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miércoles, 7 de octubre de 2015

Giselle

El chico entró agazapado y con sigilo en la tienda del zapatero remendón, con medio dolar de plata en el bolsillo. Orgulloso de su hazaña, salió sin ser visto, portando consigo una lata de betún.

Ella se hizo con el atuendo necesario y con un viejo sombrero de piel y paja. Se embadurnó el rostro y cubrió la mitad con un pañuelo.

Se dirigió al salón, un rato antes de la hora del ardiente trago del mediodía. Afuera, la lluvia torrencial desoló las calles del pueblo.

Ocupó el lugar de Gerald en la barra, fue allí mismo donde la vio a ella, por vez primera...

- ¡Tú, pequeña! ¡Estás en mi sitio! ... Giselle recordaba aquel instante con total claridad.

Esperó, ante decenas de miradas expectantes. Los allí presentes sabían que ese forastero se jugaba la vida.

* * *

Las heridas de la carne desgarrada en su espalda habían cicatrizado. Caminaba desnuda, entre los matorrales, río abajo. Se agarró con fuerza al tronco de un árbol, y allí mismo dio a luz a su hija. El bebé nació muerto.

Lo enterró y clavó una cruz de ramas secas sobre su diminuta tumba. Sus lágrimas atravesaron la tierra, como en su pecho, la necesidad de venganza.

Continuó su huida, hasta llegar a un poblado Sioux. Ellos la acogieron. Allí conoció a quien sería su verdadero amor y padre de sus dos hijos. Ocho años después de su llegada, regresó a su pueblo natal. Tenía un asunto pendiente que zanjar. Fue una breve aparición que los habitantes de Dark Valley recordarían el resto de sus vidas.

Tenía trece años cuando Gerald Johnston Malick la capturó y la ocultó en el granero de su hogar.

Amarrada a un poste. Carne de sus placeres más salvajes. Allí fue violada infinidad de veces, torturada hasta la cruel saciedad. Engendrada. Hasta que una noche logró huir, su basto vientre apagó el deseo de su innombrable captor. Bajó la guardia, solo la visitaba para echarle su diario plato de gachas. Disfrutaba verla comer como a uno de sus escuálidos perros. Al fin pudo desprenderse de la cuerda que la mantenía sujeta y corrió hacia el bosque, más allá del pueblo.


* * *

Giselle rememoraba, sobre la tumba de su hija, lo que le dijo cierto día Johnston Malick, mientras sostenía su revólver y la apuntaba a la cabeza, antes de poseerla una vez más.

- No hay nada que el hombre no pueda hacer si eso que desea cabe en sus manos.

* * *

En sus años de feliz vida con los Sioux, Giselle practicó tiro con su marido. El resto de la tribu no veía con buenos ojos la relación de Halcón Gris con aquella mujer blanca, y mucho menos lo que ocurría en aquellas clases de guerreras enseñanzas. Tan solo él sabía porqué entrenaba a su mujer. El objetivo era que ella fuera más veloz con su arma que el más rápido de todos los pistoleros.

* * *

Quick Death entró en el salón.

- ¡Tú, negro! ¡Estás en mi sitio!

Ese negro parecía estar rabioso, totalmente loco... No se movió de su lugar, sus ojos estaban inyectados en sangre.

La gota gorda golpeaba sobre el sombrero de curtida piel de búfalo del viejo Gerald...



Fin


domingo, 27 de septiembre de 2015

Quick Death

La gota gorda golpeaba sobre el sombrero de curtida piel de búfalo del viejo Gerald. Sus botas, enfangadas sobre los charcos de lodo, chapoteaban en su rudo y tieso caminar. Se detuvo e inclinó la cabeza, elevó levemente una pierna y dio un paso atrás. Levantó la puntera de su calzado de piel de serpiente y dio un toque en el rodillo en forma de estrella de su espuela derecha, el sonido era parecido al tambor de su revólver.

Chasqueó los dedos de su mano izquierda y acercó el índice a la culata de su colt de empuñadura de marfil, el águila grabada en ella, observaba cabeza abajo, esperando picotear el pulgar de su dueño para qué apretara el gatillo con sumo reflejo, el disparo debía ser certero. Una bala, una vida, ese era el lema de Gerald Johnston Malick, más conocido como... Sir. Quick Death o Muerte Rápida.

Antes de que los lugareños pudieran advertirlo, el ansiado proyectil ya había salido del cañon de la plateada amiga de Gerald. Un agujero del tamaño de un crisantemo granate se dibujó en su cráneo, el sombrero de piel de búfalo salió volando por los aires. Tieso como su propio caminar, cayó de espaldas sobre el lodo chapoteado.

Sir. Quick Death había sido vencido.

Su rival acercó el cañón humeante a sus fosas nasales e inspiró apasionadamente aquel olor a muerte rápida.

Destapó el pañuelo de su rostro negro y el agua hizo correr el betún. Ese hombre desconocido, ese negro loco y rabioso no era negro, ni era hombre. Se quitó el viejo sombrero de piel y paja y su ondulada melena cubrió sus hombros. Se desgarró la camisa y mostró sus pechos turgentes, sus cicatrices en la espalda. Se quitó los pantalones y los largos calzones y enseñó sin pudor y con total orgullo su velluda vagina. Se desprendió de sus botas y pisó descalza la tierra mojada. El betún de su cara pintada bañó su cuerpo, una ducha de hollín que resbalaba hasta sus tobillos.

Caminó tiritando bajo el manto de agua helada, hundiendo sus pies en el fango. Se acercó al cuerpo inerte de Gerald. Sus ojos estaban abiertos, mirando al vacío, al lugar donde su mísera alma había despegado.

Le habló como si aún estuviera vivo.

- ¿Me recuerdas, Johnston? No soy ese negro al que has sentenciado por ocupar tu puesto en la barra del salón. Soy Giselle, hijo de perra. Nuestra hija te espera allí donde vayas. Solo debo agradecerte algo, lo qué una vez me dijiste. No hay nada que el hombre no pueda hacer si eso que desea cabe en sus manos... El hombre o la mujer... Estúpido, cabrón.

Giselle Roland lanzó el arma sobre el pecho de Gerald.

Regresó de nuevo al bosque del que vino aquella tarde, se adentró en la espesura, bajó por el río bravo y llegó al lugar donde había estado viviendo los últimos ocho años, junto a su marido y sus dos hijos, junto a su familia, los Sioux.

El cuerpo de Quick Death estuvo tres días sobre el terreno. La mañana siguiente a su muerte fue la más calurosa que recordaron los lugareños en mucho tiempo. Los matojos rodantes paseaban con total libertad por las calles del pueblo. La mayoría estaba en el salón, ocupaban por turnos el lugar donde aquella despreciable alimaña tomaba sus tragos.

Celebraron intensa y felizmente la fugaz aparición de Giselle.



Fin

Unicornio Rosa: Capítulo 2 "La pastilla y el arcoíris"

Unicornio Rosa ¿Quieres huir?, ¿encontrar tu lugar en el mundo? ¿Qué esperas encontrar allí dónde vayas?,  ¿quién eres? El viaje empieza en ...