viernes, 28 de julio de 2017

CARIES

Primavera del 2002

El hombre oscuro bañado de negro, el pincel agrietando el folio en blanco.

Lucía huía con el cielo derrumbándose sobre su frágil cabeza, cuando el hombre teñido de diabólico hollín pisoteaba su diminuta sombra, poco antes de salvaguardarse en una cueva de infinita profundidad. No vio luz alguna al final de aquel laberíntico túnel.

Ruth atendió al teléfono.

- No tengo ni idea de donde puede estar... busca entre los cojines del sofá... sí, Jacobo, en una hora más o menos... tengo que colgar... me han llamado de la guardería, Lucía está enferma... cuelgo... sí, Jacobo, sí.

Ruth colgó y marchó a toda prisa.

Con tan solo tres años de edad, Lucía experimentaba su primera incursión en el adulto mundo de la maquiavélica costumbre humana de provocar dolor. En el espacio onírico de su mente se protegía de la mísera realidad que la acechaba.

Alzó sus pequeñas manos y desconchó el techo de la gruta cavernosa en la que se hallaba, dejando que los rayos de luz del exterior penetraran hasta alcanzar sus vaporosas ideas. Lágrimas de azufre se inyectaban tras sus párpados, se alimentó de ellas, del río ocre que inundaba sus pies. Una brecha que aumentaba de tamaño en las paredes de su protectora prisión invitó al señor color verde, a su hermana; la señorita naranja, todos sus primos se unieron; el rojo, el malva, el rosa, el amarillo...

Con las palmas de sus manos hacia arriba, apretadas entre si formando un cuenco, tomó del mar de colores que cubría su agitado cuerpo. Bebió hasta atiborrar su estómago de aquella alucinante fantasía que la ocultaba del oscuro ser.

* * *

Invierno del 2016

Creedme cuando os digo que no actué con maldad. Era joven y estaba enamorada, llegué a sentir que si algo malo había ocurrido, no se repetiría. Quizás pequé por no hacer caso a la razón, mi mente me instigaba a la repulsión, me persuadía para que me alejara de él, pero aún le quería, necesitaba sus abrazos y sus besos, su presencia me reconfortaba. Era un hombre amable, me escuchaba y me daba muchísimo placer. No necesité olvidar lo que había sucedido por que, la verdad, jamás llegué a saber lo que realmente había ocurrido en nuestro hogar.

Esta noche he notado a Jacobo extraño, sé que algo le ha pasado, no creo que su actitud se deba únicamente al dolor de muela que acarrea desde hace unos pocos días.

- ¡San Jacobo! ¿Qué tal, hombre?

- Tu siempre tan gracioso, Javier. Igualito que a los catorce años.

- ¿Qué pasa, compadre?

- Mal, muy mal. Me duele la muela horrores, y para más inri, malas noticias en el trabajo.

- ¿Aún sigues en la fábrica de chocolate, Willy Wonka?

- Ja, ja, ja... Sí, ahí sigo. Me han quitado las horas extras, las necesitábamos como agua de mayo en casa.

- Vaya, hombre. Lo siento, amigo.

Jacobo en la sala de espera admiraba una serie de fotografías en su teléfono móvil, con precaución de que los allí presentes no las vieran.

- ¿Sr. Álvarez?

- Si.

Tras el rápido reconocimiento de la Dra. Vila, odontóloga del hospital St. Lorens:

- Tiene una severa caries en la muela del juicio. Mi recomendación es la inmediata extracción. Podría limpiarse y poner un empaste, pero está demasiado rota.

- La extracción será lo mejor.

- De acuerdo. Pida hora en admisiones.

* * *

Daniel, el hijo menor de Ruth y Jacobo, se pasaba las horas, desde que acababa sus deberes hasta la hora de la cena, jugando con su consola portátil. Aquella tarde su padre le abrió la mochila para mirar su agenda, con el fin de ver si tenía escrita alguna nota de la tutora. Mientras buscaba en el interior de la mochila vio algo extraño. Del estuche de Daniel asomaba lo que parecía ser la patilla de unas gafas, su hijo no usaba lentes. Abrió el estuche y, en efecto, allí habían unas pequeñas gafas graduadas a las cuales les faltaban uno de los cristales. La montura estaba visiblemente dañada.

Jacobo le mostró el hallazgo a su hijo.

- ¿Qué es esto?

- Unas gafas.

- Ya... ¿Qué hacen estas gafas rotas en tu estuche y de quién son?

- No lo sé.

Al instante Jacobo supo que su hijo le mentía, que escondía algo que no debía ser nada bueno, por la mirada de culpabilidad y el enrojecimiento de sus mejillas. Incluso sus ojos se tornaron llorosos.

- ¿Qué ha pasado Daniel? - le preguntó con tono comprensivo -.

- Nada.

- Está bien, ya hablaremos después. Ve a sonarte los mocos.

Lucía, la hija mayor de Ruth e hijastra de Jacobo, llegó a casa a las siete de la tarde. Sabía que el encuentro con su padrastro le traería una nueva riña.

- La princesa de la casa ha llegado.

- Hey...

- ¿Has ido a buscar trabajo?

- Déjame en paz, ¿vale?

- No, no vale. ¡Haz algo con tu vida, niña!

Lucía le levantó el dedo corazón a Jacobo y acto seguido se encerró en su habitación.

* * *

El ser oscuro perseguía a Lucía, una sombra, la silueta de un hombre bañado de diabólico hollín. Lucía gritaba: "¡Mamá, por favor, mamá!" Pero ella no respondía, oculta en un rincón ignoraba lo que allí sucedía.

Ruth se despertó empapada, de un sobresalto, justo en el instante en el que aquellas monstruosas manos se posaban sobre el cuerpo de su pequeña hija. Aquella eterna pesadilla se repetía de nuevo.

Ruth era co-propietaria junto a su hermana, Estrella, de una peluquería. "Nuni's"  llevaba abierta tres años, y el negocio no marchaba demasiado bien. Muchos gastos y poca clientela.

- ¿Te encuentras bien, Ruth?

- Otra mala noche.

- No descansas lo suficiente. Podrías tomarte unos días de fiesta, total, puedo yo sola con lo que tenemos.

- No me lo digas dos veces.

- Tres, si hace falta.

Lucía se pasaba el día en casa de una amiga. Sara era mayor que ella, vivía sola, con una pensión de orfandad se costeaba el alquiler y la compra mensual para llenar su despensa. Ambas compartían un placentero aislamiento basado en el dolor autoinfligido.

Tumbadas en la cama, escuchando el "Requiem de Mozart", se realizaban cortes en brazos y muslos con una hoja de afeitar, empapando de sangre una gran toalla.

- Te amo, Lucía.

- Y yo a ti, Sara.

* * *

Aquella misma tarde, Ruth libró del trabajo. Acompañó a Jacobo al colegio a buscar a Daniel, luego él tenía hora con la doctora Luz Vila para la extracción de la muela picada. Le dolía horrores.

Una vez hubieron recogido a Daniel, fueron al parque que había al lado del colegio a que el niño merendara y jugara un rato. Faltaba media hora para que Jacobo marchara a su cita con la odontóloga.

Ruth y Jacobo se fumaban un cigarrillo, apoyados al otro lado de la valla de madera que limitaba el parque. Jacobo se fijó en un  crío, debía tener unos cuatro años, tenía el brazo escaloyado y llevaba puestas unas gafas, parecían nuevas.

Jacobó marchó al dentista.

El primer pinchazo fue el instante más doloroso, y tampoco lo fue en demasía.

La doctora Luz Vila presionó con una varilla de acero en el centro de la caries.

- ¿Sientes dolor?

Con dificultad, Jacobo, respondió:

- Un poco.

El segundo pinchazo fue apenas indoloro. Luego la doctora agarró una especie de alicates con las puntas curvadas y se puso manos a la obra con la extracción. Fue rápido y fácil. Todo marchó estupendamente para Jacobo, quien salió de la consulta satisfecho y agradecido por el buen saber hacer de Luz.

De camino a casa, en el auto, Ruth miraba a Daniel por el retrovisor, éste jugaba con un coche y un camión. Simulaba un accidente golpeando ambos juguetes, entonces, Daniel volteaba el cochecito y reía.

- Están muertos, todos han muerto.

- ¡Vaya! ¿Un tanto macabro, no, Daniel?

- Ja, ja, ja. Solo es un juego, mami.

* * *

En la consulta de la Dra. Vila.

- ¿Has fumado estos días?

- Si. A las tres horas de la extracción ya fumé.

- Puede que esa sea la razón más probable.

- Si, puede.

- Antibiótico cada ocho horas durante dos semanas.

Lo peor era el sabor. Imaginad una supuración de pus en la misma boca. Con un palillo de dientes podía quitar una capa blanca y pestilente de mi lengua. Las noches eran horribles. Me despertaba con el paladar impregnado de aquella pasta maloliente y agria.

Jacobo acompañaba a Daniel a una fiesta de cumpleaños. Aquella mañana de sábado había vuelto a enfrentarse a Lucía. La infección y el dolor no le hacían el transcurso de las horas del día nada fáciles.

- Papá.

- Dime, hijo.

- Yo... Le rompí el brazo a aquel niño. Lo hice a propósito. Se le rompieron las gafas y me las llevé.

- No debes hacer algo así jamás.

- Ya lo sé, pero...

Daniel rompió a llorar.

- ¿Eres una niña, o un maricón?

- ¿Qué?

- ¡No llores! Lo que no debes hacer nunca es decir que has hecho algo así. Debes protegerte, no culparte. Si le rompiste el brazo a un mocoso, ¡te callas!, ¿me oyes?

- Si, pero...

- ¡Pero nada, Daniel!

- Lo hice a propósito. Estábamos en aquellos matorrales del parque...

- ¡No sigas, Daniel! ¡No quiero saber más!, si hiciste algo malo, te callas. ¡Ya lo olvidarás!

* * *

El oscuro ser tiene rostro, es la cara de Jacobo la que se esconde tras la negra figura que acecha a la pequeña Lucía.

Ruth observa en sus pesadillas cómo el hombre bañado de diabólico hollín pisa los talones de su hija. No quiere nada bueno de ella, el gozo del asesinato de la inocencia, la crueldad de la perversión.

Lucía está escondida, su madre abre la puerta que conduce al depredador hacia su presa.

Lucía regresa a casa, su madre la espera. Tienen que hablar, ambas lo saben.

Ruth se siente culpable por sus malas decisiones, por su indiferencia, por anteponer su deseo al sufrimiento de su hija, en el pasado y en el presente.

Lucía no puede perdonarla.

Jacobo va a buscar a Daniel a la fiesta de cumpleaños. Regresan en el auto.

A mitad del trayecto, Jacobo va a frenar cuando ve un camión que se dirige hacia ellos, pero sobre el pedal del freno se ha colocado un coche de juguete de su hijo, pisa con el pie el objeto y se le resbala hacia un lado. El camión frena y gira sobre si mismo.

Impacto.


* * *



Primavera del 2002

Ruth entró en la clase y encontró a su hija de color morado, en una esquina, con los otros niños a su alrededor y la maestra rodeándola con sus brazos. Lucía comenzó a vomitar; pinturas y trozos de papel, hasta que se encasquilló y se le hincharon las venas del cuello. Ruth dio una fuerte palmada en la espalda de su hija y puso la otra mano frente a su boca, ésta devolvió aquello que apresaba en su garganta.

- Hemos llamado a una ambulancia - le comunicó la maestra a la madre de la pequeña -.

- No hará falta.

Ruth agarró su teléfono móvil y marcó, tuvo que esperar tres tonos, esa fue la pausa más dramática de su vida.

- Jacobo, deja de buscar.

En su mano, entre grumos acrílicos, brillaba aquella maldita alianza, y en los ojos de su aliviada hija pudo ver que aquel acto no había sido una simple gamberrada. Comprendió el comportamiento extraño de Lucía en aquellos últimos meses, entendió el significado de los dibujos que había estado haciendo su pequeña, en los que aparecía aquel oscuro ser, bañado de negro, teñido de diabólico hollín, y supo en aquel mismo instante que Jacobo debía marcharse inmediatamente de su hogar, y abandonar sus vidas por siempre jamás.

Sin embargo...


FIN