Aquella tarde rompí con mi perfecta rutina y me fui a pescar.
Sentado al borde de un acantilado, lancé el invisible hilo de mi imaginaria caña, con la esperanza de pescar alguna idea. En breve algo muy grande empezó a tirar de mí, mar adentro. La caña se partió en dos y caí hacia atrás, dándome un buen trompazo en la sien. Vi las estrellas, y me aferré con fuerza a una de ellas.
En ese instante encontré la anhelada inspiración.
Continúo con mi rutina, disfrutando de una gradual mejora, pero de vez en cuando rompo con ella, me lanzo al mar, y con mis propias manos agarro alguna buena idea con la que satisfacer mi creatividad.
Un mar de letras al que he regresado no solo por necesidad, si no por puro gozo.

