Unicornio Rosa: Capítulo 2 "La pastilla y el arcoíris"

Unicornio Rosa


¿Quieres huir?, ¿encontrar tu lugar en el mundo? ¿Qué esperas encontrar allí dónde vayas?,  ¿quién eres? El viaje empieza en tu interior. ¿Anhelas ese unicornio rosa con el que siempre soñaste?, ¿puede el poder de la imaginación acercarte a la realidad que deseas experimentar? Un impulso te ciega, la creencia de poder alcanzar una respuesta, aquella que le dé sentido a todo lo que te rodea, a todo lo que eres. 

¿Eres una ilusión real, o una realidad ilusoria?


La pastilla y el arcoíris


Llevaba una semana de vacaciones, aquel anciano de ojos azules no había vuelto a aparecer. Fui a la piscina en dos ocasiones más aquella misma semana. Pregunté a varias personas, nadie lo había visto, no sabían de quien les hablaba. Me daba un chapuzón, escuchaba música, me tomaba un café descafeinado con hielo o un helado. Esquivaba las miradas de aquel niño come pies rosas. En una ocasión me acerqué a él, cuando su madre se había ido al baño. 


- ¿Qué miras tanto, enano? - le pregunté -. 


- Tus tetas - me contestó el pequeño hijo de…-


Me agaché de cuclillas y lo miré fijamente a los ojos, puse mi voz lo más dulce posible.


- ¿Me dejas darle una chupadita a tu pie? - por poco se le cae el helado en el césped -.


Sin articular palabra me alcanzó su pie rosa, lo cogí, me puse en pie y lo lancé. Impactó de lleno en la calvorota de aquel señor, que volvía a estar en el mismo lugar de siempre, con sus gafas reflectantes y sus intermitentes miraditas. Di media vuelta como si tal cosa, oí gritar a aquel hombre mientras caminaba hacia el borde de la piscina, sin mirar atrás.


- ¡Jodido niño del demonio! ¡Te vas a enterar cuando vuelva tu madre!


-  No, yo, no... - pude oír como balbuceaba el mocoso - .


Me tiré al agua haciendo la bomba, triunfo total. Dos pájaros de un tiro, un molesto gorrión y una grulla con melena. Al regresar la madre del niño, aquel hombre le dijo lo que creía que había hecho su hijo, esta lo increpó, el pequeño se defendió diciéndole que él no había sido, que había sido yo quien le tiró el helado a la cabeza. La madre se dirigió a mí y me lo preguntó, yo lo negué, y no me volvió a molestar con el tema. No estaba segura de si saldría airosa de aquello, pero así fué. Estaba animada, quería celebrar el hecho de estar y sentirme viva, y de nuevo la vida le ponía facilidades a uno de mis deseos, esa misma noche había fiesta en casa de Emilio, el chulo guaperas de Emi. Un momento... rebobino, he recordado aquella sensación de libertad. Caminando hacia el borde de la piscina, oyendo a aquel hombre calvo con melena gritar al mocoso mirón, lanzándome al agua haciendo la bomba. Fue en ese instante, zambullida, burbujeando por la nariz, lo recuerdo a cámara lenta, y esa plena satisfacción, el gozo de la libertad, la dicha. Es bonito y triste, agridulce, melancólico, recordar aquello ahora que me encuentro a las puertas de la muerte.


Supongo que os habréis preguntado por qué iba sola a la piscina, la respuesta es sencilla, tengo buenas amigas y un gran y mejor amigo (pronto os hablaré de él), pero la mayor parte del tiempo soy una loba solitaria, amante de la introspección y la reflexión, y sobre todo del silencio. Pero aquel día tenía muchas ganas de festejar, y aquella noche lo íbamos a petar en casa de Emi. A parte de ser el guapo de clase y lucir esas envidiables abdominales, Emi tenía un casoplón con piscina, y sus padres lo dejaban solo casi cada fin de semana durante todo el verano, así que allí se celebraban las mejores fiestas que os podáis imaginar. Emi no era mal tipo, le gustaba lucirse, pero era muy divertido y honesto, no se mofaba de nadie, y era respetuoso con las chicas. Al llegar a la fiesta, sobre las once de la noche, nos juntamos; Gloria, Julia, Eli y yo, pero al rato ya me encontraba paseando de aquí para allá con Isma, mi mejor amigo. Él era mi mayor confidente, quién más me entendía. Nos lo pasábamos bomba juntos, reíamos como locas, bebíamos como cosacos y bailábamos contoneándonos como lobas en celo. Llevábamos tres o cuatro vodkas con limón, eran la una de la mañana, lo recuerdo bien, entramos en la cocina y vi la hora en un gran reloj de pared con forma de estrella de mar, cuando nos topamos con nuevos agregados a la fiesta, eran Lucas y Juanra, se estaban liando unos petas en la mesa de la cocina. Entonces entró Emilio a buscar algo y les llamó la atención, les dijo que no liaran porros en su casa y que mejor se fueran a fumar a la puta calle. Se marcharon sin decir nada, al pasar por mi lado, Lucas me sonrió, me guiñó el ojo y me susurró al oído << hey guapa, ¿que tal?>>, le dije a Isma que los siguiéramos, él me insistió en que no lo hiciéramos, pero sé que entonces, y en cualquier otra ocasión, lo decía conscientemente en vano. Isma me conoce muy bien, y sabe perfectamente que si me intereso por algo voy a por ello, sin duda ni demora. Lo que desconocía era el por qué quería seguir a Lucas y Juanra, esa cuestión no se la había explicado a nadie, ni siquiera a Isma, mi mayor confidente. Las que leéis estas letras os enteraréis, tarde o temprano, pues esta es una de las claves que me han llevado a tomar mi última decisión, para que os hagáis una idea de la importancia del asunto.


En fin, seguimos a esos porreros sin invitación, a los cuales había que alejar, preferiblemente sin malos rollos, eso Emi y los demás lo sabíamos perfectamente. Como ya imaginaba no se habían ido fuera del recinto de la casa, estaban sentados en el césped, tras unos setos que delimitaban la piscina con el paseo rústico de la entrada.


- ¡Hey, Mariana! - me dijo Lucas al verme - ¿Quieres fumar? - me preguntó seguidamente, acercándome el porro con pose chulesca -.


Era por Lucas que quería seguirlos, pero en aquel momento, por extraño que pudiera parecer, no quería que estuvieran allí, ni Isma ni Juanra. Necesitaba estar a solas con el tipo más temido del insti. Así que le cogí el peta, fingí darle una calada, y le dije que fuéramos a dar una vuelta fuera. Juanra e Isma se sorprendieron, pero no dijeron nada. El inseparable amigo de Lucas se quedó allí sentado apurando lo que quedaba de aquel cigarro apestoso, y yo le susurré a Isma que me esperara en la fiesta, que pronto volvería con él.

Lucas y yo nos fuimos dando un paseo y llegamos a un parque, allí nos sentamos en un banco a contemplar el cielo negro, las estrellas y la luna difusa por un halo naranja.


- ¿Qué quieres de mí? - me preguntó, Lucas, sin titubear ni mirarme a la cara -.


- He pillado un par más.


Entonces sí que me miró fijamente y con cara de pasmado, el muy incrédulo estaba totalmente alucinado. Saqué una bolsita de mi bolsillo, dentro había un par de pastillas, una azul y la otra rosa, ambas con el símbolo de una cabeza de unicornio. 


- ¿Te apetece repetir? - le pregunté -.


Media hora más tarde la escena se tornó de lo más psicodélica para uno de los dos, y terriblemente perversa para el otro.


- ¡Debo seguir el arcoiris, tengo que cruzarlo para encontrar el tesoro del Leprechaun!

 -  gritaba eufórico, Lucas - .


- ¡A la de tres, corre a por el tesoro! ¡Una, dos, y… tres! - le espeté -. 


Lucas arrancó a correr entre la maleza y enseguida halló el arcoíris, reflejado en las luces de un camión que cruzaba la autovía que teníamos en frente. El impacto fue brutal, la sangre llegó hasta donde yo me encontraba. 


Meses antes habíamos tomado un par de éxtasis igualitos a los de ahora, en apariencia. Pero, esta vez, mi pastilla era de azúcar coloreado de rosa, y su pastilla azul era una pequeña bomba de ácido lisérgico. 

Aún, a día de hoy, a las puertas de la muerte, sé que para Lucas nunca hubo una violación, ambos estábamos extasiados, en su habitación… pero le dije que no, varias veces, y su excitación pasó a ser una violenta descarga de la que no pude huir.


¿Tesoros de Leprechaun tras el arcoíris? Dicen que quien tiene un amigo tiene un tesoro, eso sí que es cierto, un buen amigo es como una parte de ti misma que hace del mundo un lugar mejor, alguien a quien confiar tus secretos más íntimos, alguien que te apoya cuando lo necesitas, que te escarmienta cuando urge, y que disfruta de tus alegrías, y es que, ¿qué sentido tiene la felicidad si no es compartida?. Aún así, existen ciertos secretos inconfesables, incluso para un mejor amigo, sobre todo si el secreto es que has matado a alguien y sabes que tu confidente no podría soportar llevar tal peso en su consciencia. 

Isma me abrazaba mientras yo sollozaba, en parte por la euforia y por el inevitable sentimiento de culpabilidad, en parte fingiendo una tristeza inexistente, por la misma euforia y el increíble sentimiento de poder y libertad. Yo misma llamé  a la policía, y les expliqué lo mismo que ahora le contaba a Isma. Lucas tenía un tripi de lsd, insistió en compartirlo conmigo, yo me negué, él se lo tomó enterito, y el resto ya os lo podéis imaginar. Por suerte no hubo heridos tras el impacto, una sola muerte, rápida, instantánea, y muy grotesca, ciertamente. El asfalto, la maleza, y mi vestido acabaron como lienzos de la época roja de Jackson Pollock o, mejor dicho, de Jack el destripador.


Me llevaron al hospital, llamaron a mi madre, la cual al verme me abrazó tan fuerte que casi me rompe los huesos. Estuve en observación un día, y me obligaron a asistir durante el resto del verano, dos veces por semana, a terapia psicológica. Pronto os hablaré de aquellas sesiones, en parte también son clave de mi situación presente. Pero mi mayor terapia, la más efectiva y satisfactoria, fue la insuperable amistad de Isma.


Isma es un chico de mi edad, nos conocemos desde los tres años, siempre hemos ido juntos a la escuela. Tiene un par de características especiales, para mí son superficiales, pero de gran importancia para el resto del mundo. Él es gay y de padre marroquí, su madre es catalana. Él nació aquí, en St. Celoni. Los demás (no todos, claro está) ven en él a un maricón o a un moro, o ambas cosas, eso es lo que él mismo dice cuando se siente dolido por su ambiente más cercano. Sus padres conocen su orientación sexual. A su padre le costó un poco aceptarlo, hasta que, gracias a la divina consciencia, se dio cuenta de que no debía aceptar nada, solo amar a su hijo tal y como fuera, tal y con lo que le hiciera feliz.


Todo el mundo, (lo sé, tiendo a generalizar cuando lo creo conveniente, y rechazo la generalización cuando me parece oportuno)... todo el mundo cree que tiene razón, que posee la verdad, algo así como un “todos son imbéciles menos yo”, es tan habitual como poco acertado en esta sociedad, sobre todo a partir de la existencia de las redes sociales, ese collage de carpesano, esa exposición de recortes de fotografías y aforismos que lucían nuestros padres en las carpetas del colegio, una colección de retales que conforman una bonita máscara con la que codearse en el gran baile de disfraces de la red. En fin, hay que conservar y luchar por lo auténtico, lo real, lo que te desgarra la piel del alma y te hace vibrar, lo que te hace sentir viva, como la verdadera amistad. Pero la verdadera amistad es amor, y el amor duele, sobre todo cuando se pierde o se rompe. Con Isma nunca sucedió ni sucederá, mi muerte se acerca, es inminente, y habremos sido amigos para siempre. Pero tuve otras amistades que si perdí o se quebraron. Recuerdo de manera triste a Franky, fue un gran amigo, pero un cáncer social destruyó nuestro vínculo poco a poco, hasta llegar al tuétano de nuestra unión, y gangrenar todo el amor que existió entre nosotros. Aquella metástasis de las relaciones humanas se llamaba y continúa llamándose; racismo, y este, como cualquier cáncer, si no se cura a tiempo, destruye todo lo bueno que se encuentra a su paso, desde nuestras células sanas a nuestras emociones positivas. Franky fue un buen amigo, nos reímos mucho juntos, compartimos penas y secretos, y hoy día es otro imbécil de turno. Puto racismo, y panda de gilipollas los que lo mantienen con vida. 



¿Continuará?


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