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domingo, 2 de octubre de 2016

Asesinas de Felpa: Triplet Fragance

- ¿Diga?

- ¿Ronnie Bell?

- Si, yo mismo.

- Le llamamos del canal cuatro, estamos interesados...

- Yo no, gracias.

- Espere, no cuelgue por favor...

* * *


En 1988 hubo una sucesión de extraños asesinatos, todos ellos atribuidos a un muñeco. Increíble.
Casi tres décadas más tarde, en  el 2016, fueron encontrados tres nuevos cuerpos, todo apuntó a una nueva serie de asesinatos perpetrados por muñecos, por muñecas esta vez. 

Mi nombre es Ayleen Bell, mi padre; Ronnie Bell, fue quien llevó el caso. Lo que os voy a explicar a continuación es lo que sucedió:

Por aquel entonces yo tenía siete años, se acercaba el día de mi cumpleaños, mi padre, sumergido como siempre en su trabajo, hacía caso omiso de mis interrupciones, por la constante concentración en la que se hallaba. No soportaba tener un caso abierto sin ser solucionado, sin embargo, era adicto a ellos.

El primer cadáver que se encontró, asfixiado sobre la cama, y con una envolvente fragancia, fue el de Catherine Shue, de sesenta y tres años de edad. La habitación en la que se hallaba el cuerpo olía a lavanda, el mismo aroma que desprendía la boca abierta de la víctima. 

El mismo día encontraron el segundo cadáver, una niña de doce años, asfixiada sobre su lecho, con la boca y los ojos abiertos de par en par, el olor, esta vez, era una dulce fragancia a vainilla.

Al día siguiente, de madrugada, un tal Will Martinez llamó a la policía, había hallado el cuerpo de su mujer sin vida, a su lado, en la cama, y adivinen, boca y ojos abiertos, y una penetrante fragancia a sándalo.

Will Martinez fue detenido inmediatamente, también Jeff Taylor, hijo de Catherine Shue, la primera víctima encontrada, y Joshua Evans, el padre de la pequeña, Rossie, hallada en segundo lugar.

Fueron detenidos e interrogados por mi padre, los tres se encontraban en casa de las víctimas, no había nadie más a parte de ellos. ¿Quien podría haber cometido aquellos asesinatos, si no ellos?

Lavanda, vainilla y sándalo.

* * *

- Papá, quiero a las "Triplet Fragance" para mi cumpleaños.

- Ahora no, cariño, papá está trabajando en un nuevo caso, mañana me cuentas que es eso.


* * *

Mi padre encontró una conexión entre los tres detenidos, y no era una conexión cualquiera. Uno de ellos, Joshua Evans, fue detenido dos años atrás por un presunto secuestro y asesinato, pero fue absuelto por falta de pruebas. 

Mi padre halló tales pruebas, unas cintas de vídeo, en ellas, Evans, junto a Martinez y Taylor, torturaban, violaban y asesinaban a tres mujeres en una juguetería. 

Las tres mujeres resultaron ser; Samantha, Ruth y Adele Lee Ray, trillizas, hijas de nada más ni nada menos que de Charles Lee Ray, el estrangulador de "Lake Shore".

* * *

Mi padre y yo mirábamos la televisión, algo inusual, estaba muy cansado y por fin necesitó despejarse un poco, dejar a un lado, por un instante, el nuevo caso que le quebraba la cabeza.

- Esas son las "Triplet Fragance", las quiero para mi cumpleaños, papá.

En el anuncio mi padre contempló a las tres muñecas más lindas de todos los tiempos, las trillizas de pequeños cuerpos de felpa y aroma a lavanda, vainilla y sándalo.

Mi padre llamó al forense.

- Jim. ¿Qué encontraste en el estómago de los cuerpos al realizar la autopsia?

- No he abierto sus estómagos.

- Hazlo inmediatamente e infórmame.

A la mañana siguiente, Jim Knock, el forense, llamó a mi padre.

- Increíble, Ronnie. En los tres cuerpos hay tejidos de felpa, de ahí provienen las tres fragancias. 


* * *

Mi padre murió el año pasado de un tumor cerebral, ahora está junto a mi madre, Felicia.

En los archivos de su ordenador encontré de todo sobre sus casos, este fue el más extraño, sin duda.
Hoy os cuento lo que ocurrió, pero sé que nadie lo creerá.

* * *

- No cuelgue, por favor. Señor Bell, el mundo debe saber...

- Si, quizás si. Pero no seré yo quien lo cuente.




Fin

En "La Celda Acolchada":

* Asesinas de Felpa: Matilda  Por: Santiago Estenas

* Asesinas de Felpa: Valentina Por: Mendiel

* Asesinas de Felpa: Felisa Por: Soledad Gutiérrez

* Asesinas de Felpa: Gina Por: José Carlos García

* Asesinas de Felpa: Queca Por: Ricardo Zamorano 







jueves, 11 de junio de 2015

Detalles Insignificantes

Rodó el tambor y lo colocó en su lugar, abrió el martillo con el pulgar y su dedo índice empezó a apretar el gatillo.

- Ni se te ocurra tocar tu reloj, Dick.

A sus treinta y dos años, Dick Fallen, era el agente más joven y más condecorado de la brigada de "Past Solutions".

- Dispones de diez minutos de retroceso sobre la escena, el objeto de cambio es esta carta de póker. A jugar, vaquero.

Fallen activó el reloj y retrocedió un par de años.

Ante los ojos de Dick se mostraron los acontecimientos, los personajes, la causa y el objetivo.

En la terraza de un bar, un posible observador. Con sombrero y  el rostro oculto tras un periódico, no parecía un problema de intromisión. Dos mujeres charlando en la acera perpendicular al punto de impacto. Una mecía un cochecito de bebé y la otra le mostraba un catálogo de joyería.

Entró en escena el objetivo. Una pequeña de cabello rubio, ojos negros. Se dirigía al cruce, con paso saltarín, tatareando una canción infantil. A dos metros del punto de impacto.

La causa dobló la esquina, las dos mujeres desaparecieron del campo de visión de Dick.

La niña cruzó la calle.

La causa, un camión de transporte, la arrolló de inmediato. Un insano crujido mortal resonó en los tímpanos de Fallen.

- Está bien -. Respiró profundamente- . Diez minutos.

Dick activó de nuevo el reloj.

Un hombre tras un diario. Dos mujeres charlando, distraídas. Seis pasos. Una pequeña cantarina.

Fallen dejó caer la carta al séptimo paso.

La pequeña vio un as de corazones a sus pies y se agachó para recoger aquella carta.

El camión pasó de largo, la niña cruzó la calle y Dick pulsó por tercera vez el dispositivo de su reloj, para regresar a su despacho.

- ¿Quien eres? - Preguntó Dick a la mujer que amenazaba con matarle -.

Ella introdujo su mano en el bolsillo y sacó una carta. Un as de corazones que lanzó a los pies de un agente jubilado que conservaba dos cosas de su trabajo, el reloj de empresa y su memoria fotográfica.

Fallen dejó caer aquella carta en su séptimo paso, el hombre que restaba sentado en aquella terraza se puso en pie, dejó el periódico sobre la mesa y dio tres pasos. Agarró la carta y la guardó en el bolsillo de su pantalón.

La pequeña llegó al punto de impacto en el que la causa, un camión de transporte, la arrolló de inmediato.

Dick se acercó a Dick.

- No me des las gracias, estás despedido.


Fin

lunes, 27 de abril de 2015

El Asesino de Escritores

Aquella tarde, en la firma de libros de la aclamada escritora Paz Curiel, el dardo de una cerbatana inyectó el suficiente veneno en su nuca para que cayera irremediablemente muerta sobre uno de sus libros en promoción.

Su asesino no fue descubierto.

Entre la gente que se hallaba en aquella librería, tras el trágico acontecimiento, desapareció una silueta embutida en un traje azul, portando en su mano un maletín bermellón.

El despertador sonó, como cada mañana, a las 6:00 en punto.

Con el dedo índice de la mano derecha presionó el botón que desactivaba la aguda alarma, luego retiró el pedazo de film en el que había quedado marcada su huella dactilar y la guardó con precisa meticulosidad en su cajita negra, donde se encontraban el resto de indicios matinales, un cúmulo de cuadrados plastificados con su inimitable seña de identidad.

Para Jonás esa colección representaba una más de sus debilidades artísticas que perdurarían el tiempo de vida que le fuera concedido, en su especial interpretación del mundo, una estancia en la tierra que se le había otorgado como propia e intransferible.

Frente al espejo, enérgicamente enfundado en el repetitivo traje de azul zafiro, recitó su  mantra sagrado, después de retirar sus legañas con un pañuelo previamente esterilizado e introducirlo en la caja gris calavera del tocador.

- Soy el Universo, me pertenecen tus palabras, tus sentidos, tu oxígeno. Soy la mano que juzga, la sagrada decisión, tu futuro, no existe el destino, yo soy la voz del camino y mis pasos son la razón.

Cerró la puerta con suma delicadeza y marchó al trabajo con su maletín de piel, funda de cuero rojizo en el que lucía una plateada placa con las siglas de su nombre bellamente grabadas.

Cordial, conciso y de pocas palabras, atendía a los inversores de su empresa de tecnología, resolvía casos de falta de producción, debidos a ciertos problemas de software en los programas de stock que manejaban sus adinerados clientes.

Sus jefes agradecían su gran labor, un ingreso mensual, considerablemente elevado, era lo único que él agradecía de ellos.

Un adiós seco, frío y apático a sus compañeros, acompañado de una sonrisa forzada, la muestra de una hilera de dientes clonados y dolorosamente brillantes, dedicatoria diaria de las 14:30, antes de regresar a su hogar.

Jonás tenía un secreto, una confesión que crecía en su interior, aplastando sus entrañas.

Las teclas de la máquina de escribir de su vecino retumbaban en su sien como mil coces de mil caballos de hierro, trinchando sus neuronas, alborotando su paz, una desbaratada sucesión de rituales que lo mantenían cuerdo dentro de una infernal locura, perturbado por el sonido de la maldita escritura, decidido a actuar lo antes posible.

Gustavo restaba inerte, su cabeza posada sobre sus escritos bañados en sangre, una pluma dorada hundida en su nuca, sus ojos fijos en el vacío de su despacho.

El hombre de traje zafiro, asesino de los amantes de la palabra escrita, borrador de la ficción, odiaba todo aquello que no fuera puramente real, la imaginación era algo para él sencillamente inexistente, el arte, un puñal en el corazón de este mundo, una enfermedad que él, como auto considerado voz de la razón y futuro de la humanidad, debía erradicar con sabia y precisa decisión.

Pero, Jonás tenía un secreto, una confesión que le retorcía el alma.

Él también escribía, poseía un infantil sueño escondido en una de sus cajas, donde guardaba los indicios de su existencia, quería brillar y que sus escritos despertaran un amor añorado.


Fin


miércoles, 1 de abril de 2015

Blasfemia

El agente en prácticas A. Freeman debía resolver su tercer y último caso para recibir su placa de detective de homicidios y poder ejercer como tal.

En aquellos tiempos, la inteligencia artificial y las sombras de la red, hackers de la D.F "División Fantasma", hacían que el sistema que sostenía el mundo pendiera de un hilo, paradojicamente, inalámbrico.

Año, 2.666 D.C.

Freeman aplicando el protocolo D.37, cerró los ojos, activó el dispositivo Capsule Corporation de desplazamiento temporal y esperó unos pocos segundos. Abrió los ojos y averiguó al instante su ubicación, restaba inmóvil ante la víctima, aún con vida, el primer testigo de su examen final.

Un hombre desnudo, con graves heridas en los costados, provocadas por un arma blanca de larga y afilada hoja (Freeman tomaba nota mentalmente, antes de dar inicio al  interrogatorio), herida mortal en el costado derecho, provocada por una gran flecha o lanza, corona de espinas, manos y pies clavados a una enorme cruz de madera, anclada en la tierra, a la víctima no deben quedarle más que unos pocos minutos de vida.

- ¿Como se llama usted ? - Preguntó el agente en prácticas a aquella agonizante figura - .

- Soy Jesús, Jesús de Nazaret. - Masculló aquel pobre hombre moribundo- .

- ¿Quien le ha hecho esto, señor?

- Mi propio padre.

En aquellos tres días que tenía Freeman como tiempo límite para resolver aquel homicidio, no descansó un solo instante, indagó en el poblado en el que se encontraba, tomó declaración a los que descubrió como allegados a Jesús, que por aquel entonces ya había muerto por aquel siniestro castigo, averiguó quien dio la orden de crucificarlo y quienes lo condujeron a aquel cruel destino, charló con sus discípulos, sabía donde se encontraba y a quien debía preguntar, habló con Pedro y con Judas, este último confesó por unas miseras monedas de oro que, el detective a prueba, consiguió con deficiente astucia.

El tiempo límite llegó a su fin.

A. Freeman, crucificado al lado de Jesús, miró a este y le dijo:

- No ha sido tu padre, han sido Judas y los Romanos.

Cristo resucitado le respondió.

- No importa, les perdono, les perdono a todos.

Freeman arrancó su mano derecha del clavo, provocándose una horrible herida, lucía un boquete del tamaño de una amapola, se desangraría o se desmayaría en unos pocos minutos.

Vomitó la cápsula de regreso en la palma de su mano agujereada, cerró los ojos y apretó el dispositivo, esperó unos pocos segundos y abrió de nuevo sus párpados.

Tras el rojo, el amarillo y el blanco. Su visión se acostumbró a la luz de la habitación en la que se hallaba.

- Ángel, - le comunicó el superintendente D' Ábel- aquí tiene su merecida placa.



Fin




jueves, 26 de marzo de 2015

Secuestro

Acompañaba a mi pequeño al colegio, caminábamos bajo la lluvia.

Con una mano sostenía el mango de su paraguas y con la otra se aferraba con fuerza a la mía, le encantaba sentir el incesante murmullo sobre su cabeza, a través de los lunares amarillos, dibujados en la verde tela impermeable, podía ver como rebotaba el agua, sorteaba los charcos a petición mía, no le había puesto las botas adecuadas y no quería que se empapara los zapatos.

Aquella mañana saldría de paseo por el pueblo, junto a un par de maestras y el resto de sus compañeros, iban al Ateneo, a disfrutar de la oda a la primavera de un matinal cancionero.

Al mediodía desperté de una ligera cabezada, frente al televisor enmudecido, miré el reloj, eran la una en punto, me había dormido.

Corrí en busca de mi hijo.

A poco de llegar a la escuela me detuve, en frente de una metálica papelera, un paraguas con tres varillas rotas, verde tela, amarillos lunares y mango color crema.

Mi pecho se tornó caja del ensordecedor eco del tambor, una palpitación sombría que me desencajó el rostro.

Vi al hombre que se lo llevaba de entre las filas de los descuidados críos, pude observar a las maestras distraídas, pude oler el rastro que dejaba aquel ser imperdonable, el llanto de mi pobre hijo al dejar atrás a sus amigos, junto a un cruel desconocido.

En la pelea por deshacerse de aquel hombre maldito, escuché el crujido de las varillas de su paraguas, advertí como se deshacía de él, aquella figura sin alma.

Llegué a zancadas hasta las puertas del colegio, entré con la esperanza de que todo hubiera sido error mío. No quedaba nadie, los padres y sus hijos ya se habían ido.

Miraba quieto, mi cuerpo empapado, la incesante lluvia me acompañaba.

A través del cristal de la puerta de su clase, solo podía ver el vacío, mis mandíbulas apretadas crearon un horrible chasquido.

El agua brotaba sobre mis párpados, haciendo borrosa mi mirada en la distancia, el pánico, la angustia, la desesperanza, al otro lado de la puerta de vidrio, sus ojos me observaban perplejos, no me movía de mi sitio.

Mientras esperaba que entrara a por él, juzgando mi breve olvido.

Un secuestro alteró mis pensamientos, tan intenso como la peor de las pesadillas, tan real como un sueño vivido.

Aquella mañana acompañaba a mi pequeño al colegio, caminábamos bajo la lluvia, con una mano sostenía el mango negro de su paraguas, con la otra se aferraba con fuerza a la mía.
                                                 
                                                                           

Fin

jueves, 5 de marzo de 2015

Ocurrió en el Bar Misterio

(Dedicado a mis nuevos amigos y amigas 
de letras que me animan a seguir escribiendo... Gracias)

No recuerdo si fue un sueño, una pesadilla o si se trataba de la mismísima realidad, sentía estar despierto, deambulaba por un callejón triste y helado, caminaba sin decisión, mis pies paseaban sin que yo les ordenara el paso, allí tras unas cajas de cartón mojadas, un gato se lamía una pata, no lograba verlo, pero sabía que estaba ahí escondido y al pasar por delante pude verificarlo, parecía haber llovido, un sendero estrecho de piedras, un charco, media luna reflejada en él, alcé la mirada, como una uña clavada en el cielo, me observaba inmóvil y perturbadora.

Sequé el sudor frío de mi frente con un pañuelo, en él había un bordado, las siglas "E.P", no sabía cual era el significado de aquellas letras, de hecho no sabía absolutamente nada, ni mi nombre, ni mi pasado, ni  de donde venía, ni donde me encontraba, ni que extraña fuerza me empujaba hacia delante.

Mis piernas me condujeron a un callejón y al final de este, crucé una puerta, pude leer que en un cartel rezaba, "Bar Misterio".

Siete mesas puestas en círculo, individuales y ocupadas, rodeaban una octava que se situaba en el mismo centro del local y en ella me fui yo a sentar, la camarera, una mujer joven de larga cabellera me trajo una copa sin antes preguntar, yo la sujeté, sin remedio, entre mis manos y bebí despacio el contenido, no tenía ningún sabor, tampoco sació mi sed.

Entonces empecé a tener conciencia del lugar y de aquellas personas, cada una sentada en su mesa, la camarera tras la barra, todos me observaban, esperando a que reaccionase, no sé porqué, pero así fue, de pronto descubrí que conocía sus nombres.

Sentí un latigazo eléctrico en mi cabeza y sus nombres se escribieron en mi memoria.

Un hombre, Ricardo, a su lado una mujer, Julia se llamaba, la seguía María, luego Mar, Alejandro, Ana y Federico, cerrando así el círculo. El nombre de la camarera era Jara y lucía el tatuaje de una Campanilla en el hombro.

Me sonrieron al unísono en cuanto averigüé sus identidades, yo no dije absolutamente nada, pero ellos sabían que los había reconocido, después cada uno de ellos sacó una pequeña libreta y un bolígrafo de sus bolsillos y empezaron a escribir.

Escribieron mi nombre, mi pasado, de donde venía, donde me hallaba, quien era yo y lo que me iba a suceder a partir de entonces. Se trataba de un inocente juego de complicidad.

Cada uno de los presentes, en aquella extraordinaria comunidad, escribió una parte del relato del que, por fin comprendí, yo era... El Protagonista.


FIN

sábado, 28 de febrero de 2015

Flores para Julieta

Los sesos de Julia resbalaban por la descubierta espalda de Gala, la mujer de Dalí delicadamente pintada sobre un lienzo que allí no se encontraba, como si al propio genio se le hubiera desecho el pincel sobre el cuerpo desnudo de su musa, pedazos del cuero cabelludo de Julia cubrían la falsificada obra , ante ella, un hombre, con chaleco blanco y pajarita granate, sostenía el humeante revólver con el que acababa de disparar.

Tres meses antes de que la muerte llamara a la puerta, la pareja regresaba de un lucrativo viaje que no había dado su esperado fruto, en el avión, de vuelta de Santa Mónica, el matrimonio recordaba, cada uno desde su propio silencio, como años antes se dedicaban besos y versos, al más puro estilo Shakesperiano, se llamaban el uno al otro, Romeo y Julieta, en aquel apesadumbrado momento se encontraban en la lejanía de su amor, ahora tan solo eran Román y Julia y aunque su pasión se había quedado en algún cajón de su antiguo apartamento, en el lujoso dúplex de Nueva York seguían coexistiendo como un triste dúo a las puertas del divorcio, sin hijos y sin esperanza.  Lo único que ganaron en aquel lucrativo viaje fallido fue un amigo en común, pronto iría a visitarlos para ofrecerles a cada uno de ellos, un presente inolvidable.

A la semana de regresar a su hogar se presentó Richard, el joven Inglés con quién entablaron especial amistad en Santa Mónica, pasó unos días en el dúplex de ellos, hasta que marchó, al parecer, al piso de estudiantes donde se encontraba una de sus muchas amantes.

En la breve estancia en casa del frágil matrimonio, grandes amigos, compañeros de risas, alcohol, fútbol americano y charlas de copa y puro, los dos hombres se confesaban penas, angustias y sinsabores del presente y pasado de sus vidas, el regalo de Richard a Román fue la confianza que acrecentó en él.

Cuando Román estaba en el trabajo, sumergido en burocracia y papeleo de gestoría e inversión, Richard hacía de los placeres de Julia su motivo de ser, satisfaciendo todos sus caprichos carnales, extasiándola con su viril portento, llegándola a enamorar por haber logrado que de nuevo se reencontrara con su pasión marchita.

- Querido Richard, sé que debes irte - le confesó Román - pero antes, aconséjame amigo mío. Julia está distante, hace meses que no hacemos el amor...

- Regálale flores, una cena íntima, una mesa al lado de la cama, para qué, acabado de saborear el último plato, seáis postre de vuestro gusto, a un paso del lecho, y allí, os sintáis unidos, reavivando la llama.

Richard siempre hablaba como si escribiera poemas.

Con el tiempo, en ausencia de su nuevo amigo, Román recordó el consejo, preparó una deliciosa cena, servida junto a la cama, velas, vino y una dulce melodía de Frank Sinatra en el tocadiscos con trompeta dorada.

Mientras cenaban, el fuego interno pareció encenderse de nuevo, por un instante, se besaron con el vino rosado en los labios, se llamaron el uno al otro Romeo y Julieta, solo faltaban las flores.

Román se fue al lavabo y llamaron a la puerta.

- Traigo flores para una hermosa mujer, se oyó tras la puerta.

Un hombre rubio con chaleco blanco y pajarita granate sostenía un ostentoso ramo de orquídeas salvajes, de entre ellas asomaba el fino cañón de una LeMat de nueve cartuchos.

Román se retorcía por el pánico, desnudo y acurrucado en la esquina del lavabo, gemía mientras oía acercarse desde el otro lado al asesino, ensordecedor eco del macabro paso, escalofriante gruñido de una puerta desprovista de pestillo y un segundo disparo. En el espejo lágrimas rojas resbalaron hacia el desagüe del lavamanos.

"Dos balas, una para Romeo, otra para Julieta"... Reía el hombre de traje oscuro trás el hombre de chaleco blanco.

Suavemente, el hombre rubio, desabrochó un colgante que lucía en el pecho la mujer sin vida.

Una pieza única y extremadamente valiosa que le regaló un ex amor, que por dependencia, había continuado viviendo con ella hasta aquel mismo día, en el que parecía que la pasión de ambos, regresaba de nuevo a sus vidas.

El portador de muerte y orquídeas se dio la vuelta y entregó la joya a Richard. Se abrazaron y se besaron fugazmente, antes de abandonar la escena del crimen.
Tal y como quedó registrado en el archivo policial, Román sostenía el revólver en su mano, representando gráficamente el segundo y suicida disparo.

Tres meses antes, en Santa Mónica, Richard y Conrad observaban desde la última fila, como un matrimonio fallaba en su intento por vender una mala imitación de un cuadro donde lucía Gala, mujer y musa de su autor, tampoco lograban vender un exquisito colgante de gran valor, La Orquídea Salvaje, bello cuarzo morado con delicadas hojas de oro blanco.


                                                                             FIN

miércoles, 18 de febrero de 2015

El Último Cigarrillo

- Te quiero.

Posó las yemas de sus dedos sobre su vientre, con ambas manos, deslizándolas hacia sus caderas y apretó suavemente mientras la penetraba.

Acercó su rostro al de ella y bordeó la comisura de sus labios con la punta de la lengua, bañada en tibia saliva, humedeciendo su boca, se besaron.

- Estás preciosa, cuándo hacemos el amor, te brillan mirada y piel.

Ella sonrió, jadeó, clavó sus uñas en el torso de él, acarició su pecho, extendió los brazos y agarró con fuerza la sabana de cuatro puntas, empujando con fuerza, ambos se expresaban con vocales inmensas dignas de un nuevo idioma.

Ella alzó las piernas y él agarró con ambas manos sus tobillos, saboreando los dedos de sus pies.

- Te quiero - confesó ella una vez más- .

- Te quiero- respondió él-.

Fundieron sus cuerpos con el espacio tiempo, sumergiéndose el uno en el otro, buceadores de media noche, naufragando en sus propias aguas, hasta el clímax.

Dio media vuelta y cayó de la cama golpeándose la barbilla con la mesita de noche de ella, la manera fue tan cómica que ambos rieron, él se puso en pie y dijo alto y claro:

- ¡Lo hemos logrado!

Ella abrió el cajón de la mesita y sacó un paquete de tabaco.

- No deberías fumar en tu estado -sugirió él-.

- Vamos- contestó ella- aún es pronto para saberlo y en el mejor de los casos, ahora no podría perjudicarnos.

Agarró el mechero y encendió el cigarrillo, los cristales de las ventanas se hicieron añicos con la tremenda explosión, entraron fuego y cenizas en la habitación, la onda expansiva abarcó el mundo entero, allí se hallaban enterrados por la manta gris de la última noche en la tierra, el humo del cigarrillo se fusionó con la vaporosa cortina, cubriendo por completo un desolado planeta.
                                                                           
                                                                           
                                                                     
                                                                                  FIN

miércoles, 28 de enero de 2015

El Monstruo

No elijo a mis víctimas, ellas me eligen, dirás que tan solo se han sentido atraídas hacia mí, pero yo ya tengo una familia y el resto del mundo se puede morir.

Si viven sus vidas y no interfieren, no me importa, incluso si mantienen una relación superflua conmigo no los esquivo, pero no deben querer participar de mi círculo vital, eso no lo consiento.

La amistad es para los débiles, para los que precisan terapia psicológica, yo me basto conmigo mismo y con la felicidad de los míos.

"Si torturaran, violaran y asesinaran a la hija de Gabriel, este no sentiría nada, ese es su talón de Aquíles, el cree que le importan los suyos, pero en realidad no le importa nadie salvo él mismo".

Revelo a puerta cerrada una más de mis fotografías, otro rostro de pánico merecido, la cuelgo junto al resto para que se sequen.

Julia abre la puerta del estudio y contempla lindas fotografías de flores, insectos y otras bellezas minúsculas ampliadas por el zoom de la cámara.

" Mi padre es una persona seria, respetada, pero no tiene amigos, su trabajo y sus aficiones no se lo permiten".

Gabriel cena junto a Ana, Julia y Joel.

- Mañana tengo partido.

- Lo sé hija.

Gabriel se levanta de la cama sigilosamente para no despertar a Ana.

Admira su álbum de rostros.

- Papá, ¿Qué haces?

- Nada hija, pienso.

- ¿En qué piensas?

- En nada, buenas noches Julia.

- Buenas noches papá.

Gabriel se afeita, se deja el bigote, piensa que podría dejárselo y luego lo afeita y piensa que está mejor sin él.

El equipo invitado lleva dieciséis puntos de ventaja, Julia está mosqueada, suda y se pone colorada, le dan un pelotazo en la cara y no se disculpan, pierden el partido, no pasa nada, a su padre le ha gustado como ha jugado su hija, él y Joel la felicitan, luego se van los tres al cine a ver una película de miedo que para postre resulta ser malísima.

Te golpeo en la cabeza y mueres, es la solución perfecta, no hay otra mejor. Antes, mientras sujeto el martillo y lo abalanzo sobre ti, te hago una foto, quedará estupenda.

He sentido una presencia maligna, más intensa que la de mis víctimas antes de ser víctimas de nada, solo culpables de intrusión, esa presencia es el diablo y me quiere a mí, en una jaula, arrepentido y fuera de juego, lo primero es una especulación, de lo segundo no hay duda, quiere arrebatarme la libertad de ser y estar, le da igual como me lo tome.

La primera vez que maté a un ser humano, si se le puede llamar así, yo era tan solo un crío, ella una señora enfermiza que insistía en llevarme a casa, me había perdido, tenía unos seis años, le advertí varias veces que me dejara en paz, que ya me las apañaría para encontrar el camino de vuelta a casa, pero ella persistió en acompañarme, aquella vez fue la primera, sentí la intrusión perturbadora que precisaba de una fácil e inmediata solución, al final, agotado por su insana insistencia, le dije que vivía cerca pero que no sabía como llegar y que creía que debía bajar por unas escaleras que conducían a un paso subterráneo que cruzaba las vías del tren.

- Mi casa está al otro lado de las vías, en una calle de allí detrás.

Ella bajó las escaleras con la cabeza, la espalda, de costado... Me muero de la risa al recordarlo, ella murió al partirse el cuello.

Luego llegué a casa sin problemas, recordé enseguida donde me encontraba y el camino a seguir.

Que liberación sentí, que fácil.

Encerrar a alguien, eso es crueldad, este mundo es para los valientes, no para los necesitados o las absurdas leyes del hombre necio, sentencia y sé el verdugo, vive y deja vivir, no dejes vivir y muere, esa es mi sentencia, hago que se cumpla y gozo con ello.

Julia no ve fotos lindas, Gabriel no se levanta de la cama sin despertar a Ana, porque ni Ana ni Julia existen.

Gabriel está sentado en el banco del parque mirando como unas crías juegan al baloncesto, se imagina a Joel a su lado y luego felicitando a una de las niñas por el buen partido, más tarde, solo en el cine mira a ambos lados y repite a los asientos vacíos, " Que peli tan mala, eh!".

De pequeño Gabriel sufrió vejaciones y torturas, ahora es un asesino con temor a ser descubierto, en su interior sabe que ese será su fin y que no puede hacer nada para evitarlo, en el fondo quiere que así sea, mientras, goza con lo que hace.

- Buenas noches Joel.

- Buenas noches Julia.

- Buenas noches Ana.

Todos duermen, Gabriel admira su álbum de rostros.



Unicornio Rosa: Capítulo 2 "La pastilla y el arcoíris"

Unicornio Rosa ¿Quieres huir?, ¿encontrar tu lugar en el mundo? ¿Qué esperas encontrar allí dónde vayas?,  ¿quién eres? El viaje empieza en ...