Mongabay no discutiría aquella entrada, sabía que no era el mejor en nada, pero no dudaría ni por un momento usar sus cartas para acabar bajo las faldas de aquella belleza.
- Mi nombre es Elisabeth Williams, señor.
- Bonito nombre para una hermosa mujer.
- Por favor, no siga por ahí. He venido a ofrecerle un caso.
- Dispare - Dijo Mongabay, mientras simulaba una pistola con su mano izquierda apuntando a la mujer -.
- Mi marido ha desaparecido y quiero que lo encuentre.
- ¿Cuanto?
- ¿Cuanto qué? - Preguntó Elisabeth en el mismo instante en el que llegaba la evidente respuesta a su mente -.
- ¿Cuanto dinero me va a pagar si lo encuentro?.
Elisabeth Williams agarró su bolso e introdujo la mano, sacó un sobre y lo dejó sobre la mesa del detective.
Mongabay ojeó el contenido.
- El doble cuando lo encuentre.
Peter abrió un cajón, metió allí el dinero y sacó un bloc de notas y una pluma.
- Dígame señora Williams, el nombre de su marido, cuando desapareció, donde lo vio por última vez...
La "Mansión Rowmir" se construyó en 1817. Samuel Williams, el marido desaparecido de Elisabeth, era un simple notario que visitaba aquel caserón, una vez al año.
Su tarea allí consistía en hacer inventario y esperar respuesta de los inquilinos sobre la posible aparición del póstumo heredero de alguna de las dos familias que habitaron el lugar, años atrás.
Los residentes, en la actualidad, eran el ama de llaves, Margaret Níspel y sus dos hijos, Marjorie y Nathan, de veintitrés y nueve años, respectivamente. Realizaban tareas de mantenimiento y daban algo de vida a aquella monstruosa edificación qué, desde cerca, parecía un castillo de aquellas películas de terror de los años veinte, como un clásico de Jean Epstein.
Samuel fue visto por última vez el siete de septiembre de 1953, camino de la "Mansión Rowmir".
Habían pasado tres meses desde su desaparición. La policía investigó el caso sin éxito. Alegaron la posibilidad de que huyese con su amante. Elisabeth era conocedora del romance entre su marido y Clarice Roland, pero negaba la posibilidad de que huyera con ella.
"Esa zorra se marchó con sus tíos a Francia, tenía dieciséis años". Afirmó la señora Wiliams al detective. "La policía no cumplió con su trabajo, por eso he recurrido a usted".
No me gusta lo que veo frente al espejo, queda poco de mí, un rastro de lo que fui. La cicatriz en forma de serpiente que recorre mi muslo derecho, voltea mi ombligo, sube por el costado izquierdo y repta por mi cuello.
Desnudo, ataviado únicamente con mi anillo dorado, el cuervo en el espejo, yo, o, mejor dicho, lo que queda de mí, frente al espejo.
Los ojos de Mongabay se oscurecieron por completo, dos piedras negras en mitad de su pálido rostro.
Regresaban imágenes de su infancia, el inconsciente le jugaba malas pasadas. Se veía de niño, era tan distinto, incluso en su adolescencia y juventud, irradiaba luz. La luz se apagó muchos años atrás, antes de llegar a Nueva Orleans.
Se enfundó el traje de todos los días, se recostó en su sillón. Encendió otro cigarrillo. El humo era su nuevo oxígeno. El jazz, su nuevo método de meditación.
Aquella misma tarde, antes de su primera visita a la mansión Rowmir, certificó lo dicho por su nueva clienta. Satisfecho con la confirmación de todo lo declarado por Elisabeth y con el hecho de tener, por fin, un trabajo que lo distrajera de su mundanal rutina, se dirigió al caserón.
Efectivamente, la amante de Samuel Williams, Clarice Roland, marchó con sus tíos a Francia y la policía había archivado el caso. No podía entrometerse en un caso abierto. No podía permitirse el lujo de que lo investigasen a él.
Desde la verja que daba al inmenso jardín, ante el camino de piedra y la escalinata de la entrada principal de aquella gigantesca mansión, Mongabay esperó silencioso.
Vio pasar a un chiquillo con unas enormes tijeras de poda.
- ¡Eh, chico!
- ¿Si?
- ¿Como te llamas, pequeño?
- Nathan, señor.
- ¿Puedes abrir la verja, Nathan?
- No, no puedo, señor. Avisaré a mi madre.



