Las falanges pisotean un terraplén de cenizas, el viento agita el polvo gris que bailotea entre las costillas, silban las cuencas una aguda melodía.
Es de madrugada y el cementerio ha cerrado sus puertas, el vigilante duerme, a su lado una pequeña radio ambienta la oscuridad con una sombría pero amena sinfonía.
Los peronés se retuercen con la danza, proyectada por la claridad lunar, las vértebras traquetean las unas con las otras, como un xilófono de notas huecas resuenan con profundo eco en el lugar.
Los gatos son el público de las vísperas de los hombres sin piel, se relamen las patas y peinan sus bigotes, frotan sus lomos contra las nalgas de sus felinos compañeros, maúllan con entusiasmo ante el bravo espectáculo, la luz del satélite de plata es el foco perfecto, los personajes de marfil resplandecen.
Las temblorosas mandíbulas hacen castañetear sus dientes, las risas son chasquidos de muelas partidas, se desgastan sus cartílagos, pronto caerán rendidos.
La fosa común está en el centro de la laberíntica colmena de nichos, es allí donde se encuentra la pista de baile de los olvidados, quedan pocas flores marchitas, antiguos recuerdos para las almas que ya marcharon, el vigilante nocturno abre un ojo, en la emisora una voz grave comenta la tétrica partitura, le parece ver sombras en movimiento, enciende su linterna e inspecciona.
Los gatos corren a resguardarse de ese hombre que siempre los espanta con un infernal grito.
Los esqueletos regresan a sus agujeros y hacen el amor con el tiempo que se les antoja ajeno.
Con las caderas dislocadas y las muñecas agrietadas, los cráneos sueñan con la siguiente noche, cuando el cementerio cierre sus puertas y de madrugada el guardia duerma, con suerte sonará una sombría sinfonía y la luna se enfocará sobre los inquietos huesos, los gatos maullarán entusiasmados, presenciarán de nuevo, el baile de los esqueletos.
Fin
Micro Dedicatoria a...
