta figura de ojos brillantes. Salvador pasó de ser un hombre deprimido, a ser un hombre aterrorizado.

Sara trató de ayudarle, pero fue en vano. Su amistad terminó por quebrarse, debido al distanciamiento que él creó entre ambos con su dejadez y apatía.

Salvador encontró su nueva vía de escape en las drogas. Empezó fumando hachís, y acabó enganchado a la ketamina. Sus oscuros sueños con Murasaki no cesaban, pero estos parecían diluirse entre las sustancias que  enturbiaban su mente.

* * *

- ¡Mira a ese señor, mamá!

Salvador, jorobado y canoso, lucía una capa de color malva, ondeada por el viento. Con sus brazos cómo asas de una tetera. El mentón apuntando al cielo, y una sola idea; salvar a alguien, a sí mismo.

Por azar, destino, o los pasos que le llevan a uno a un lugar en un momento concreto. Salvador agarró por la espalda a un hombre que cruzó la calle sin mirar, evitando que a éste lo arrollara un auto.

Aquel hombre, agradecido, abrazó a Salvador.

- ¡Me ha salvado usted la vida!

Jonás se fijó en las estrafalarias pintas de su héroe. No salió de su asombro, y marchó a su trabajo sin mirar atrás.

* * *

Salvador, frente al televisor, horrorizado, veía y escuchaba la triste noticia del autocar accidentado. Los veintiséis niños fallecidos por el error humano del conductor que los llevó al precipicio del fin de sus breves vidas. Apareció el retrato del conductor, y Salvador se derrumbó por completo. Tocó fondo en su mísera vida en el mismo momento en el que había sentido de nuevo que su nombre albergaba un significado, más allá de su superficial existencia.

Salvador pensó en Sara y la llamó para explicarle lo sucedido. Pero ella ya hacía tiempo que había cambiado de número.

* * *

A los setenta y tres años, postrado en la cama de un hospital, el cáncer de hígado consumía sus últimos alientos.

Cayó en sus manos un ensayo. Leyó sobre el río púrpura, y la intoxicación por un metal líquido que acabó con la vida de cuarenta y cinco personas en Japón, en 1912.

El vertido de mercurio en un río por un hombre que, anteriormente, fue salvado de las garras de la muerte por un tal Murasaki.

* * *

Antes de morir, Sara encontró a Salvador, y a los pies de su cama, sentada frente a él le sonrió.

- Siempre fuiste un buen amigo. Me escuchabas y me hacías sentir bien. Creo que me enamoré de ti, pero fue tan fugaz... Te fuiste sin más, por un ridículo sueño y un tormento irreal.

- Sara...





Fin

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