viernes, 5 de junio de 2015

En Desacuerdo "Capítulo Sexto"

CAPÍTULO VI

Está bien, Julia. Me quito el sombrero, chapeau. Un final brillante. Después de leer la conclusión de tu versión del relato, debo decir qué... Sí, quizás debí seguir el hilo narrativo de tu propuesta. Sin embargo, este ejercicio de escritura a dos manos ha resultado ser un "Desacuerdo" tanto para los personajes de nuestra historia como para nosotros, una experiencia inolvidable. Todo esto sin habérnoslo propuesto (Jajajajaja). 

... Así finalizó la trama de lo que ocurrió en la Mansión Locker, según mi macabra imaginación...

El suelo crujió y se formó una gran grieta, por ella asomaba luz y oscuridad, sombra y resplandor.

El antiguo reloj de la biblioteca se descolgó de la pared y con un danzarín vaivén orbitó hacia el Salón Bohemia, hasta quedar suspendido en el centro, sobre las cabezas de los que aún restaban vivos.

Una ensordecedora campanada marcó la una del mediodía. Luego, las manecillas empezaron a retroceder a una velocidad vertiginosa. Volteaban sin cesar. A través de los ventanales rotos, los allí presentes observaron como el tiempo también daba marcha atrás. El día se hizo noche en un santiamén. Las nubes grises se acumularon en la inmensa nocturnidad, dejando entrever una enorme y brillante luna llena. Blanca luna, como el rostro de los familiares.

El reloj se detuvo a las doce en punto. Doce aterradoras campanadas se hicieron dueñas de los oídos de los presentes... La hora de los demonios, la hora de las brujas, la hora espectral.

El fantasma de Andrew regresó acompañado por dos entes más, el de la difunta madre, Lady Frida de Pomposerniaure y el del propio Barón, Don Gerald Locker de Chaternau.

El espíritu del Barón encabezaba el espectral trío. Ojos brillantes y amenazadores rostros. Malévolas sonrisas babeando cantidades infestas de burbujeante ectoplasma.

Todo lo que dijiste sobre Rose, sobre sus hijos, el primogénito asesinado, el segundo, allí a su lado, ambos frutos del incesto consumado con su propio padre. Todo es cierto, Julia. Una auténtica barbarie...

A un metro de la coronilla de una lánguida Rose, arañada por el polvo cristalino del atroz remolino, vestida por un manto rojo infierno, aferrada a su bolso de cuero negro, su padre giraba incesante maldiciéndola por la muerte de su primogénito.

- Rose, tus manos huelen a muerte, a sangre inocente. Tus maridos y nuestro primer hijo. Eres la peor hija que un padre pueda tener... ¡Alza tu mirada!... ¡Prepárate para lo peor! -.

La figura felina se estremeció, su espalda se curvó como la de un gato ante las fauces de un gigantesco licántropo hambriento. Rose alzó su mirada y su boca se abrió para soltar un último alarido.

El fantasma de Gerald se deshizo. El ectoplasma fantasmal cayó como una vengativa cascada sobre su hija. Inundó su garganta, hinchó sus pulmones, engordó su vientre como un horrible embarazo salido de cuentas. Aquel flujo espectral supuró por los ojos de Rose, lágrimas del más allá, llanto desconsolado de una madre asesina, de una esposa asesina, de una mujer sentenciada.

El peso de la justicia y el odio se vertió por todos y cada uno de los orificios de Rose. Un mar de enfermiza liberación empapó su esbelto cuerpo. Tras el incesante derrame ectoplasmático, solo quedaron huesos mojados... Sin un ápice de belleza carnal.

El Barón Locker agarró el espíritu conmocionado de su hija y por una grieta, en el suelo del Salón Bohemia, entre las llamas que se dejaban entrever, la llevó consigo. Al estómago del abrasador averno. Robert saltó al agujero tras su madre, lo único que llegó allí abajo fue un muñeco de carbón. Su alma quedó atrapada en el fuego.

Allí permanecieron juntos, consumiendo su familiar reencuentro, por toda una insufrible eternidad.

Llegó el turno de John.

La extraña muerte de su madre en la bañera. Asesino pasivo de su enferma madre. Todo es cierto, querida Julia.

- Mi hijo, mi querido hijo. Tus manos están tatuadas con el hedor de la maldad. Dejar morir así a tu pobre madre. Me ahogué en la bañera, podías oír como pedía auxilio. Tú, al otro lado de la puerta, pude oler como gozabas con mi terror, con mi cruel destino. Asesino no es tan solo quien apuñala, también lo es quien deja que el puñal se clave por si solo y no hace nada por evitarlo. Pero tranquilo, hoy he venido aquí a liberarte del peso de tu conciencia.

Lady Frida se contoneaba como una cortina al viento, su espectral figura se arremolinó, al concluir su alegato, alrededor del cuerpo de su hijo.

John se asfixiaba, intentaba pedir auxilio inútilmente, no podía abrir la boca, su nariz estaba totalmente tapada, sus parpados enganchados a sus ojos. Atrapado. Envuelto por el ánima de su madre, como un fiambre embalado en film. Su aliento incrustado en el alma materna, una última bocanada antes de pedir perdón, la única palabra que se pudo oír en la sala. Antes de fallecer.

Ambos espíritus, madre e hijo, marcharon por la grieta. A las tinieblas, junto al resto de la familia.

Allí quedaron, en el centro de la sala, la Sra. Morse y su hijo, Thomas. Abrazados. Rozando sus múltiples heridas con las ropas desgarradas.

Tanto la madre como el joven se habían beneficiado de los asesinatos cometidos por este último, a lo largo de sus míseras vidas.

El fantasma de Andrew alzó su mano, con ese aire de director de orquesta. El atril voló sobre sus cabezas y lo dejó caer con terrible fuerza sobre ambos.

Sus cráneos se partieron como dos cocos con un martillo. El zumo de fruta tropical se deslizó por sus frentes, jugo de fresas silvestres, sangre cerebral. Dos esferas de jade rodaron hasta caer por el abismo al que conducía el portal de la grieta en el suelo. Los ojos de Thomas. Él sería testigo de lo que allí ocurriera, por siempre jamás.

Andrew hizo un último gesto, agachó su fantasmagórico rostro, dando por finalizada la gran actuación. Se oyeron aplausos, venidos del mismísimo infierno que restaba bajo la gran mansión.

Se agrietaron las paredes, el techo del caserón se derrumbó. Cada trozo de piedra, cada objeto de aquel hogar quedó destruido. Todo se introdujo por la abertura del suelo, cada pedazo de aquella enorme casa sería herencia del diablo.

Él, encantado por el espectáculo de aquella familia maldita, ahora había llegado su turno, podría abrasar sus almas por siempre jamás. Él y su ayudante habían disfrutado del linaje durante cada una de sus apariciones. Ahora, el señor Worsworth podría continuar gozando eternamente del terror en su hogar, en las profundidades de su particular paraíso del castigo.

El mayordomo, el Sr. Kingston, observaba a lo lejos. Una lágrima cayó de su mejilla, impactando sobre sus brillantes zapatos. Su mundo, su vida, su mansión, todo lo que le importaba se había esfumado junto a su único y verdadero amor, el joven John.

El terreno quedó desolado, la hendidura se cerraba poco a poco. Justo antes de que el fantasma de un bebé, surgido del cielo, se colara por el resquicio final. El primogénito de Rose y el Barón.

Aquella alma en pena, a pesar de todo, quería abrazar de nuevo a su madre, a sus tíos y a su padre y abuelo. Deseaba permanecer junto a su familia.

Era un alma inocente, pero aún así... Era un Locker.





Fin

Para leer el CAPÍTULO V de mi compañera, Julia C. Pincha  AQUÍ           

12 comentarios:

  1. Muchisimas Felicidades os habeis currado una histotia alucinante los dos!!
    Saludos XD

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  2. Apoteósico final, una historia de verdad entretenida (bueno dos) Con suspense y terror pero también humor e incluso comedia miusical. Muy completo. ¡Bravo!

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    1. Me alegra que te haya parecido un proyecto completo y que te haya gustado.
      ¡Muchas gracias, Miguel Ángel!
      Abrazos.

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  3. Menudo final de infarto. No queda vivo ni el apuntador. Menuda familia. Me ha encantado este experimento vuestro. Espero que no sea la última vez. Genial, en serio. Un besillo y enhorabuena a ambos.

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    1. Me alegra que te haya gustado el final de este experimento. Solo queda vivo el mayordomo, pero despojado de todo lo que amaba...
      ¡Muchas gracias, María! ¡Besillos, Compi! ;)

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  4. Todos pagaron por sus culpas. Un final cerrado. No han quedado cabos sueltos, como debía ser en una familia como esa.
    Me ha gustado mucho esta experiencia de escribir una historia a dos manos. Ha salido redondo.
    Un abrazo.

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    1. ¡Las pagan y bien pagadas!
      Me alegra que te haya gustado, Josep Mª.
      Un abrazo y muchas gracias, Compañero.

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  5. ¡Buah! ¡No sabría ni por donde empezar!
    ¡Me flipan tus comparaciones, Edgar! ¡Son geniales! ¡Macabras! ¡Con un sabor cómico! Es de esa clase de terror que te arranca una sonrisa inevitable al comparar la sangre con el jugo de fresas... Imaginar a Robert saltando detrás de su madre ha sido como ver a un conejito escondiéndose en una madriguera...
    No sé ni qué más decirte, porque podría ir renglón a renglón y me quedaría un comentario mega tocho y tampoco es plan ;)
    El Trabajo que habéis hecho Julia y tú ha sido super chulo, ¡me ha encantado! Porque tiene un punto de locura super siniestro, sangre, misterio, un montón de culpables y una venganza apoteósica...
    ¡Brutal!
    ¡Besazos! ;)

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    1. Encantado de haberte hecho flipar, te lo tienes bien merecido, por todas las veces que me haces flipar tu a mí con tus textos!!
      Puedes poner tu comment todo lo tocho que quieras, yo encantado, Campanilla...
      Me alegra que te haya gustado.
      ¡Besazos, Apañera! ;)

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  6. Un gran capítulo final de terror. Una historia de venganza de ultratumba. Cada una de las víctimas, resurgidas como espíritus vengativos, se hace cargo de su asesino y lo introduce por un agujero que lleva al infierno. Algo tan fantástico descrito con mucha claridad y naturalidad que hace que lo veamos todo con estremecimiento. Me han encantado las frases de las manos que decía cada espíritu y lo de ''sangre cerebral'', ocurrencias cien por cien Edgar K. Yera.
    Una familia maldita, donde no se salva ni uno, ni siquiera, seguramente, el bebé si hubiese llegado a crecer.
    Y la identidad del señor Worsworth para nada me lo esperaba, una gran y endiablada sorpresa reservada para el final. Muy buen trabajo el que habéis hecho.
    Un abrazo, Compañero de Palabras.

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    1. ¡Muchísimas gracias, Ricardo! Por tu gran análisis del relato y tan positiva valoración, todo un honor recibir este monumental comentario de mi gran Compañero de Palabras.
      ¡Un fuerte abrazo, Amigo!

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