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jueves, 3 de septiembre de 2015

La Mansión Crow Mirror "Capítulo 1" (El Caso)

- Lo tienes delante, pelirroja.

Mongabay no discutiría aquella entrada, sabía que no era el mejor en nada, pero no dudaría ni por un momento usar sus cartas para acabar bajo las faldas de aquella belleza.

- Mi nombre es Elisabeth Williams, señor.

- Bonito nombre para una hermosa mujer.

- Por favor, no siga por ahí. He venido a ofrecerle un caso.

- Dispare - Dijo Mongabay, mientras simulaba una pistola con su mano izquierda apuntando a la mujer -.

- Mi marido ha desaparecido y quiero que lo encuentre.

- ¿Cuanto?

- ¿Cuanto qué? - Preguntó Elisabeth en el mismo instante en el que llegaba la evidente respuesta a su mente -.

- ¿Cuanto dinero me va a pagar si lo encuentro?.

Elisabeth Williams agarró su bolso e introdujo la mano, sacó un sobre y lo dejó sobre la mesa del detective.

Mongabay ojeó el contenido.

- El doble cuando lo encuentre.

Peter abrió un cajón, metió allí el dinero y sacó un bloc de notas y una pluma.

- Dígame señora Williams, el nombre de su marido, cuando desapareció, donde lo vio por última vez...


La "Mansión Rowmir" se construyó en 1817. Samuel Williams, el marido desaparecido de Elisabeth, era un simple notario que visitaba aquel caserón, una vez al año.

Su tarea allí consistía en hacer inventario y esperar respuesta de los inquilinos sobre la posible aparición del póstumo heredero de alguna de las dos familias que habitaron el lugar, años atrás.

Los residentes, en la actualidad, eran el ama de llaves, Margaret Níspel y sus dos hijos, Marjorie y Nathan, de veintitrés y nueve años, respectivamente. Realizaban tareas de mantenimiento y daban algo de vida a aquella monstruosa edificación qué, desde cerca, parecía un castillo de aquellas películas de terror de los años veinte, como un clásico de Jean Epstein.

Samuel fue visto por última vez el siete de septiembre de 1953, camino de la "Mansión Rowmir".

Habían pasado tres meses desde su desaparición. La policía investigó el caso sin éxito. Alegaron la posibilidad de que huyese con su amante. Elisabeth era conocedora del romance entre su marido y Clarice Roland, pero negaba la posibilidad de que huyera con ella.

"Esa zorra se marchó con sus tíos a Francia, tenía dieciséis años". Afirmó la señora Wiliams al detective. "La policía no cumplió con su trabajo, por eso he recurrido a usted".


No me gusta lo que veo frente al espejo, queda poco de mí, un rastro de lo que fui. La cicatriz en forma de serpiente que recorre mi muslo derecho, voltea mi ombligo, sube por el costado izquierdo y repta por mi cuello.

Desnudo, ataviado únicamente con mi anillo dorado, el cuervo en el espejo, yo, o, mejor dicho, lo que queda de mí, frente al espejo.

Los ojos de Mongabay se oscurecieron por completo, dos piedras negras en mitad de su pálido rostro.

Regresaban imágenes de su infancia, el inconsciente le jugaba malas pasadas. Se veía de niño, era tan distinto, incluso en su adolescencia y juventud, irradiaba luz. La luz se apagó muchos años atrás, antes de llegar a Nueva Orleans.

Se enfundó el traje de todos los días, se recostó en su sillón. Encendió otro cigarrillo. El humo era su nuevo oxígeno. El jazz, su nuevo método de meditación.


Aquella misma tarde, antes de su primera visita a la mansión Rowmir, certificó lo dicho por su nueva clienta. Satisfecho con la confirmación de todo lo declarado por Elisabeth y con el hecho de tener, por fin, un trabajo que lo distrajera de su mundanal rutina, se dirigió al caserón.

Efectivamente, la amante de Samuel Williams, Clarice Roland, marchó con sus tíos a Francia y la policía había archivado el caso. No podía entrometerse en un caso abierto. No podía permitirse el lujo de que lo investigasen a él.

Desde la verja que daba al inmenso jardín, ante el camino de piedra y la escalinata de la entrada principal de aquella gigantesca mansión, Mongabay esperó silencioso.

Vio pasar a un chiquillo con unas enormes tijeras de poda.

- ¡Eh, chico!

- ¿Si?

- ¿Como te llamas, pequeño?

- Nathan, señor.

- ¿Puedes abrir la verja, Nathan?

- No, no puedo, señor. Avisaré a mi madre.




miércoles, 2 de septiembre de 2015

La Isla y Yo "Capítulo XXXVII" (El Principio del Fin)

En su mirada puedo ver escrita con fuego una orden clara y contundente.

En el nombre del amor... Por ti, Tahohae, por nuestro futuro hijo, por nuestra vida juntos.

Alzo a "Abrelatas" mi salvadora y con un movimiento preciso acierto en el pecho de lo que queda de Eva. Allí se queda clavado mi pequeño puñal y ella se abalanza sobre mi.

Caigo irremediablemente en la tierra pedregosa con ese ser putrefacto sobre mi cuerpo.

Babea viscosa saliva mugrienta sobre mi rostro, agarro el mango de "Abrelatas" y lo arranco de su fétida carne, doblo el brazo y se lo hinco en un ojo, luego en el otro, en la frente, una y cien veces, hasta que deja de gruñir.

Me la saco de encima con todas mis fuerzas, la tumbo de espaldas y me siento sobre ella, desde la yugular hasta su oreja izquierda, rebano con saña su cuello inmundo, hasta su nuca y continuo hasta su oreja derecha.

La cabeza se desprende como un coco de su palmera.

Me pongo en pie y pateo el cráneo de Eva, mi histérica y loca Eva, un balón que rebota contra un tronco y adorna una roca de rojo infierno.

Adiós, mi querida Eva.

Me giro y veo a Doce en pie, ahora es orgullo lo que leo en sus ojos, nos abrazamos y nos amamos una vez más, antes de proseguir la marcha.

Me siento un hombre nuevo, ya no soy López, el escritor ermitaño, ahora soy Lop y he hallado mi reino, mi mujer y nuestro fruto creciendo en su vientre, ellos son mi hogar, mi motivo, mi gran obra.

Debo protegerlos. Debemos encontrar un buen lugar donde nuestro hijo crezca sano y feliz y Tahohae y yo podamos envejecer en paz.

Corremos hacía la otra orilla de esta nueva isla, atravesando una espesa jungla, oscura y empapada, nos engulle una humedad refrescante y sanadora. Tras horas de rápida caminata, salimos del verde frondoso para encontrarnos ante un inmenso portal.

Es la entrada a un lugar que jamás imaginé poder hallar en este remoto paraje salvaje.

Es una puerta de madera gigante empotrada en la fachada de una montaña.

A la derecha de las puertas, sentado sobre un escudo, un esqueleto se deja ver, entre una armadura de plata envejecida, las barbas blancas pegadas a su mandíbula bailan con el suave viento y sus cuencas silban una extraña melodía.

En su casco inscrito un nombre, leo "Jefardreé" en letras doradas.

Tahohae y yo nos miramos totalmente desconcertados, cuando... Las puertas se abren por sí solas con un estridente gruñido de oxidadas bisagras de hierro.

Ante nosotros, el principio de un camino de tierra amarilla, de polvo del desierto.

Damos tres pasos y dejamos las puertas a nuestras espaldas, estas se cierran tras nosotros.

Doce agarra mi mano con fuerza, noto como tiembla todo su cuerpo. Ambos vibramos con tremenda emoción, no podemos creer lo que ven nuestros ojos, lo que experimentan nuestros sentidos.

Un águila púrpura sobrevuela nuestras cabezas, planea y se posa frente a nosotros. Abre el pico y mueve sus ojos, inclina su esbelta figura y fija su mirada en el vientre de mi amada.

- Gracias por traer a Jefardreé de nuevo a su hogar. Sed bienvenidos. Pronto os reencontraréis con su abuelo y por fin, entenderéis.




viernes, 14 de agosto de 2015

La Isla y Yo "Capítulo XXXI" (Futuro)

Mis córneas hierven, mis pupilas son como dos pequeñas brasas incandescentes, el sudor me resbala espeso por la frente, mi cuerpo emana hedor a putrefacción. En la borrosidad de mi vista y el oscuro pensamiento que inflama mi cerebro, siento que me va estallar el cráneo, puedo ver, a duras penas, como un pequeño insecto devora un extraño mejunje untado en mi tobillo, huelo a muerte.

Creo que es una hormiga, cabezona y roja, con unos pequeños y afilados colmillos. Está disfrutando de su repugnante banquete. De vez en cuando se detiene, no deja de masticar y me mira directamente a mis perturbados y doloridos ojos.

Mis ideas, nubladas por la oscuridad del sufrimiento, giran incesantes como un remolino de preguntas qué, la verdad, no sé si tendrán respuesta.

¿Este es el reino de Lop que esperaba? ¿Ha valido la pena cruzar el umbral de la soledad? ¿Es Doce una ilusión o un compañero que ha resultado ser una mujer y si es así, son reales mis sentimientos hacia ella? ¿Conservo a "Abrelatas", el botiquín, el espejo donde observar mi decadencia? 

He encontrado al resto de la tripulación, pero ahora son zombies con hambre de nuestra mísera carne. He hallado a otros, traficantes de "lijunia", una hierba alucinógena qué, he llegado a pensar, me ha sumido en un desvarío monumental del que no sé como escapar.

Necesito lucidez, necesito volver a ser yo, la isla y yo.

Me pongo en pie, la hormiga rojiza ha terminado su festín y milagrosamente me encuentro mejor.

A mi lado está Tahohae, me observa sonriente. Sí, en efecto, ella, Doce, es mi compañera, no es una ilusión. En mi cinturón, una cuerda hecha con lianas, reposa "Abrelatas". Recuerdo que entre las pertenencias de Doce se encuentran las mías.

Todo es cierto, por increíble que parezca, tras nuestros pasos hay una horda de zombies, mis antiguos compañeros de viaje del crucero. Los traficantes de "lijunia" podrían regresar en cualquier momento.

Todo son peligros tras nuestros talones.

Me agarro a Tahahoe, cojeo, pero no siento dolor. Mis ojos se desempañan, al igual que mi mente.

Encontramos un pequeño lago, bañamos nuestros cuerpos, nuestras mentes, nuestras almas. Nos purificamos de todo lo ocurrido recientemente. El agua se lleva nuestro hedor, nuestra pesadumbre, nuestra oscuridad.

Debemos regresar a nuestra pequeña isla o hacía otra, debemos construir una nueva "Eva" y huir de aquí. Quizás, si volvemos a estar a solas, vivamos en paz.

Quiero descansar, recuperar fuerzas y hacer el amor con Doce hasta que el mundo deje de ser mundo. No quiero un reino, no deseo hallar a nadie más, tan solo quiero amar y ser amado y dejar atrás el peligro que aquí nos acecha.

Parece ser que ella no desea esperar a estar en otro lugar, como si hubiera leído mis pensamientos inscritos en mi mirada, Tahahoe me estira encima de un colchón de flores y me agarra la mano, me sostiene un dedo y lo pasea por cada una de sus cicatrices. Recorro el mapa del paraíso sobre su cuerpo, mi ser penetra el suyo y, por un instante, siento que vivir es algo bueno, que ha valido la pena cualquier cosa para llegar hasta este momento, un instante de placer en el que el resto del mundo parece haber desaparecido.

Eyaculo un torrente de semillas vivarachas en el interior de mi amada, ella aúlla a la luna.

Descansamos abrazados, desnudos, vulnerables pero felices. Nos miramos el uno al otro, lo sabemos, lo percibimos. A partir de ahora portamos algo por lo qué, más que nunca, merecerá la pena continuar, sobrevivir y hallar un lugar mejor. Un lugar donde nuestro fruto pueda nacer, crecer y ser feliz.

El viento ruge, las estrellas iluminan el manto negro que pende sobre nuestras cabezas, el calor de nuestros cuerpos se funde sobre la tierra. Reposo mi cabeza sobre el vientre de mi amor, siento el palpitar latente de una nueva vida, la susurrante voz de nuestro futuro.

Nos dormimos.

Mañana será otro día.



sábado, 18 de julio de 2015

La Isla y Yo "Capítulo XIV" (Propósito y Proyección)

He perdido la noción del tiempo, enclaustrado en mi cueva, junto a los duendes y los demonios susurrantes.

Dejé de grabar los días en aquella roca. Gozaba de compañía tras aquella soledad que disfrutaba y se tornó terrible. Teníamos un propósito y olvidamos dejar constancia del paso del tiempo.

La temperatura ha descendido considerablemente. Creo que hace mucho que acabó el verano, incluso diría que ya he vencido el otoño y me encuentro a mediados del invierno.

Ni rastro de Doce. La isla es inmensa.

La balsa está oculta y protegida bajo la tela de su vela, en lo más profundo de mi hogar. Al igual que su tocaya en mi memoria. Mi loca e histérica Eva.

Mi esqueleto deambula por la selva, cubierto por una fina mortaja blanquecina y morada.

Empuño a "Abrelatas", mi navaja... ¿Suiza, Griega?... ¿A caso importa? Es mi salvadora.

Mi cabello es media melena de gruesas rastas, mis barbas son nido de ácaros y en esta tierra, os lo aseguro, no son seres microscópicos, puedo sentirlos corretear entre los pelos. Mis uñas albergan muerte negra, la misma que ha despojado la luz de mi mirada y la ha arrojado a un abismo del que no logro emerger. Hace mucho que tan siquiera lo intento.

Entre mis pertenencias, conservo el botiquín que encontré entre los restos del crucero.

Observo mi rostro, por partes, en un pequeño espejo circular, mis pupilas reflejadas y no hallo signos de alma tras ellas.

El espejito me sirve para encender hogueras, mantengo viva la llama, soy un Prometeo enfermo que busca una razón para no echarse al agua y nadar hasta decir basta y hundirse irremediablemente en el mar. Eso sería una liberación. Estas son la clase de ideas que vienen a mi mente mientras el candor del fuego resplandece en mi rostro.

Yo, López. Escritor ermitaño, morí el día que murió ella. Mi vida, mi amor, mi Eva.

Voy a ver la balsa, la Eva de troncos, mástil y vela... No está.

Paseo confuso hacia la orilla, he decidido naufragar de veras. Despojar a mi cuerpo de esta débil energía que lo habita.

Doce me espera junto a la balsa reconstruida y provista de víveres y de mis pertenencias.

Señala la isla que hay a diez millas y reproduce dos gestos que reconozco en seguida. Su dedo índice apunta al suelo, lo agita, arriba y abajo y luego asiente con la cabeza.

Fuera cual fuera el peligro del que me advirtió, parece haberse disipado con el tiempo estival, ha caído con las hojas caducas del otoño y se lo ha llevado el frescor del invierno.

Doce desea que pongamos rumbo al reino de Lop. Me mira a los ojos y la ilusión regresa a ellos.

Doce me observa y gesticula otra vez...

Ahora, sí.

He arrastrado la balsa a la orilla junto a un propósito y he proyectado a Doce de nuevo, el reflejo de mi alma silenciosa y marchita.

Recuerdo la fiebre y las visiones, cuando peleaba conmigo mismo en esta misma orilla, cuando herí levemente mi cuerpo y profundamente mi esencia.

Dejo atrás al viejo López, al ermitaño enamorado de un pasado vencido. Agarrado con una mano al mástil y empuñando con la otra a "Abrelatas".

A medio camino entre las dos islas admiro el ondear de la bandera, un vestido rojo desgarrado y descolorido por el tiempo, tiempo del que perdí la noción.

Yo soy Lop, soy "Doce"... El título de la novela que deseaba escribir en este crucero qué, para bien o para mal, se ha convertido en mi nueva vida.

Hundo la navaja atada a un largo palo y ensarto un gran pez, lo acerco a mi rostro, lo miro a los ojos y le digo... ¡Dunga, dunga!... Justo antes de clavar mis fauces en su salada carne.

Trago y exclamo al inmenso cielo:

¡Sí sobrecargo, ahora mismo me pongo a cubierto! ¡En cinco minutos!



Unicornio Rosa: Capítulo 2 "La pastilla y el arcoíris"

Unicornio Rosa ¿Quieres huir?, ¿encontrar tu lugar en el mundo? ¿Qué esperas encontrar allí dónde vayas?,  ¿quién eres? El viaje empieza en ...