jueves, 15 de noviembre de 2018

El Bosque Eterno

La madre de Violeta se acercó a esta con un humeante plato, la pequeña estaba sentada a la mesa.

- Hoy he preparado algo que jamás había hecho, lentejas con chorizo.
- Uf, lentejas, buaj -se quejó Violeta- no me gustan las lentejas.
- ¿Las has probado alguna vez?
- No, pero sé que no me gustarán. Prefiero un plato de los espaguetis que sobraron ayer.
- ¿Estás segura? Pruébalas al menos, y si de verdad no te gustan, te pondré un plato de espaguetis.

Violeta observó las lentejas, la verdad es que olían muy bien, pero la pinta no le pareció apetitosa.

- Pruébalas, cariño -insistió su madre-.

Violeta cerró los ojos y apretó los puños.

- ¡No quiero!

Cayetana, la madre de la niña, no insistió más. Le quitó el plato de lentejas y fue a calentarle los espaguetis que sobraron del día anterior.

Aquella misma tarde, Violeta paseaba por el pueblo, de camino a casa de su amiga, Rosalía, que se encontraba cerca del bosque que rodeaba Masdemboqueras. Todos en el pueblo decían que no había que adentrarse en aquel bosque, que era un lugar embrujado, y que todo aquel que allí entraba, no podría salir jamás. Los que antaño se aventuraron a explorar en la frondosidad de aquel bosque no regresaron, y los que fueron en su busca, tampoco.
Violeta se acercó a la frontera entre el bosque y el pueblo, se detuvo muy cerca de una de sus entradas, unos árboles creaban un arco con sus ramas, formando un portal de cuento de hadas. Por un instante sintió ganas de cruzar aquel portal y adentrarse en el bosque. ¿Cómo era posible -se preguntó Violeta-, que si nadie había salido de allí, ciertas personas, sobre todo ancianas, contaran maravillas de aquel lugar? Ella no creía que al entrar no podría salir, que no existía ningún embrujo ni hechizo, que era un cuento que les explicaban a los niños para que no fueran allí y pudieran perderse. Ella confiaba en que no se perdería, que sabría regresar sobre sus pasos. Cerró los ojos, apretó los puños, y dio tres zancadas.
Abrió los ojos, dos filas de enormes árboles custodiaban un camino de fina hierba, un sendero recto en el que se podía ver a lo lejos un claro abierto. Violeta sonrió satisfecha de su decisión, pensó en recorrer aquel estrecho camino y ver que había al otro lado del claro, que tan solo haría ese recorrido y regresaría al pueblo. Pensó que con eso ya se sentiría complacida, valiente por haberse adentrado en el bosque prohibido. Mentiras las de aquellos que dicen que de aquí no se puede salir una vez entras, -se dijo a sí misma en voz baja-. Saldré por el mismo lugar por el que he entrado. Y Violeta se giró para observar el portal cruzado, pero tras ella no había entrada ni salida alguna, en su lugar se había erguido un impenetrable muro de rocas y hiedra, y frente a ella un sendero, camino a lo desconocido. La pequeña, por primera vez en su vida, sintió un miedo atroz.
Aún así no restó demasiado tiempo quieta, desbloqueó su parálisis con el ansia de encontrar otra salida, y se puso en marcha. Pronto se acabó el sendero y llegó al claro, ante ella se descubrió un paraje maravilloso, un edén puro y virgen. En mitad de aquella inmensa arboleda se encontraba una era verde esmeralda, con un lago de agua cristalina, el cielo estaba despejado y los rayos del sol iluminaban el lugar, como un gran foco sobre un escenario de ensueño. Pero para Violeta la visión de aquel hermoso paisaje era amenazante, incómodo y chocante, no por la viva naturaleza que la rodeaba, ni por los alegres animalillos silvestres que allí habían; coloridos conejitos saltarines, ardillas royendo nueces, y gacelas bebiendo del lago, sino por los humanos que allí festejaban; bailando en corros patateros, bañándose y jugando en el agua. Todos ellos eran ancianos y ancianas de cabellos largos y espesas barbas blancas, completamente desnudos, sin vergüenzas ni tapujos, radiantes y arrugados bajo el esférico celeste de fuego.
Violeta no podía escapar de su asombro, la pequeña admiraba la escena boquiabierta y ojiplática. Y de nuevo tuvo que sacar fuerzas de donde no las tenía para arrancar de su cuerpo un movimiento tras otro y encaminarse hacia adelante, una inercia por su parte con total reparo. Procuró no acercarse demasiado a ninguno de aquellos ancianos desvergonzados y llegar al otro lado, donde de nuevo se erguía el bosque, para adentrarse entre los árboles que amurallaban la zona y encontrar una salida en aquel lugar que la devolviera camino al pueblo. Pasó lo menos cerca posible de aquellos que bailaban en un círculo, agarrados de las manos y dando saltitos con los pies. En ese instante, inesperadamente y provocando en Violeta un buen susto, le habló una dulce y aguda voz al oído.

- ¿Te has perdido, pequeña?

Violeta volteó la cabeza y se encontró de cara un colorido colibrí que se mantenía en el aire batiendo las alas velozmente.

- ¿Me hablas a mí, pajarillo?
- ¿A quién si no, pequeña?

La niña no daba crédito a lo que sus ojos veían y sus oídos oían. Aún así se dispuso a hablar con aquel ave, pues toda ayuda en aquel momento era bienvenida para ella.

- ¿Qué lugar es este, donde los viejos bailan desnudos, y los animales pueden hablar?
- ¡Estás en el bosque eterno! Una vez entras aquí ya no podrás ni querrás salir jamás.
- ¡Qué equivocado estás! ¡Deseo salir de aquí a la voz de ya!
- Eso es porque aún no has saboreado los frutos, ni bailado las melodías, ni cantado las canciones, o escuchado los cuentos de este mágico lugar. ¿Ves a aquella anciana sentada bajo aquel almendro? Ella es Pruna, la mujer más antigua del bosque. Ella fue la primera en llegar. Habla con ella si tienes cualquier duda, tiene todas las respuestas que podrías esperar.
Violeta se despidió del colibrí con una sonrisa y se dirigió a la anciana de larga cabellera plateada que meditaba sentada cual flor de loto bajo el almendro florecido.
Ante ella se postró haciendo una reverencia, y la saludó con cortesía.

- Buenas tardes, señora.
- Buenas sean, hijita -le respondió Pruna-
- ¿Sabe usted cómo puedo salir de este bosque mágico?
- Ja, ja, ja, ja -rió la anciana- ¡Eres de lo más linda y divertida, pequeña!

Violeta hizo una mueca, con media sonrisa y el ceño fruncido.

- No bromeo, señora. Deseo salir de aquí, mi madre debe estar muy preocupada.
- ¿Tu madre? ¿Ella está aquí, con nosotros?
- No, desde luego que no. Ella está en casa, esperando a que yo regrese.
- ¿En casa? No hay más hogar que el bosque eterno que yo sepa. Quién no esté aquí no está en ningún lugar. Una vez entras aquí no hay otro lugar al que ir. Venga, mi niña, ves a bailar, a cantar, a reír. Come los frutos de los árboles, bebe del agua del arroyo...

Violeta interrumpió la charla de Pruna con lengua afilada y visible enojo.

- ¡Basta!... por favor -titubeó- por favor, basta, señora. No puedo quedarme aquí ni un segundo más. Si usted no me ayuda, ya me voy yo sola en busca de una salida.
- … Disfruta, salta, corre -continuó la anciana, como si las palabras de la niña nunca hubieran llegado a ser pronunciadas- juega y habla con los animales. Envejece aquí y no mueras nunca, olvida todo lo que has conocido antes, solo es aquí y ahora, no hay pasado ni futuro que reinen en el bosque eterno.

Violeta arrancó a correr desesperada, sin mirar atrás, se coló entre los los enormes árboles que habían alrededor del paraje, y voló entre la maleza, esquivando troncos y saltando rocas, hasta llegar a una pequeña montaña, la cual subió en treinta y siete zancadas.
Ya en la cima descubrió una enorme piedra circular y plana, y sobre ella un gigantesco telescopio. La niña se subió a la piedra y miró a través de la lente. Desde allí arriba pudo ver el pueblo, muy de cerca, a las personas que vivían en él, y localizó a su madre, frente a su casa, con claro rostro de preocupación, mirando una y otra vez a ambos lados de la calle, y Violeta supo de inmediato que era a ella a quien esperaba hallar.
La niña se puso muy triste, se separó del telescopio, se sentó en el borde de la gran piedra circular y empezó a llorar. “Jamás saldré de este maldito lugar -pensó-, envejeceré aquí, y nunca moriré. Lo único que podré hacer es olvidar todo lo que fui, a todos a quienes amé y me amaron, acabaré bien loca, bailando desnuda con los demás ancianos, y comiendo los frutos de esos árboles”…

- ¡Violeta! -le gritó su madre, alarmada- ¡Violeta!

La pequeña agarró una servilleta y se secó las lágrimas con ella.

- ¿Qué te pasa, cariño?

Violeta tardó unos minutos en controlar su respiración y relajarse.

- Nada, mamá, no me pasa nada. Me he asustado y no sabía cómo volver.
- ¿Volver? ¿Volver de dónde?
- No lo sé mamá, no lo sé.
- ¡Ay, hija mía, cabecita loca!

Cayetana abrazó a su hija, y así estuvieron un rato, hasta que ambas se sintieron mucho mejor.

- Mamá…
- Dime, mi niña.
- Me gustaría probar tus lentejas.




Fin

2 comentarios:

  1. Hola, Edgar.
    Qué alegría volver a leer una entrada tuya.
    Espero que en todo este tiempo que ha pasado, todo haya ido muy, pero que muy bien.
    Un bonito cuento en el que has sabido transmitir muy bien la inconciencia de una niña, que en su lucha por llevar siempre la razón no veía el peligro hasta que fue tarde.
    Con moraleja final, y sea sueño o realidad; uno a veces debe hacer caso de lo que nos advierten porque quizás la historia no termine tan bien como en este caso.
    Lo las lentejas, me ha encantado; di que sí, bien agradecida ha quedado, je, je
    Un gusto que estés de nuevo por aquí.
    Un besazo, y feliz fin de semana.

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    1. ¡Hola, Irene! Para mí también es una alegría que visites este Rincón y dejes tu huella.
      Todo va estupendamente, alejado del mundo bloguero e inmerso en la novela, pero tenía este relatito y me apeteció publicarlo aquí. No esperaba demasiadas visitas, ya sabes como funciona esto, pero me alegra mucho saber de ti y de que te haya gustado este cuento para animar a l@s peques a comer lentejas.
      ¡Un besote, Compañera! También espero que te vaya todo muy bien. ;)

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