miércoles, 2 de septiembre de 2015

La Isla y Yo "Capítulo XXXVII" (El Principio del Fin)

En su mirada puedo ver escrita con fuego una orden clara y contundente.

En el nombre del amor... Por ti, Tahohae, por nuestro futuro hijo, por nuestra vida juntos.

Alzo a "Abrelatas" mi salvadora y con un movimiento preciso acierto en el pecho de lo que queda de Eva. Allí se queda clavado mi pequeño puñal y ella se abalanza sobre mi.

Caigo irremediablemente en la tierra pedregosa con ese ser putrefacto sobre mi cuerpo.

Babea viscosa saliva mugrienta sobre mi rostro, agarro el mango de "Abrelatas" y lo arranco de su fétida carne, doblo el brazo y se lo hinco en un ojo, luego en el otro, en la frente, una y cien veces, hasta que deja de gruñir.

Me la saco de encima con todas mis fuerzas, la tumbo de espaldas y me siento sobre ella, desde la yugular hasta su oreja izquierda, rebano con saña su cuello inmundo, hasta su nuca y continuo hasta su oreja derecha.

La cabeza se desprende como un coco de su palmera.

Me pongo en pie y pateo el cráneo de Eva, mi histérica y loca Eva, un balón que rebota contra un tronco y adorna una roca de rojo infierno.

Adiós, mi querida Eva.

Me giro y veo a Doce en pie, ahora es orgullo lo que leo en sus ojos, nos abrazamos y nos amamos una vez más, antes de proseguir la marcha.

Me siento un hombre nuevo, ya no soy López, el escritor ermitaño, ahora soy Lop y he hallado mi reino, mi mujer y nuestro fruto creciendo en su vientre, ellos son mi hogar, mi motivo, mi gran obra.

Debo protegerlos. Debemos encontrar un buen lugar donde nuestro hijo crezca sano y feliz y Tahohae y yo podamos envejecer en paz.

Corremos hacía la otra orilla de esta nueva isla, atravesando una espesa jungla, oscura y empapada, nos engulle una humedad refrescante y sanadora. Tras horas de rápida caminata, salimos del verde frondoso para encontrarnos ante un inmenso portal.

Es la entrada a un lugar que jamás imaginé poder hallar en este remoto paraje salvaje.

Es una puerta de madera gigante empotrada en la fachada de una montaña.

A la derecha de las puertas, sentado sobre un escudo, un esqueleto se deja ver, entre una armadura de plata envejecida, las barbas blancas pegadas a su mandíbula bailan con el suave viento y sus cuencas silban una extraña melodía.

En su casco inscrito un nombre, leo "Jefardreé" en letras doradas.

Tahohae y yo nos miramos totalmente desconcertados, cuando... Las puertas se abren por sí solas con un estridente gruñido de oxidadas bisagras de hierro.

Ante nosotros, el principio de un camino de tierra amarilla, de polvo del desierto.

Damos tres pasos y dejamos las puertas a nuestras espaldas, estas se cierran tras nosotros.

Doce agarra mi mano con fuerza, noto como tiembla todo su cuerpo. Ambos vibramos con tremenda emoción, no podemos creer lo que ven nuestros ojos, lo que experimentan nuestros sentidos.

Un águila púrpura sobrevuela nuestras cabezas, planea y se posa frente a nosotros. Abre el pico y mueve sus ojos, inclina su esbelta figura y fija su mirada en el vientre de mi amada.

- Gracias por traer a Jefardreé de nuevo a su hogar. Sed bienvenidos. Pronto os reencontraréis con su abuelo y por fin, entenderéis.




4 comentarios:

  1. Brutal Edgar. Cada nuevo capítulo aumenta la emoción, y este tuyo nos prepara un grandisimo final.
    Un abrazo compañero.

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    1. Muchas gracias, Oscar.
      Un placer ser partícipe de este aumento de la emoción. Preparado para ese grandísimo final, si más no, ha sido una grandísima experiencia.
      ¡Abrazo, Compañero!

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  2. Maravilloso Edgar. Un gran capítulo, podría hasta decir que el mejor... no lo diré porque todos son buenos. Un abrazote

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    1. Muchas gracias, Mercedes. Me alegra que te haya gustado tanto.
      ¡Abrazote, Amiga de Letras! ;)

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