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lunes, 7 de agosto de 2017

Ananda y El Repartidor de Esquelas

Ananda es un nombre hindú, significa felicidad y dicha, sin embargo, nuestra protagonista vivía todo lo contrario, a pesar de que sus padres la llamaron así al nacer. También le tatuaron un pequeño punto en la frente, y otros dos en ambas palmas de sus diminutas manos, todo ello para ahuyentar a los malos espíritus, pero no a ellos mismos, los que se suponía que debían amarla y protegerla.

A los dieciséis años, Ananda residía muy lejos de su tierra natal, junto a una familia de acogida. No obstante, le quedaban unos meses para regresar a la India, para contraer matrimonio con Naraka, quien había sido amigo suyo, durante toda su infancia. No le amaba, pero sentía que debía corresponder al deseo de la familia que allí le quedaba.

Fue entonces cuando Ananda conoció a Fernando, Nando para sus amigos, y "el repartidor de esquelas", para el resto del pueblo.

Ananda y Nando... Un amor a primera, a segunda, y a todas las posteriores vistas. Vistas, palabras, caricias, y un sentimiento en común que crecía a pasos agigantados.

En el mundo nacen más de trescientas cincuenta mil personas al día, y mueren más de doscientas mil.
En aquel pequeño pueblo, donde vivían Ananda y Nando, moría de media, una persona cada dos días.

Nando recorría las calles repartiendo esquelas, y la mayoría volaban sin rumbo.

Ananda contaba los días que le quedaban para regresar a la India, para casarse con Naraka, cuyo nombre, por cierto, significa infierno.

Nando besaba a Ananda, antes y después de anunciar la muerte en cada rincón de aquel pequeño pueblo.

Ananda besaba a Nando, antes y después de encerrarse en su habitación a derramar todo su pesar.

Pero cierto día, y al siguiente, y al otro también, no hubo esquela alguna que revoloteara por las calles del pueblecito. Sin embargo, la dama sin piel, de hueso gris y afilada guadaña, sí había sesgado otra vida de aquel lugar sumido en la más profunda tristeza.

No había papeletas anunciando la muerte de aquel, sencillamente porque quién había fallecido era el mismísimo repartidor de esquelas.

Ananda significa felicidad y dicha, Naraka significa infierno. Pero aquel día las lágrimas apagaron el fuego, y no hubo unión, ni correspondencia al deseo de otros, aunque fueran de la propia familia. No hubo nada que uno no quisiera. Nada más que libertad, y cierto sentido al nombre que elegimos nosotros mismos.





Fin





viernes, 31 de marzo de 2017

Poder Absoluto

Guiño un ojo y con el brazo estirado, abro la mano y agarro un coche con los dedos, es un sencillo juego óptico, pero a mí me da resultado, puedo poner el auto en lo alto de una cornisa, o lanzarlo al sol, por poner un ejemplo. Puedo mover edificios, borrar lo que quiera, y crear lo que se me antoje. Tengo el poder de la creación y la destrucción, un poder absoluto, sin límites, propulsado por la imaginación. Para mí, cualquier cosa es posible: pausar el tiempo, rebobinarlo, estirarlo, avanzarlo y doblarlo.

Tengo un plan, cambiar el mundo. Yo puedo hacerlo, para mí es fácil.





viernes, 10 de febrero de 2017

Existencial

Observa los ojos de aquel anciano, son bonitos, ¿verdad?. Puedo descubrir la belleza que se ve reflejada en ellos. Dicen que la belleza está en los ojos de quien la observa, de quien puede apreciarla. Son de un color verde y marrón miel, parecidos a los tuyos. Tus ojos son como dos ventanas abiertas que puedo atravesar sin ninguna dificultad. Mi ser puede pasar a través de tus pupilas, cuando se dilatan me invitan a entrar en tu interior.

Me fusiono con lo que eres, y siento lo que tu sientes, profundamente. Experimento una conexión completa.

No recuerdo mi nombre. No sé cuanto tiempo hace que no salgo de este lugar. No sé por que sigo vivo, si es que lo estoy. Ni me alimento ni me aseo. No hago nada, no soy nadie. Tan solo me descubro paseando por los mismos rincones, una y otra vez. Todo está mugriento, trastos viejos, rotos y sucios, por todas partes. Me cuesta caminar entre tanta basura. Me hundo en ella a cada paso que doy. Ya casi ni puedo avanzar.

¿Quién es ese anciano de ojos tan parecidos a los tuyos? ¿Quién eres tú?
No logro rendirme. Mi mente, la cual no sé a quién pertenece, tan solo me dice una cosa; no puedes rendirte. Debes continuar. Se afana por encontrar una luz al final de este mugriento lugar en el que me encuentro.

Abro una puerta y, con dificultad, me abro paso. Mis pies están atrapados por un mar negro, denso y oscuro. El olor es horrible. A duras penas puedo levantar las piernas para caminar entre el fango. Me sumerjo en este baño de lodo. Ahora tampoco puedo respirar, mis pulmones se encharcan de suciedad. Pero no muero, o a caso, ¿ya estoy muerto? No lo sé.

Hay una mujer que me observa desde la lejanía. Esos ojos, me invitan a regresar. Pero no sé quien eres. Estás demasiado lejos para saber que me quieres decir. Veo que mueves los labios, intentas decirme algo, pero tengo los oídos llenos de mugre.

Es asfixiante, pestilente, y todo lo engulle. La mugre está en cada átomo de mi cuerpo, en cada molécula del espacio en el que me hallo. Y tú, reluciente y cristalina, al otro lado del muro de cristal, me sonríes, y yo no comprendo nada.

Daría todo lo que poseo por un recuerdo, por una pista de quién soy, de dónde estoy, de quién eres tú. Pero no poseo nada, más que mi pensamiento confuso.

Mis córneas se cubren de la oscuridad aquí reinante. Ahora tampoco puedo ver. Se han apagado todos mis sentidos. Y dejo de pensar, para empezar a soñar.

No sé cuantas horas he dormido. Sé que he dormido porque acabo de despertar. Sé qué he soñado, pero no sé el qué. Tengo un recuerdo hecho de sensaciones de agitación, el sudor y los nervios a flor de piel. He tenido pesadillas, pero lo que encuentro al despertar creo que es peor, peor que nada. Suciedad.

El día es un paseo por este lugar de paredes negras, arrastrando y hundiendo mis pies. Hasta que no puedo respirar. Hasta que no puedo ver, ni pensar. Hasta que me duermo de nuevo, y vuelvo a despertar. Un día tras otro, no sé cuantos llevo ya. ¿Meses, años? ¿Una vida tras otra? ¿Despierto y duermo? ¿Vivo y muero?

De repente, alguien posa su mano en mi hombro. Eres tú, la mujer de ojos verdes y marrón miel, cómo los de ese anciano. ¡Lo recuerdo!

Puedo oírte hablar.

- Tranquilo, papá.

Rompo a llorar, y las lágrimas limpian nuestro hogar. La mugre desaparece por un instante.

Me acompañas al baño y me plantas frente al espejo.

¿Quién es ese anciano?

Sus ojos son bonitos, ¿verdad?






Fin



miércoles, 7 de septiembre de 2016

Todo está conectado

- ¿Es tuya esta cartera?

- Si, es mía... Pero... ¿Cómo?

- La he encontrado en el suelo. He mirado el carné de identidad. La llevaba a comisaría, pero al cruzarme contigo te he reconocido por la foto.

- Gracias, muchas gracias. Ni siquiera sabía que la había perdido.

* * *

Lo recuerdo como si hubiera sucedido hoy, y jamás ocurrió. La recuerdo como si hubiéramos compartido toda una vida juntos, y tan siquiera la llegué a conocer.

Caminaba por la rambla de las flores de Barcelona, no se hacia donde me dirigía, puede que se tratara de un paseo sin destino, admirando la gente, la música, las pinturas y las obras arquitectónicas. Entonces me crucé con la mujer más linda que mis ojos hubieran visto. No fueron sus curvas, ni sus andares, ni su cabello negro, ni tan siquiera su mirada. Fue aquella sonrisa que me regaló, la que me enamoró al instante. Cruzamos nuestros caminos, y nunca la volví a ver. Pero su recuerdo quedó grabado a fuego en mi interior.

¿Por qué? ¿Por qué no la detuve para hablar con ella?... Supongo que no hubiera sido apropiado, quizás la habría asustado. Pero aquella sonrisa... Aún juraría que fue dedicada a mí, directa a mi alma, como si nos conociéramos de toda la vida, o mejor dicho, de toda una vida juntos.

* * *

- ¿Quieres ir a tomar algo? ¿Un helado?

- Sí, quiero.

* * *

- ¿Quieres a Sofía como tu legítima esposa, hasta que la muerte os separe?

- Sí, quiero.

* * *

Nos casamos el diez de mayo de 1998. Gabriel nació a los dos años...

...Murió el tres de septiembre del 2010.

Mi pequeño Gabriel, mi amor.

Sofía murió el mismo día, yo morí el mismo día. No recuerdo nada más desde aquel fatídico día en el que todo lo que fuimos alguna vez, desapareció.

Un coche se subió a la acera y arrolló a nuestro hijo, murió al instante. Nuestras almas, todos nuestros recuerdos se fueron con él.

Tan solo me quedó una imagen tras el accidente. La mirada del hombre que conducía aquel auto. En pie, en el juicio, declarándose culpable del homicidio involuntario. Se dio a la fuga, pero no fue difícil encontrarlo, ni Sofía ni yo vimos la matrícula, pero sí un testigo que caminaba detrás nuestro, y la apuntó en su teléfono.

Recuerdo su mirada y sus palabras en el juicio.

 "Me dormí al volante, el ruido del choque me despertó, tuve miedo y huí. Vi el cuerpo del pequeño por el retrovisor".

Le condenaron a cinco años de cárcel. Se ahorcó al mes siguiente de entrar en prisión.

Eso es todo lo que recuerdo. Como un fugaz cortometraje,  proyectado tras mis párpados cerrados.

* * *

Creo que la vida le dio otra oportunidad a aquel hombre. Regresó de nuevo y enderezó su camino.

No robó mi cartera, ni se le cayó a unos metros de mí. Sofía no pudo hallarla y ver mi foto. No pudo reconocerme y acercarse a mí. No pudimos conocernos. Aún así me regaló una sonrisa que se grabó a fuego en mi interior.

Lo recuerdo como si hubiera sucedido hoy, y jamás ocurrió. La recuerdo como si hubiéramos compartido toda una vida juntos, y tan siquiera la llegué a conocer. Lo recuerdo todo, pero tan solo se trata de un sueño del que no logro despertar. Cada noche se repite, cada mañana lo tengo presente.

Sé que existes, Sofía. Tuvimos un hijo, le llamamos Gabriel.

* * *

Creo que la vida le dio otra oportunidad a aquel hombre. Regresó de nuevo y enderezó su camino.

No robó mi cartera, ni se durmió al volante jamás.



fin









viernes, 27 de noviembre de 2015

Tengo todo lo que deseo

Gabriel salió al patio de su casa, era de noche, el resto de la familia dormía.

Admiró las estrellas, llevaba tiempo esperando ver una fugaz para pedir un deseo.

Noche tras noche, Gabriel se paraba en el centro del patio, levantaba la cabeza, y esperaba aquella estrella fugaz que no aparecía nunca.

Recordaba que de niño y de más joven, había visto muchas de ellas, pero ahora, de adulto, no conseguía ver ninguna.

Pensó en su deseo, quería dinero, mucho dinero. Luego recapacitó, se dijo a sí mismo, que el dinero no era un fin, que el fin era tener una gran casa con un inmenso patio, desde donde pediría sus siguientes deseos.

La estrella fugaz no aparecía, no podía pedir su deseo, aquella nueva casa donde llevar a su familia.

Una noche, Gabriel volvió a recapacitar. La casa no era el fin, el fin era ser feliz en aquel nuevo hogar deseado. Así que, ésta vez, decidió que su deseo sería ser feliz.

Pero la estrella fugaz continuaba sin aparecer.

Una noche, Gabriel salió al patio como de costumbre, cuando su familia dormía. Levantó la cabeza y de nuevo, recapacitó. El dinero era para una gran casa, la casa era para ser feliz. Entonces pensó en su familia, en la casa en la que ahora habitaba, y se sintió feliz de lo que ya tenía.

Se dibujó una sonrisa en su rostro.

Gabriel cerró los ojos y exclamó en voz alta:

- ¡Tengo todo lo que deseo!

Gabriel abrió los ojos y vio pasar una estrella fugaz.



Fin

jueves, 16 de julio de 2015

Decisión del Alma

Benjamín restaba sentado al lado de su amada, de su cuerpo inmóvil, su inexpresivo rostro, su perpetuo silencio.

Tantos años cerca de alguien que parecía eternamente alejado.

Cuando eran jóvenes ansiaban una larga vida juntos, tantos propósitos, tan poco por cumplir.

Los sueños pasaron a ser recuerdos y estos, una caricia nostálgica del pasado.

Ella cayó al suelo, camino de firmar las escrituras de su unión.

Él no creía que aquello fuera necesario. Según él, no hacía falta ningún papel que confirmara el amor que sentían el uno por el otro.

Lo demostró en todo momento, a su lado. Mientras ella dormía, con los ojos abiertos o cerrados.

Hasta que un día él, siendo ya un anciano, murió.

A la mañana siguiente, ella también.

No besó su frente al despuntar el sol.

No había razón, su alma decidió marchar con él.




Dedicado a Jorge Sala

Fin

sábado, 23 de mayo de 2015

Camino Hacia la Paz

Me sentía abatido, caminar era arrastrar un cuerpo con los pies enfermos, a plomo, la cabeza a punto de estallar, llevaba una semana con un cuadro vírico que no parecía querer morir, desvanecerse y dejar mi cuerpo y mi mente airearse, resurgir.

Tenía cientos de letras ancladas al alma, palabras de amor con alas de mariposa recién horneadas en un mundo de piruletas. Palabras de una fábrica de sueños falsos que te proporcionaban una sonrisa inerte en la mirada. Palabras de un niño qué, reflejado en el espejo de un mundo futuro desolado, ansiaba un poco de calor y cariño. Palabras escondidas tras unos ojos azules inyectados en una espesa niebla de maldad. Palabras de seres mágicos de un mundo de ensueño, entre los que yo me hallaba con un pasado distinto, triste e igualmente abatido en mi destierro. Palabras de una anciana sabia que deseaba que encontrara mi libre pensamiento en cientos de libros de un estante de sabiduría y comprensión. Incluso palabras acusadoras que no tenía porque leer. Y otras muchas palabras de licantropía, payasos infernales, insectos hambrientos, viajes desafortunados, lujuriosas cerezas, hijos monstruosos y otras pesadillas asfixiantes. Tenebrosas y macabras, palabras.

Eran precisamente palabras de horror las que circulaban por mis neuronas, en busca del final a una saga literaria en proceso, cuando mis pies se detuvieron.

Me hallé quieto ante un escenario. Los carteles rezaban la semana por la paz. Una maestra de escuela anunció el acto. Los alumnos de la Escuela Tordera saldrían a escena en un canto por la paz.

Tres chicas, una de origen europeo, otra asiática y la última, árabe. Dos chicos, uno europeo y el otro africano.

Recitaron un poema. Hablaba sobre el momento en el que nacemos, libres de sentimientos y pensamientos de raza y sexo, libres de identidades futuras, de religiones, de deseos más allá de la mera supervivencia y afecto. Hambre y amor. Las dos necesidades básicas que mueven el mundo.

Hablaba sobre como crecemos y alimentamos esa identidad que no tenemos al nacer, como cosechamos una raza, un género, una creencia, una ideología, un sentimiento de pertenencia a una nación, a una clase social, a una religión y a otras cosas aún más banales, como a un equipo de fútbol o a una tribu urbana, todo ello por encima del amor incondicional por el mundo.

Me he sentido tan identificado y liberado. Un grupo de chavales recitando sobre mi forma de ser y pensar. Yo que siempre he creído que somos aquello que anida en nuestro interior, que todos somos uno, que somos muchos los que caminamos hacia la paz.

Al acabar el recital, acompañado de una bella música, mis pies se han vuelto a poner en marcha.

De pronto me he hallado menos abatido, aireado, resurgido. He mirado hacia atrás y he dado las gracias mentalmente y de todo corazón, he mirado hacia adelante y las he vuelto a dar...


... Gracias.

viernes, 15 de mayo de 2015

Fausto

Allí estaba, erguido como un botellín en una terraza de verano, inmóvil y supurando alcohol por la comisura de sus labios morados. La babilla reseca se mezclaba con el vidrioso y rojizo borbotón del vino barato, ese brick inseparable que llevaba como reloj de oro heredado en el bolsillo de su mugriento chaquetón.

En aquella ocasión, la labor de ser oídos sordos, había recaído sobre una farola del parque del Rabal.

- ¡Escucha, tipo esquelético de metálica mirada y frío corazón! ¡Yo soy la voz de la verdad, de la absoluta verdad, la realidad sin parangón! ¡Soy el poeta de las puras letras y hombre de mierda me llaman sin razón!

Una piedra le pegó en el cráneo. Unos aburridos chiquillos restaban sentados en un banco sin nada mejor que hacer.

Se zarandeó con el duro golpe, sin expresar dolor alguno. Mientras la sangre brotaba por la grasienta capa capilar y chorreaba por su frente, Fausto no dio por concluido su enfático monólogo frente a la farola.

- ¿Que es el dolor si no una expresión del cuerpo, una señal de que algo no va bien?

Una señora arrojó una moneda a los pies del mendigo.

Este la alcanzó y la lanzó con todas sus fuerzas hacia donde estaban aparcados aquellos crueles chavales.

- ¡Tomad, insensatos, compraos una porción de ridícula felicidad! ¡Dicen que la venden barata, en la tierra prometida de la Coca-Cola Light!

Agarró el brick, dio un buen trago y caminó. Dos horas, sin detenerse. Hasta llegar a un poste telefónico a las afueras de la ciudad.

- ¡Escucha, tipo alto de rugosa mirada, de madera quebrada y partido corazón! ¡Yo soy la palabra justa y el clamor de los rayos del sol! ¡Soy el titiritero y tu una triste marioneta a mi libre disposición!

Esta vez nadie interrumpió a Fausto.

Cuando dio por finalizado el monólogo, abrazó al poste y se puso a llorar. Las lágrimas se mezclaron con la sangre reseca y la suciedad de su rostro.

Dio un buen trago a su brick de vino barato y continuó su camino.

Tres años después.

Las puertas del colegio se abrieron al son de una linda canción, como siempre, a las nueve en punto.

Los críos corrían cargados con sus mochilas, saludando al viejo conserje.

- ¡Buenos días, Fausto!

Él les contestaba con una amplia sonrisa.

- ¡Buenos días, Fulano, buenos días, Mengano...!

Pocos sabían del pasado de aquel buen hombre. Trabajó en aquella escuela durante veinte años, marchó por un tiempo y más tarde regresó.

Cuando ya habían entrado todos, Fausto cerró las puertas de la entrada y dirigió una brillante mirada a la papelera metálica que había tras él.

- Escucha tipejo... -Le susurró- .




domingo, 3 de mayo de 2015

El Eco

- Estira tus brazos, Carmina.

Claudia agarró las muñecas de su paciente e inició la terapia.

- Dí, me llamo Isabel.

- Me llamo Isabel.

Acercó las manos de Carmina y las puntas de sus pulgares distaron de encontrarse parejos.

Claudia prosiguió.

- Dí, me llamo Carmina.

- Me llamo Carmina.

Esta vez, al juntar las manos, sus pulgares coincidieron.

- De acuerdo Carmina, esto marcha bien. Ahora repite conmigo. Temo el bosque.

- Temo el bosque. - Repitió la paciente -.

Sus pulgares no coincidieron.

- Temo el frío del bosque.

- Temo el frío del bosque.

Las puntas de sus pulgares no coincidieron.

- Temo los sonidos del bosque...

La luna menguante, como una uña clavada en el cielo, el nocturno manto sobre las copas arboladas, los troncos delgados, anchos, retorcidos. El sendero empedrado, el riachuelo de incesante murmullo. La soledad, el frío y el crujido de las ramas y hojas secas bajo sus pies.

Llevaba seis horas perdida en la inmensidad del bosque.

Una presencia sintió, la niña, tras de sí. Una mano se posó sobre su hombro.

- Tranquila mi vida, no temas.

La mujer abrazó a la pequeña y estuvo con ella hasta que aparecieron sus padres, desesperados, por fin, lograron encontrar a su hija.

Carmina regresó a la sala.

- Temo los sonidos del bosque.

Sus pulgares coincidieron.

- Puedes decirme que ha ocurrido - Le preguntó Claudia -.

- Me he visto, tenía seis años, estaba muy asustada y me abracé, me protegí y los sonidos del bosque dejaron de atemorizar mi alma.

A Carmina le encantaba pasear por el bosque, pero al mínimo crujido de ramas y hojas secas, su cuerpo se paralizaba, se le aceleraba el corazón y su respiración se entrecortaba, le provocaban sudores fríos y su tensión se disparaba.

Ahora, cuando paseaba entre la naturaleza y sus pies pisaban algo que provocara aquel sonido que antaño la perturbó, sentía el calor de un abrazo, de alguien tan cercano como ella misma, el temor no se hacia presente, podía continuar su agradable camino, con tranquilidad y llena de paz.


Fin

"Este microrrelato está inspirado en hechos reales. La terapia es una biodescodificación a través de la kinesiología con meditación profunda"

Gracias, mami.


viernes, 1 de mayo de 2015

Un Paseo en Bicicleta

Con las deportivas ancladas en los pedales con sujeción, el trasero pegado al sillín y ambas manos aferradas al manillar, Ramón pedaleaba cuesta arriba.

Al alcanzar la cima de la pendiente, el ciclista se detuvo por un instante, posó un pie sobre el terreno, se recolocó el casco de media cáscara de nuez y limpió con afán el cristal oscuro de sus gafas con el maillot, lucía un gran diez reflectante en el dorso.

Vislumbró el blanquecino borde del horizonte, bañado por la neblina en el amanecer de su destino y ahondó los pensamientos en su origen, con una respiración profunda y regresiva.

A la voz de "Ahí vamos", se dejó caer por el descendiente sendero con total desenfreno.

A sus noventa y ocho años, Ramón había decidido marchar a su manera.

El viento de poniente y la velocidad en crescendo borraban las arrugas del rostro de Ramón, separó sus piernas y las estiró a ambos lados de la rueda delantera y dirigió las puntas de los pies hacia su cuerpo, abandonó el manillar, alzó sus brazos y los batió como protuberancias aladas de su tronco, el equilibrio era impresionante, su vehículo rodante bajaba a la máxima velocidad que le permitía la realidad, sin temblor alguno, justo antes de franquear el muro de la prisión terrenal y alzarse en vuelo unidireccional hacia el exterior.

El sol se alegró de encontrarse cara a cara con Ramón, su fuerte torso desnudo, sus jóvenes pulmones inflados por el oxigeno puro, más allá de las montañas y los caminos recorridos, allí abajo, en la tierra, su mudado hogar.

Como ave migratoria, desconchando las nubes, Ramón llegó al séptimo cielo con su pequeña bicicleta azul, a las puertas de su casa, el niño aparcó a Ayo Silver en la entrada y entró sin llamar.

De nuevo junto a su madre, justo antes de despedirse e irse a trabajar, a una edad muy temprana, cuando es tiempo de estudio y recreo.

Ya en el interior del útero de la joven Isabel, Ramón se sentía abrigado por el calor de una bella canción.

"Duerme mi niño, mi pequeño bebé, pronto te veré y te besaré"

Su marcha continuó por aquel sendereo descendiente con total desenfreno, la velocidad y el viento de poniente borraban las arrugas, el cuerpo y los pensamientos del ciclista, hasta alcanzar aquel horizonte del amanecer de su destino.

Su alma observaba, desde algún lugar inconcreto, no lograba recordar su origen ni su identidad, poco antes de nacer, decidido a regresar a su manera, a la voz de "Ahí vamos".


Fin

sábado, 25 de abril de 2015

Pantiamela

Pantiamela se sentó frente a la estufa de leña, el candor de las brasas y el del interior de ella abarcaban la sala sur del caserón, bellas siluetas en la pared, gruyas, camaleones y elefantes, sombras chinescas elaboradas con sus delicadas manos, un ballet orquestado con delicia, el fuego resplandeciente entre la rejilla de hierro, el esplendor en el rostro de Pantiamela.

- ¿Ves el elefante? ¿La trompa y los colmillos?

- No, no los veo.

- Ahí - Gisela señaló con el dedo hacía la pared del fondo del comedor -. ¿No lo ves?

Santiago negó agitando la cabeza y alzó los hombros con resignación en su mirada.

- Mira la silla vacía frente a la estufa, observa la luz del fuego, proyecta un perfil, ¿Ves eso? Parece una nariz, unos labios ... ¿No lo ves Santi?

- ¡Noooo! ¡No veo nada Gisela!

- Es un fantasma Santi, el fantasma de una niña.

Pantiamela curvó sus manos, puso la izquierda por encima de la derecha, juntó el dedo gordo de una
con el índice de la otra, formando una ese.

- Mira Santi, ahora ha hecho una serpiente... O, ¿Es una ese?

Pantiamela separó las manos sin dejar de curvarlas, las junto de nuevo, creando esta vez una gran "O".

- Un círculo, ¿Lo ves Santi? ¿Un círculo o una "O"? ¿Lo ves?

- No veo nada.

Pantiamela siguió reflejando letras sobre la pared, Gisela las leía entusiasmada.

- Una "Y"... "E"... "L"... "F"..."A"..."N"..."T"..."A"..."S"..."M"..."A"... "D"..."E"..."U"..."N"..."F"..."A"..."N"..."T"..."A"..."S"..."M"..."A"...

- ¡Soy el fantasma de un fantasma!

- ¡Estás loca!

Pantiamela sonrió.

María gritó desde la sala norte del caserón.

- ¡Santiago ven a la cocina!

- ¡Estoy en el comedor con Gisela!

La madre se giró hacia el padre del chico que estaba sentado tras ella, garabateando con la punta de un cuchillo sobre la mesa.

- ¿No vas a decir nada Agustín?

- ¿Por?

- Tu hijo sigue viendo a Gisela.

- Y tu María ¿Qué?

- Yo, ¿Qué de qué?

- Tu hablas conmigo mientras Santi juega con su hermana.

María se dio la vuelta, Santiago estaba allí, frente a ella, en pie, llorando.

- Mamá...

Fin


miércoles, 22 de abril de 2015

El Regreso de Capitán "V"

Una caricia con los cinco dedos de la mano, cinco burbujeantes cosquillas en la fina piel de su rostro, una lágrima viva deslizándose por su rosada mejilla, un rayo de luz entre las cortinas, una inconmensurable paz en el hogar.

El muchacho corrió hacia su habitación, dejó la puerta abierta como de costumbre y se detuvo frente a la gran ventana, el Universo entraba invitado por la mente del chico, envolviéndolo, sentía el cosmos fundirse con sus sueños, una desbordante imaginación acunada por las estrellas, orbitando las estratosferas, surcando entre planetas, se sentía parte del mundo, era un ser feliz sonriéndole a la vida, totalmente agradecido por su existencia.

El hombre de emocionada lágrima se paró ante el espejo, recordaba aquel día en el que tuvo que huir de una horrible realidad, rememoraba su primer viaje astral, su cuerpo yacía sobre una diana de arquero, su nariz sangraba abundante, su  falsamente llamado padre murió aquel liberador día.

Víctor entró en la habitación de su hijo.

- Te quiero Kalel.

- Y yo a ti, padre.

Ambos se agarraron las manos, sus palmas unidas crearon un haz de energía azul que cubrió sus cuerpos por completo, irradiaron una fantástica luz que, poco a poco, se desplazó desde sus pies hasta la coronilla de sus cabezas.

Sus cuerpos quedaron inmóviles sobre la gran alfombra, sus almas despegaron hacia el exterior.

Viajaron por recónditos lugares del espacio, navegaron entre las galaxias, mas allá de nuestro sistema solar, un viaje mágico del que podían regresar en cualquier instante, de nuevo a sus vehículos carnales, para continuar una vida de profundo amor, aquí y ahora, en la Tierra.


Fin

viernes, 17 de abril de 2015

Capitán "V"

Sonó un "Splash" metálico, cinco marcas rojas de cinco dedos de delgadas falanges quedaron grabadas al instante en su rostro, empapado por las lágrimas, los mocos subían y bajaban resoplados y absorbidos por el crío, agazapado, recogido entre sus diminutos brazos, sollozando impotente ante su flacucho y despiadado padre, un tortazo con las huesudas manos abiertas, algo que ya era común ante cualquier desobediencia, el pequeño, como cualquier otro, no podía evitar la negación y aquel mal nacido que tenía por tutor, no la toleraba, "la disciplina se aprende con sangre" era el recurrente aforismo que expresaba, tras adjudicar y propinar la tremenda injusticia que tan a menudo descargaba sobre el frágil cuerpo de su hijo.

Víctor corrió hacia su habitación y con la silla de su escritorio trabó la puerta.

Su padre comenzó a golpear con sus protuberantes nudillos, el chico podía sentir los porrazos sobre la madera como verdaderos impactos en su afligida alma.

- ¡Abre pequeño cabrón! ¡Aún no hemos acabado tu y yo! - Gritaba ese ser, falsamente llamado padre, con rabiosa alevosía -.

Víctor se detuvo en el mismo centro de la alfombra que cubría el suelo de su cuarto, el dibujo de una diana de arquero, en el punto rojo sus pies posados, sintiendo la atracción gravitatoria de su espacio interno, el peso de la atracción magnética del núcleo terrestre que permanecía a millones de kilómetros bajo sus zapatillas deportivas decoradas con icónicas alas desplegadas.

- ¡Abre ahora mismo o echo la puerta al suelo! ¡Cuento hasta diez pequeña mierda! ¡ Uno... Dos... Tres...!

Víctor observó sus pósters de naves espaciales que colgaban de las paredes de su pequeño museo galáctico, admiró el Halcón Milenario, el Super Destructor Imperial, la Legacy, la Nostromo y por último, los ojos del muchacho se clavaron sobre la imagen de la Libertad y la Independencia de Armageddon.

- ¡ Seis... Siete... !

Sus párpados se cerraron como las compuertas del Apolo XIII y contó al unísono, pero a la inversa, del cruel hombre que se precipitaba con sus rudas botas hacía el portal de la lanzadera sideral, estelar refugio del Capitán "V".

- ¡ Ocho... Nueve y... Diez ! - Concluyó el innombrable -.

- ¡ Tres... Dos... Uno! - Finalizó Víctor -.

Una tremenda patada quebró las patas de la silla, una gran brecha resquebrajó la puerta, lo suficiente para que el lobo la abriera con un último soplido.

Víctor yacía en el suelo, con los brazos pegados a ambos costados de su frágil y golpeado cuerpo, con los ojos enormemente abiertos, desorbitados, su nariz sangraba abundante, su alma había despegado, surcaba el espacio exterior en busca de un nuevo padre.




Fin


sábado, 11 de abril de 2015

Ashanti

Las blanquecinas plantas de los pies de Ashanti pisaban la tierra caliente y árida de su poblado, las descoloridas palmas de sus manos reposaban flexionadas a ambos lados de sus pies, en cuclillas con una pierna avanzada, su rodilla izquierda apuntaba directamente hacia el cielo, donde resplandecía poderoso el astro rey, alcanzando con cada rayo de fuego y luz su cabello de rizos negros, estaba preparada como una atleta que espera el disparo para dar inicio la carrera, mas fue un silbido propiciado por ella misma, cántico de libertad en sus oídos lo que la hizo salir disparada hacia la lejanía. Corrió sin cesar y luego nadó a contracorriente del sistema que forjaba sus cadenas, presa a la fuga de la esclavitud. Desde África hasta América, desde la tierra de los sueños de vidrio quebrado hasta su alma creciente, allí encontró el verdadero infierno, un mundo corrupto y viperino se inyectaba en su melanina y en su interior el rencor se tornaba incontenible odio, alcanzó ser igual que las blancas manos que asesinaron a sus padres, resultó ser igual que sus hermanos, aquellos que sometieron a su pueblo en nombre de un dios inexistente, frente al espejo, Ashanti se tornó del color gris de la ceniza y allí se reconoció, murió y se transformó, renació como mujer, como hija y como madre, libre por fin de su pasado y del presente escrito en un papel efímero, la realidad era una sana respiración, seguida de una palpitación, un amor por todos y cada uno de los seres humanos que al igual que ella eran vida y nada más que eso.


martes, 24 de marzo de 2015

El Encuentro

Él paseaba, admirando las esquinas de los edificios, el contorno de las señales de tráfico, el volar de los pájaros, fotografiaba mentalmente los recovecos de la ciudad, como si no hubiera pisado antes sus calles.

Ella andaba despacio, observando sus zapatos, evitando pisar las líneas de las baldosas de las aceras, sorteando las separaciones alquitranadas, para no caer en el abismo, brincando sobre las rayas blancas de los pasos de cebra, caminaba de espaldas cuando el sol quedaba tras de sí, levantaba la barbilla y cerraba los ojos, dejando que las ráfagas de viento hicieran bailar su cabello.

Él perseguía un instante, un recuerdo que llevarse a casa, un aroma de tierra, un pedazo de cielo.

Ella no pensaba en el destino, posaba su cuerpo sobre los senderos, dejándose llevar por el vivido misterio.

Sus ojos se encontraron, en un insospechado cruce de caminos, no se amaron, no surgió la amistad entre ellos, ni la cercanía de sus identidades, ni una palabra, ni un gesto.

Sin embargo, sus almas quedaron unidas para siempre, en una décima de segundo, eternamente en el tiempo.

Él se llevó consigo aquel instante anhelado, el aroma de un breve encuentro.

Ella experimentó algo extraño, un ser invisible se había apoderado de sus sentidos, una fugaz mirada la transportó a su aclamado misterio.

Cada uno de ellos siguió su propio camino, ella con lo vivido y él con su recuerdo.





viernes, 20 de marzo de 2015

Auras

Alejandra despertó aquella mañana de domingo con una extraordinaria y reversible afección, dejó de ver a los seres vivos en su totalidad corporal, tan solo podía apreciar sus auras, irradiaciones luminosas.

Cada ser desprendía uno o varios colores y diferentes intensidades de luz.

A ella no le pareció extraño aquel síntoma, ya que fue fruto de un constante ejercicio de meditación profunda, que llevaba practicando durante largo tiempo, sabía que ese podría ser uno de los resultados, tras alcanzar la iluminación deseada.

La tarde de aquel mismo día, Alejandra, maestra de yoga, impartía su última clase.

Realizó, como de costumbre para empezar, el saludo al sol.

Sus alumnos eran hogueras de energía ante los ojos de su profesora.

Uno irradiaba una fantástica aura azul con bordes amarillos, otra una de rosa claro con manchas púrpuras...

De pronto, Alejandra advirtió una nueva presencia, al fondo del aula, sobre una esterilla que antes permanecía sin ocupante, se había encendido un huracán de poderosa luminiscencia blanca y cegadora.

Se acercó y posó sus manos sobre aquel magnífico resplandor, no logró palpar al portador que emanaba tan embriagadora luminosidad.

Volvió a ocupar su lugar, ante la sospecha de que, quienes la esperaban para continuar con el siguiente ejercicio, debían permanecer inquietos ante su ir y venir, e intentar alcanzar algo en el vacío.

Se tumbó, entrelazó las manos sobre su pecho y se quedó inmóvil.

Al despertar, la afección había desaparecido, pudo ver a sus alumnos contemplar su cuerpo tumbado e inerte.

Al fondo de la sala, Alejandra desaparecía tras un haz de luz.



Fin



domingo, 15 de marzo de 2015

Muertes y Vidas de Ádam

Las muertes de Ádam no son las suyas propias, no os hablo de las diferentes vidas de su espíritu, de sus viajes en distintas pieles, no me refiero a la reencarnación, ni a ningún otro tipo de incursión metafísica.

Las muertes de Ádam son las de aquellas personas que se fueron dejándole un vacío, una imprenta imborrable en el alma, un hueco en su interior qué, con el tiempo, se llenaría de algo nuevo que lo haría más fuerte, más flexible, más sabio.

A esto se le llama resiliencia y Ádam salió victorioso de la pena, del luto y de la soledad.

Reencontró el sentido de la amistad, de la familia y de la unión, por dejarse vencer de nuevo por la fuerza del verdadero amor.

Porque cuando Ádam creyó haberlo perdido todo, tomó una decisión, no pensó que existiera una correcta y otra equivocada, sin embargo, acabó por elegir seguir con vida, más allá de la mera supervivencia, gozó de nuevo, sintió otra vez que es amar y ser amado, hasta la muerte y más allá de ella.

Aferrado a la idea y a la ilusión de volver a ser feliz, el amor regresó a Ádam, aparecieron otras personas, que al igual que él, continuaban vivas, con sus mismos deseos y esperanzas.

Las muertes de Ádam son las muertes de todos nosotros, irremediables e imperdurables.

Las vidas de Ádam son las vidas de todos nosotros, remediables y finitas.

Desde el inicio a su fin y desde el fin a su inicio.





martes, 10 de marzo de 2015

Una Vida

Agarró la mochila que le había regalado su padre por su octavo aniversario, llevaba tres años sin verlo, metió la cantimplora de las excursiones del colegio, las llaves de casa, sin llavero, le gustaba que no tuvieran ningún peso, frotar las yemas de sus pulgares en el filo de la  cordillera de metal antes de introducirla en el cerrojo, era una agradable pausa antes de entrar, le relajaba. Y por último introdujo el machete con funda de piel y se marchó.

Tenía dieciséis años cuando abandonó el nido y veintidós cuándo regresó.

Durante esos seis años conoció el amor y el desamor, la amistad y la traición, aventuras y desventuras lejos del hogar, pero siempre tuvo un pie fuera y otro dentro, las puertas estaban abiertas al llegar, como una señal de bienvenida, añoró no sacar sus ligeras llaves y aquella pausa relajante, pero pudo hacerlo muchas otras veces antes de marcharse de nuevo para siempre.

En su primera incursión en el mundo adulto aprendió a valorar ciertas cosas que antes no lograba sentir como parte de sus necesidades vitales, no respiraba del mismo modo ansioso antes de tomar una decisión, ahora esperaba lo mejor y se preparaba para lo peor y no temía equivocarse, quería vivir más allá del mero hecho de ser y estar, sentía la increíble necesidad de brillar.

Admiraba las estrellas, tumbado en la hierba de cualquier lugar, una noche despejada y la nuca en la tierra y sus ojos en el cielo nocturno, era la pantalla de cine más espectacular a la que podía aspirar, la película que más le mostraba sobre quien era él y sobre lo que debía hacer.

Se independizó de su primera familia y formó una, trabajaba con entusiasmo y criaba a sus hijos con pasión y paciencia, procuraba enamorar cada día a su mujer y esquivaba la ira, la confusión y la desgana con sabiduría.

Fue feliz hasta su muerte y después de ella, también.



martes, 24 de febrero de 2015

Transformación

Las puntas de sus dedos se alargan como lombrices que se retuercen en espirales y singularidades amorfas, logrando alcanzar el gran azul, en el horizonte un hechizo atrapa al ser que crece por antojo del astro de fuego, sus brazos se multiplican, se agrietan, se tornan del marrón de la corteza terrestre, nacen hojas en su copa, se adueña de la luz que proviene del inmenso celeste, deja entrever surcos del brillante sol entre el espesor de su verde pelaje, hasta alcanzar su tronco hinchado y sus pies sumergidos en la tierra, proyectando una enorme sombra a sus espaldas, enraizado hasta el núcleo de un planeta madre, alimentado por sus aguas, su vida transformada en savia, sangre que ahora fluye por sus arterias, transformando moléculas destructivas en el vital oxígeno...
El hombre es un árbol que descubre su raiz, hijo de la Tierra por fin, comprende.


jueves, 19 de febrero de 2015

Azul

Lanzó la pintura fuera del cubo con todas sus fuerzas, hacia arriba con tal de salpicar el inmenso cielo, observando con el brillo del sol en el celeste de sus ojos, metió sus manos en los bolsillos de los tejanos y esperó, la cálida brisa acariciaba sus cabellos, pronto se bañó por completo en aquel mar acrílico que había arrojado un instante antes, el tiempo transcurrió lento, lo suficiente para engañar a la gravedad.

                                                                                           A Z U L

Unicornio Rosa: Capítulo 2 "La pastilla y el arcoíris"

Unicornio Rosa ¿Quieres huir?, ¿encontrar tu lugar en el mundo? ¿Qué esperas encontrar allí dónde vayas?,  ¿quién eres? El viaje empieza en ...