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viernes, 28 de julio de 2017

CARIES

Primavera del 2002

El hombre oscuro bañado de negro, el pincel agrietando el folio en blanco.

Lucía huía con el cielo derrumbándose sobre su frágil cabeza, cuando el hombre teñido de diabólico hollín pisoteaba su diminuta sombra, poco antes de salvaguardarse en una cueva de infinita profundidad. No vio luz alguna al final de aquel laberíntico túnel.

Ruth atendió al teléfono.

- No tengo ni idea de donde puede estar... busca entre los cojines del sofá... sí, Jacobo, en una hora más o menos... tengo que colgar... me han llamado de la guardería, Lucía está enferma... cuelgo... sí, Jacobo, sí.

Ruth colgó y marchó a toda prisa.

Con tan solo tres años de edad, Lucía experimentaba su primera incursión en el adulto mundo de la maquiavélica costumbre humana de provocar dolor. En el espacio onírico de su mente se protegía de la mísera realidad que la acechaba.

Alzó sus pequeñas manos y desconchó el techo de la gruta cavernosa en la que se hallaba, dejando que los rayos de luz del exterior penetraran hasta alcanzar sus vaporosas ideas. Lágrimas de azufre se inyectaban tras sus párpados, se alimentó de ellas, del río ocre que inundaba sus pies. Una brecha que aumentaba de tamaño en las paredes de su protectora prisión invitó al señor color verde, a su hermana; la señorita naranja, todos sus primos se unieron; el rojo, el malva, el rosa, el amarillo...

Con las palmas de sus manos hacia arriba, apretadas entre si formando un cuenco, tomó del mar de colores que cubría su agitado cuerpo. Bebió hasta atiborrar su estómago de aquella alucinante fantasía que la ocultaba del oscuro ser.

* * *

Invierno del 2016

Creedme cuando os digo que no actué con maldad. Era joven y estaba enamorada, llegué a sentir que si algo malo había ocurrido, no se repetiría. Quizás pequé por no hacer caso a la razón, mi mente me instigaba a la repulsión, me persuadía para que me alejara de él, pero aún le quería, necesitaba sus abrazos y sus besos, su presencia me reconfortaba. Era un hombre amable, me escuchaba y me daba muchísimo placer. No necesité olvidar lo que había sucedido por que, la verdad, jamás llegué a saber lo que realmente había ocurrido en nuestro hogar.

Esta noche he notado a Jacobo extraño, sé que algo le ha pasado, no creo que su actitud se deba únicamente al dolor de muela que acarrea desde hace unos pocos días.

- ¡San Jacobo! ¿Qué tal, hombre?

- Tu siempre tan gracioso, Javier. Igualito que a los catorce años.

- ¿Qué pasa, compadre?

- Mal, muy mal. Me duele la muela horrores, y para más inri, malas noticias en el trabajo.

- ¿Aún sigues en la fábrica de chocolate, Willy Wonka?

- Ja, ja, ja... Sí, ahí sigo. Me han quitado las horas extras, las necesitábamos como agua de mayo en casa.

- Vaya, hombre. Lo siento, amigo.

Jacobo en la sala de espera admiraba una serie de fotografías en su teléfono móvil, con precaución de que los allí presentes no las vieran.

- ¿Sr. Álvarez?

- Si.

Tras el rápido reconocimiento de la Dra. Vila, odontóloga del hospital St. Lorens:

- Tiene una severa caries en la muela del juicio. Mi recomendación es la inmediata extracción. Podría limpiarse y poner un empaste, pero está demasiado rota.

- La extracción será lo mejor.

- De acuerdo. Pida hora en admisiones.

* * *

Daniel, el hijo menor de Ruth y Jacobo, se pasaba las horas, desde que acababa sus deberes hasta la hora de la cena, jugando con su consola portátil. Aquella tarde su padre le abrió la mochila para mirar su agenda, con el fin de ver si tenía escrita alguna nota de la tutora. Mientras buscaba en el interior de la mochila vio algo extraño. Del estuche de Daniel asomaba lo que parecía ser la patilla de unas gafas, su hijo no usaba lentes. Abrió el estuche y, en efecto, allí habían unas pequeñas gafas graduadas a las cuales les faltaban uno de los cristales. La montura estaba visiblemente dañada.

Jacobo le mostró el hallazgo a su hijo.

- ¿Qué es esto?

- Unas gafas.

- Ya... ¿Qué hacen estas gafas rotas en tu estuche y de quién son?

- No lo sé.

Al instante Jacobo supo que su hijo le mentía, que escondía algo que no debía ser nada bueno, por la mirada de culpabilidad y el enrojecimiento de sus mejillas. Incluso sus ojos se tornaron llorosos.

- ¿Qué ha pasado Daniel? - le preguntó con tono comprensivo -.

- Nada.

- Está bien, ya hablaremos después. Ve a sonarte los mocos.

Lucía, la hija mayor de Ruth e hijastra de Jacobo, llegó a casa a las siete de la tarde. Sabía que el encuentro con su padrastro le traería una nueva riña.

- La princesa de la casa ha llegado.

- Hey...

- ¿Has ido a buscar trabajo?

- Déjame en paz, ¿vale?

- No, no vale. ¡Haz algo con tu vida, niña!

Lucía le levantó el dedo corazón a Jacobo y acto seguido se encerró en su habitación.

* * *

El ser oscuro perseguía a Lucía, una sombra, la silueta de un hombre bañado de diabólico hollín. Lucía gritaba: "¡Mamá, por favor, mamá!" Pero ella no respondía, oculta en un rincón ignoraba lo que allí sucedía.

Ruth se despertó empapada, de un sobresalto, justo en el instante en el que aquellas monstruosas manos se posaban sobre el cuerpo de su pequeña hija. Aquella eterna pesadilla se repetía de nuevo.

Ruth era co-propietaria junto a su hermana, Estrella, de una peluquería. "Nuni's"  llevaba abierta tres años, y el negocio no marchaba demasiado bien. Muchos gastos y poca clientela.

- ¿Te encuentras bien, Ruth?

- Otra mala noche.

- No descansas lo suficiente. Podrías tomarte unos días de fiesta, total, puedo yo sola con lo que tenemos.

- No me lo digas dos veces.

- Tres, si hace falta.

Lucía se pasaba el día en casa de una amiga. Sara era mayor que ella, vivía sola, con una pensión de orfandad se costeaba el alquiler y la compra mensual para llenar su despensa. Ambas compartían un placentero aislamiento basado en el dolor autoinfligido.

Tumbadas en la cama, escuchando el "Requiem de Mozart", se realizaban cortes en brazos y muslos con una hoja de afeitar, empapando de sangre una gran toalla.

- Te amo, Lucía.

- Y yo a ti, Sara.

* * *

Aquella misma tarde, Ruth libró del trabajo. Acompañó a Jacobo al colegio a buscar a Daniel, luego él tenía hora con la doctora Luz Vila para la extracción de la muela picada. Le dolía horrores.

Una vez hubieron recogido a Daniel, fueron al parque que había al lado del colegio a que el niño merendara y jugara un rato. Faltaba media hora para que Jacobo marchara a su cita con la odontóloga.

Ruth y Jacobo se fumaban un cigarrillo, apoyados al otro lado de la valla de madera que limitaba el parque. Jacobo se fijó en un  crío, debía tener unos cuatro años, tenía el brazo escaloyado y llevaba puestas unas gafas, parecían nuevas.

Jacobó marchó al dentista.

El primer pinchazo fue el instante más doloroso, y tampoco lo fue en demasía.

La doctora Luz Vila presionó con una varilla de acero en el centro de la caries.

- ¿Sientes dolor?

Con dificultad, Jacobo, respondió:

- Un poco.

El segundo pinchazo fue apenas indoloro. Luego la doctora agarró una especie de alicates con las puntas curvadas y se puso manos a la obra con la extracción. Fue rápido y fácil. Todo marchó estupendamente para Jacobo, quien salió de la consulta satisfecho y agradecido por el buen saber hacer de Luz.

De camino a casa, en el auto, Ruth miraba a Daniel por el retrovisor, éste jugaba con un coche y un camión. Simulaba un accidente golpeando ambos juguetes, entonces, Daniel volteaba el cochecito y reía.

- Están muertos, todos han muerto.

- ¡Vaya! ¿Un tanto macabro, no, Daniel?

- Ja, ja, ja. Solo es un juego, mami.

* * *

En la consulta de la Dra. Vila.

- ¿Has fumado estos días?

- Si. A las tres horas de la extracción ya fumé.

- Puede que esa sea la razón más probable.

- Si, puede.

- Antibiótico cada ocho horas durante dos semanas.

Lo peor era el sabor. Imaginad una supuración de pus en la misma boca. Con un palillo de dientes podía quitar una capa blanca y pestilente de mi lengua. Las noches eran horribles. Me despertaba con el paladar impregnado de aquella pasta maloliente y agria.

Jacobo acompañaba a Daniel a una fiesta de cumpleaños. Aquella mañana de sábado había vuelto a enfrentarse a Lucía. La infección y el dolor no le hacían el transcurso de las horas del día nada fáciles.

- Papá.

- Dime, hijo.

- Yo... Le rompí el brazo a aquel niño. Lo hice a propósito. Se le rompieron las gafas y me las llevé.

- No debes hacer algo así jamás.

- Ya lo sé, pero...

Daniel rompió a llorar.

- ¿Eres una niña, o un maricón?

- ¿Qué?

- ¡No llores! Lo que no debes hacer nunca es decir que has hecho algo así. Debes protegerte, no culparte. Si le rompiste el brazo a un mocoso, ¡te callas!, ¿me oyes?

- Si, pero...

- ¡Pero nada, Daniel!

- Lo hice a propósito. Estábamos en aquellos matorrales del parque...

- ¡No sigas, Daniel! ¡No quiero saber más!, si hiciste algo malo, te callas. ¡Ya lo olvidarás!

* * *

El oscuro ser tiene rostro, es la cara de Jacobo la que se esconde tras la negra figura que acecha a la pequeña Lucía.

Ruth observa en sus pesadillas cómo el hombre bañado de diabólico hollín pisa los talones de su hija. No quiere nada bueno de ella, el gozo del asesinato de la inocencia, la crueldad de la perversión.

Lucía está escondida, su madre abre la puerta que conduce al depredador hacia su presa.

Lucía regresa a casa, su madre la espera. Tienen que hablar, ambas lo saben.

Ruth se siente culpable por sus malas decisiones, por su indiferencia, por anteponer su deseo al sufrimiento de su hija, en el pasado y en el presente.

Lucía no puede perdonarla.

Jacobo va a buscar a Daniel a la fiesta de cumpleaños. Regresan en el auto.

A mitad del trayecto, Jacobo va a frenar cuando ve un camión que se dirige hacia ellos, pero sobre el pedal del freno se ha colocado un coche de juguete de su hijo, pisa con el pie el objeto y se le resbala hacia un lado. El camión frena y gira sobre si mismo.

Impacto.


* * *



Primavera del 2002

Ruth entró en la clase y encontró a su hija de color morado, en una esquina, con los otros niños a su alrededor y la maestra rodeándola con sus brazos. Lucía comenzó a vomitar; pinturas y trozos de papel, hasta que se encasquilló y se le hincharon las venas del cuello. Ruth dio una fuerte palmada en la espalda de su hija y puso la otra mano frente a su boca, ésta devolvió aquello que apresaba en su garganta.

- Hemos llamado a una ambulancia - le comunicó la maestra a la madre de la pequeña -.

- No hará falta.

Ruth agarró su teléfono móvil y marcó, tuvo que esperar tres tonos, esa fue la pausa más dramática de su vida.

- Jacobo, deja de buscar.

En su mano, entre grumos acrílicos, brillaba aquella maldita alianza, y en los ojos de su aliviada hija pudo ver que aquel acto no había sido una simple gamberrada. Comprendió el comportamiento extraño de Lucía en aquellos últimos meses, entendió el significado de los dibujos que había estado haciendo su pequeña, en los que aparecía aquel oscuro ser, bañado de negro, teñido de diabólico hollín, y supo en aquel mismo instante que Jacobo debía marcharse inmediatamente de su hogar, y abandonar sus vidas por siempre jamás.

Sin embargo...


FIN



domingo, 12 de julio de 2015

Dulce Nombre "Versión Íntegra"

Mi abuelita se llamaba Dulce Nombre y ese nombre debería haber sido el mío.

Mis padres no son de esos que ponen a sus hijos los nombres de sus abuelos, ni los de ellos mismos, son jóvenes comparados con la mayoría de los de mis amigos. Son jóvenes y fueron hippies. Les gusta la música de los sesenta. En mi casa siempre suena el viejo tocadiscos. A penas vemos la televisión. Nada de noticias, ni programas del corazón o telenovelas. A todas horas suena Janis Joplin, Jimi Hendrix, Pink Floyd, The Doors y todos esos grupos de Rock, Folk y rarezas varias como King Crimson y demás. Mis preferidos son Jethro Tull, me fascina la flauta travesera y esa voz intensa e inquietante de Ian Anderson.


Es curioso que mi padre con veinte años se pareciera a Jesucristo, lucía larga melena y espesa barba. Es curioso porque mi padre es detective de homicidios, y la "pasma" o los "maderos", como ellos llamaban antaño a la policía, no eran del agrado de sus ideologías de paz, amor y libertad. Pero así es. Se apuntó en la academia a los treinta y dos años, aprobó las oposiciones y pasó las pruebas físicas y psicotécnicas. Tras siete largos años de servicio en el cuerpo, se sacó el máster en criminología.


Le pregunté a mi padre sobre la decisión de hacerse policía, su respuesta fue clara. "Sigo amando la ideología de la libertad y la paz, para que esos valores se mantengan firmes en esta sociedad, no hay que menospreciar al cuerpo de seguridad ciudadana, este mundo necesita buenos policías, honrados, trabajadores e implicados en un bien común".


Aún así, en sus tiempos como agente, mi padre tuvo que realizar labores lejos de sus propios ideales. Pero tenía un objetivo; ser detective de homicidios y meter a los asesinos entre rejas. Y al fin, lo consiguió. La verdad... Me alegro por él. Aunque él no se alegrará tanto de haber tomado tales decisiones. Odiará lo que es y lo que representa... Algún día.


***

El cuerpo de Andrea restaba desnudo sobre un gran charco de sangre. Todo su cuerpo estaba rodeado por el flujo bermellón. Múltiples heridas sobre el torso, cortes limpios. En su autopsia se averiguó que esos tajos se habían propinado con el filo de varios folios de papel, los restos de micro fibras de celulosa lo confirmaron. Del recto sodomizado, extrajeron una corta caña de bambú astillada, en su interior había un papiro, en él, una impresión tecleada con lo que parecía ser, una vieja máquina de escribir. El texto rezaba... "Mi nombre es Dulce Nombre".

El detective de homicidios, Roberto Sanz regresó a casa totalmente agotado. Discutió con su hija y se fue a dormir. Carla, la hija de Sanz, llamó a su mejor amiga, le lloró media hora y luego continuaron en contacto por el chat del móvil, hasta las tres de la madrugada.

A los tres días encontraron un nuevo cuerpo, esta vez mutilado, de brazos y piernas. En el recto, lo mismo. La caña y el papiro con idéntico texto.

Cabía la posibilidad de que el caso, con el encuentro del primer cuerpo, el de la joven Andrea, hubiera recaído sobre Fausto Hernández, pero se lo encomendaron al veterano Roberto Sanz. Sanz fue el segundo cuerpo hallado de aquel asesino.

El caso fue a parar a manos de Hernández, inmediatamente. Lo primero que pensó Fausto, al ojear los datos de los informes elaborados por su recientemente fallecido compañero, fue... "Dulce Nombre... Así se llamaba mi madre".

Carla lloraba desconsolada sobre el hombro de su mejor amiga, su padre había sido brutalmente asesinado, mutilado y sodomizado.

***

Mi nombre es Sofía, pero debería llamarme como mi abuelita.


Algún día... Mi nombre será, Dulce Nombre.


***

El mismísimo diablo había profanado el alma de aquellos rostros, el color de la vida, el aliento que emerge de la necesidad de estar vivo y el brillo de quien desea vivir.

El detective Sanz observó a los padres de Andrea, en sus caras se proyectaba la inocencia y el sufrimiento, pero aún así no podía descartar la sospecha. No hasta que la coartada quedara confirmada.

Al entrar en la habitación de aquella adolescente, un pequeño crujido en la nuca se proclamó vencedor, como de costumbre, en la sien de Sanz. Era la señal de la muerte injusta, la sentenciada por un prójimo a su víctima. Alguien qué, de no ser por aquel cruel acto, posiblemente hubiera vivido muchos y buenos años.

La joven, desnuda sobre la cama, abierta de brazos y piernas cual estrella de mar. Un sin fin de cortes limpios, poco profundos. Uno mortal en la yugular. Su boca y sus ojos abiertos, acristalados.

Sus padres habían ido al cine y a cenar a un restaurante fuera de la ciudad, en la costa este.

"¿A quien invitaste, Andrea?"... Se preguntaba el detective Sanz. "Y ¿Porque te hizo esto?"

Esa misma madrugada, el forense confirmó el resto. Andrea murió desangrada, mientras alucinaba por todo el LSD que había ingerido. Luego la sodomizaron con aquella caña de bambú, dejando el objeto en su interior. Y la única pista, la nota. "Mi nombre es Dulce Nombre".

Ni una sola huella, ni un cabello, una uña. Nada.

***

Carla siempre ha sido mi mejor amiga y matar a su padre resultó ser más fácil de lo que imaginé.

El hacha volaba en mis manos, el estaba totalmente ido. Me deseaba, de rodillas, frotando su miembro entre mis labios. O a cuatro patas, gimiendo con mi dulce y tierna voz, gimiendo como una niña. ¿Como una niña? Bueno, una niña es lo que soy. Con catorce años, una aún puede ser considerada una niña... ¿No es cierto?


***

Al detective Sanz lo hallaron a los tres días del asesinato de Andrea. Mutilado de brazos y piernas, cercenados con un hacha. El arma del crimen se encontraba sobre el torso de la víctima.

El cuerpo restaba en el sótano de su propia casa. Ocurrió de madrugada, mientras su hija Carla dormía, dos plantas más arriba. Sanz era viudo.

El caso fue a parar inmediatamente a manos de Fausto Hernández, su compañero en la central.

Tanto Fausto como su mujer, Claudia, habían quedado muy afectados por la muerte de Roberto, eran grandes amigos. Habían pasado los últimos fines de año juntos. Carla y Sofía siempre habían sido inseparables.

Sofía fingía divinamente ante su familia y el resto del vecindario. Parecía traumatizada por el reciente asesinato del padre de su mejor amiga.

***

Mi nombre es Sofía Hernández, pero algún día... Todos me llamarán, Dulce Nombre.

***

¿Recordáis al Coyote y al Correcaminos? Cuando era pequeña, mientras mi hermana reía hasta llorar con cada tropiezo y caída del pobre cánido y palmeaba sus manos entusiasmada al ver a ese infernal pajarraco salir victorioso de su cazador, yo me hacía siempre la misma pregunta; ¿Que tiene eso de divertido? A Ana le extrañaba mi pose seria frente a aquel desternillante espectáculo. Odiaba a aquella ave patilarga y escurridiza. En aquel momento me hice una promesa... "Seré el coyote más audaz que se haya visto, ninguna presa escapará de mis garras y jamás permitiré que nada ni nadie me dañe".

Francamente, era demasiado pequeña para tener ese tipo de pensamientos, pero recuerdo las sensaciones que tales ideas provocaron en mi.

Mi hermana murió con seis años, era dos mayor que yo. El socorrista no llegó a tiempo. Una pena... Una dulce pena.

***

El detective Hernández llegaba exhausto a casa. Su mujer estaba realmente preocupada, habían pasado tres meses desde el asesinato de Andrea y  Roberto Sanz. No tenían ningún sospechoso y aquella mañana apareció el tercer cuerpo. Estaban frente a un asesino en serie sin rostro ni rastro. No tenían ni una sola huella, nada. Tan solo aquella maldita nota. Sabían que tarde o temprano cometería un descuido, un error que los acercara a él... O a ella.

- ¿Un mal día Papi?

- Si, hija. De lo peor.

Fausto abrazó a su hija, la amaba. Tras la muerte de Ana, su padre quedó muy tocado, lógicamente. Fue entonces cuando decidió ser detective de homicidios. La muerte de su hija había sido un "supuesto" accidente, pero algo le indujo a albergar esa clara meta en su persona. Claudia nunca lo superó. La madre de Sofía restaba sumida en una constante tristeza, su sonrisa era una forzada mueca, una lucha imposible contra el desencanto.

***

A todos les encanta verme embutida en mi disfraz de Gata, observar como meneo mi cola y maúllo, "Estoy en celo" "Te necesito dentro" o "Voy a lamerte... Mi tierno quesito"... Esas frases les ponen a cien. 

Roberto se masturbaba mientras me paseaba ante él con mi traje de licra negra, mis pies y mis manos enfundadas, mi cara cubierta, mis orejitas en punta, mis contorsiones, gateando a su alrededor...

A Andrea le fascinaba que frotara mi figura felina por su cuerpo desnudo, me deseaba tanto.

***

Santiago tenía treinta y dos años, profesor de autoescuela. Lo encontraron en su coche, en el mirador del Monte Negro.

Al igual que en los anteriores dos cuerpos, en los análisis sanguíneos hallaron gran cantidad de LSD.

Le habían cercenado los testículos y se los habían introducido en la boca. En el recto una pequeña caña de bambú y en su interior una nota tecleada con una vieja máquina de escribir...

***
"Mi nombre es Dulce Nombre"

***

Necesito confesar. 

Ayer fui a visitar a mi abuelita al hospital. Lleva allí diez años, en coma profundo. Sabemos que no despertará jamás. Así lo afirmó el Dr. Figueroa. Hace tiempo que al referirme a ella lo hago en pasado.

Mi abuelita se llamaba Dulce Nombre y ese nombre debería haber sido el mío.

Cualquier día se irá y yo me querré marchar con ella. Antes de que eso ocurra debería confesar, debería confesarlo todo.

***

Santiago paseaba por el parque de los nísperos, al pie del Monte Negro. Se sentaba en un banco, lejos del bullicio de la ciudad. Leía una de sus novelas de misterio. 

Sofía se acercó a él, cierto día.

"Eres demasiado joven" le dijo tras varias charlas en aquel lugar. Pero cuando ella le propuso un juego, en el que un disfraz de gata y excitantes sugerencias eran el epicentro de sus propuestas, Santiago no pudo ni quiso resistirse.

Unas prácticas gratuitas con el coche de empresa fueron el obsequio a tantos instantes tremendamente satisfactorios para él. Hasta el día en el que regresó al argumento inicial. Aquella vez no por miedo si no como excusa. Una necesidad vital de huir de la niña que lo complacía y lo atormentaba por igual.

"Eres demasiado joven". 

Luego acabó su refresco. Ella ya le había añadido, sutilmente, un extra sin sabor alucinógeno. Aquellas fueron sus últimas palabras, antes de desangrarse y asfixiarse con sus propias gonadas.

Ella lucía su traje de licra negro, en el mirador, sin testigos. Donde tantas veces habían usado el coche como dormitorio de las mil delicias. Como mil Alicias haciéndole caricias, conduciéndolo al país de las maravillas.

***

El detective Hernández estudiaba las fotografías de las escenas de los crímenes. 

En una de las instantáneas,  Hernández observó algo que le había pasado desapercibido. En un estante del sótano de su compañero, Roberto Sanz, segunda víctima de Dulce Nombre. 

Era la carcasa de una vieja máquina de escribir. 

Posiblemente no significara nada, no aportara nada a la investigación. Fausto no veía probable que fuera la misma máquina de escribir que utilizara el asesino para teclear aquellas notas.

Pero el detective presintió que debía comprobarlo. Tuvo una corazonada.

***

Mi madre se ha acercado a mí esta tarde. Me ha abrazado, me ama. Ha llorado sobre mi espalda.


***

- Debes acabar con esto, Sofía.

- Mi nombre es Dulce Nombre.

- Lo sé hija, lo sé.

***

- ¿Como estás, Carla?

Ella no contestó. Al ver al mejor amigo de su padre, sus ojos se inundaron en lágrimas.

El hermano de Roberto y su mujer se mudaron a casa de su sobrina. Cuidaban bien de ella, no tenían hijos y empezaban a experimentar algo parecido a ser padres, aunque la tristeza y la rabia pintaban todas las paredes de aquel hogar.

Aconsejaron a Carla ir a vivir con ellos, a su casa. Pero ella se negó rotundamente, quería permanecer allí, a pesar de todo.

El detective Hernández bajó al sótano, permanecía cerrado para el resto. Cogió la carcasa de la máquina de escribir, pesaba poco, estaba vacía.

- Ven a casa cuando quieras, Carla. Sofía te añora.

Pero ella continuaba muda, con los ojos rojos y llorosos, el cabello alborotado, enclaustrada en su habitación, vestida con el pijama, en su terrible soledad emocional. Más que nunca, echaba de menos a su madre.

***

Siempre he sido así, desde que ahogué a mi hermana, supongo que antes incluso. Una maldad innata, una necesidad de dejar salir a mi oscuro pasajero. Cuando la persona que está junto a mí disfruta conmigo, de mi presencia, de mi ser. Siento que me sumerjo en el agua, no puedo respirar, necesito emerger. El mal se apodera de todos mis sentidos, entonces actúo. Tengo la sensación de no ser yo misma en esos instantes, como si entrara en trance. Luego llega la calma y esa persona, quien estaba a mi lado, disfrutando conmigo, de mi presencia, de mi ser... Ya no está, ha dejado de respirar. Su sangre es la fuente de la que beben mis sentimientos ocultos. Olvido la realidad.

***

Sonó el móvil de Hernández, era una llamada de la central. Salió a toda prisa tras el aviso.

Un auxiliar informó al coordinador del Hospital St. Lorens, este llamó a la policía y ellos avisaron inmediatamente a Fausto.

***

- No puedo evitarlo, mamá. Yo soy Dulce Nombre. Yo maté a mi hermana.

- Tu no hiciste nada hija, tenías cuatro años. No eres la responsable de lo que ocurrió.

***

Recuerdo que estábamos en la piscina, nos quedamos un rato a solas con la abuela. Carla gritaba y luego cesaron los chillidos, estaba sumergida. No podía respirar. Dulce Nombre acabó con su vida. Yo soy Dulce Nombre. Yo soy...

***

El auxiliar entró en la habitación treinta y siete. Sofía presionaba con ambas manos el almohadón sobre el rostro inerte de su abuela, Dulce Nombre.

***

Fausto fue a visitar a su hija al correccional de menores.

- Sofía, hija mía.

Ella no contestó. Su rostro no era el de una niña, no era dulce ni respondía a ningún nombre. Era una mujer quebrada por la enfermedad, por la maldad y por un secreto oculto.

***

Entre las pertenencias de Sofía, las cuales fueron entregadas a su familia, había una llave plateada.

El detective Hernández halló un gran baúl escondido tras la ropa de su hija, en el armario de su habitación.

La llave plateada abría aquel enorme cofre.

Allí estaba la máquina de escribir de Sanz. Un disfraz de gata, de licra negra. Una cajita llena de pequeñas cañas de bambú y notas recortadas con el maldito texto;

"Mi nombre es Dulce Nombre".

Un pequeño frasco de LSD. Lo reconoció, era suyo. Creía que no se habría movido de una caja que guardaba en un altillo de su habitación. Aquel potente alucinógeno los había sumido a él y a su mujer, tantas veces, en su juventud, cuando no tenían hijos, en intensos estados de éxtasis.

Una sola gota los transportaba al país de las maravillas, un exceso de aquel brebaje podía ser mortal.

Fausto se puso en pie y observó el estante, la pequeña biblioteca de su hija. Casi todo eran libros de misterio y de terror.

"El Asesino de Escritores", "Feliz Cumpleaños", "Rojo Infierno", "La Indigesta Fantasía de Damián", "El Caserón", "Familia"... Hernández los ojeó.

En ellos ocurrían terribles asesinatos, cortes, amputaciones... Y secretos terribles de familias quebradas, misterios sin resolver y locura.

Se sentó sobre la cama de su hija y se maldijo.

Notó algo duro bajo el colchón. Era el diario de su hija. Escritos, con letras escarlatas, los pensamientos y recuerdos de una joven atormentada.

***

Diez años atrás, Claudia entraba en casa de su suegra. No contestaba al teléfono. Ella tenía las llaves, iba a ayudarla con las tareas del hogar.

La encontró tendida en el suelo, con la soga alrededor del cuello. La cuerda se había partido.

Sobre la mesa del comedor había una nota.

"Yo ahogué a Ana. Me quedé a solas con las niñas. Tuve una crisis. Ana gritaba y hundí su cuerpo en el agua. Sofía lloraba. "Has sido tú" le grité. Dulce Nombre, has sido tú, Dulce Nombre, has sido tú... Dulce Nombre". Regresé de aquel abismo en el que me encontraba. Por un tiempo no recordé nada. Desperté en el hospital. Más tarde empecé a recordar lo que ocurrió aquel día en la piscina. 
Entendí lo que había hecho, no puedo vivir con ello. Maté a mi nieta, mi Ana. Conduje a Sofía a la oscuridad. Lo veo en sus ojos. Siento mucho lo que pasó y debo morir, familia."

***

Fausto odiaba en lo que se había convertido y lo que representaba. Una voz interior lo indujo a ser detective de homicidios. Una corazonada emocional le susurraba una verdad que permanecía oculta y lo atormentaba. Siempre había sabido, en el fondo de su ser, que la muerte de su hija Ana no había sido un accidente y necesitaba encontrar al culpable.

***

Claudia quemó su odio y aquella carta. La confesión de la madre de su marido. No quería dañar a nadie con la verdad, pensó que ya estaban sufriendo lo impensable por la muerte de Ana y esa decisión fue el peor daño que podía recaer sobre su familia. El fuego destruyó la verdad y la tristeza se incrustó en su alma, por siempre jamás.

***

Las últimas palabras que leyó Fausto en el diario de Sofía fueron las siguientes:

Mi madre me ha explicado el origen de mi falso nombre, ahora sé quien soy y el porqué.

También sé quien no soy... 


Mi nombre jamás fue Dulce Nombre.




FIN

Dulce Nombre "Parte 6"

Fausto fue a visitar a su hija al correccional de menores.

- Sofía, hija mía.

Ella no contestó. Su rostro no era el de una niña, no era dulce ni respondía a ningún nombre. Era una mujer quebrada por la enfermedad, por la maldad y por un secreto oculto.

***

Entre las pertenencias de Sofía, las cuales fueron entregadas a su familia, había una llave plateada.

El detective Hernández halló un gran baúl escondido tras la ropa de su hija, en el armario de su habitación.

La llave plateada abría aquel enorme cofre.

Allí estaba la máquina de escribir de Sanz. Un disfraz de gata, de licra negra. Una cajita llena de pequeñas cañas de bambú y notas recortadas con el maldito texto;

"Mi nombre es Dulce Nombre".

Un pequeño frasco de LSD. Lo reconoció, era suyo. Creía que no se habría movido de una caja que guardaba en un altillo de su habitación. Aquel potente alucinógeno los había sumido a él y a su mujer, tantas veces, en su juventud, cuando no tenían hijos, en intensos estados de éxtasis.

Una sola gota los transportaba al país de las maravillas, un exceso de aquel brebaje podía ser mortal.

Fausto se puso en pie y observó el estante, la pequeña biblioteca de su hija. Casi todo eran libros de misterio y de terror.

"El Asesino de Escritores", "Feliz Cumpleaños", "Rojo Infierno", "La Indigesta Fantasía de Damián", "El Caserón", "Familia"... Hernández los ojeó.

En ellos ocurrían terribles asesinatos, cortes, amputaciones... Y secretos terribles de familias quebradas, misterios sin resolver y locura.

Se sentó sobre la cama de su hija y se maldijo.

Notó algo duro bajo el colchón. Era el diario de su hija. Escritos, con letras escarlatas, los pensamientos y recuerdos de una joven atormentada.

***

Diez años atrás, Claudia entraba en casa de su suegra. No contestaba al teléfono. Ella tenía las llaves, iba a ayudarla con las tareas del hogar.

La encontró tendida en el suelo, con la soga alrededor del cuello. La cuerda se había partido.

Sobre la mesa del comedor había una nota.

"Yo ahogué a Ana. Me quedé a solas con las niñas. Tuve una crisis. Ana gritaba y hundí su cuerpo en el agua. Sofía lloraba. "Has sido tú" le grité. Dulce Nombre, has sido tú, Dulce Nombre, has sido tú... Dulce Nombre". Regresé de aquel abismo en el que me encontraba. Por un tiempo no recordé nada. Desperté en el hospital. Más tarde empecé a recordar lo que ocurrió aquel día en la piscina. 
Entendí lo que había hecho, no puedo vivir con ello. Maté a mi nieta, mi Ana. Conduje a Sofía a la oscuridad. Lo veo en sus ojos. Siento mucho lo que pasó y debo morir, familia."

***

Fausto odiaba en lo que se había convertido y lo que representaba. Una voz interior lo indujo a ser detective de homicidios. Una corazonada emocional le susurraba una verdad que permanecía oculta y lo atormentaba. Siempre había sabido, en el fondo de su ser, que la muerte de su hija Ana no había sido un accidente y necesitaba encontrar al culpable.

***

Claudia quemó su odio y aquella carta. La confesión de la madre de su marido. No quería dañar a nadie con la verdad, pensó que ya estaban sufriendo lo impensable por la muerte de Ana y esa decisión fue el peor daño que podía recaer sobre su familia. El fuego destruyó la verdad y la tristeza se incrustó en su alma, por siempre jamás.

***

Las últimas palabras que leyó Fausto en el diario de Sofía fueron las siguientes:

Mi madre me ha explicado el origen de mi falso nombre, ahora sé quien soy y el porqué.

También sé quien no soy... 


Mi nombre jamás fue Dulce Nombre.






The Doors





jueves, 9 de julio de 2015

Dulce Nombre "Parte 5"

- ¿Como estás, Carla?

Ella no contestó. Al ver al mejor amigo de su padre, sus ojos se inundaron en lágrimas.

El hermano de Roberto y su mujer se mudaron a casa de su sobrina. Cuidaban bien de ella, no tenían hijos y empezaban a experimentar algo parecido a ser padres, aunque la tristeza y la rabia pintaban todas las paredes de aquel hogar.

Aconsejaron a Carla ir a vivir con ellos, a su casa. Pero ella se negó rotundamente, quería permanecer allí, a pesar de todo.

El detective Hernández bajó al sótano, permanecía cerrado para el resto. Cogió la carcasa de la máquina de escribir, pesaba poco, estaba vacía.

- Ven a casa cuando quieras, Carla. Sofía te añora.

Pero ella continuaba muda, con los ojos rojos y llorosos, el cabello alborotado, enclaustrada en su habitación, vestida con el pijama, en su terrible soledad emocional. Más que nunca, echaba de menos a su madre.

***

Siempre he sido así, desde que ahogué a mi hermana, supongo que antes incluso. Una maldad innata, una necesidad de dejar salir a mi oscuro pasajero. Cuando la persona que está junto a mí disfruta conmigo, de mi presencia, de mi ser. Siento que me sumerjo en el agua, no puedo respirar, necesito emerger. El mal se apodera de todos mis sentidos, entonces actúo. Tengo la sensación de no ser yo misma en esos instantes, como si entrara en trance. Luego llega la calma y esa persona, quien estaba a mi lado, disfrutando conmigo, de mi presencia, de mi ser... Ya no está, ha dejado de respirar. Su sangre es la fuente de la que beben mis sentimientos ocultos. Olvido la realidad.

***

Sonó el móvil de Hernández, era una llamada de la central. Salió a toda prisa tras el aviso.

Un auxiliar informó al coordinador del Hospital St. Lorens, este llamó a la policía y ellos avisaron inmediatamente a Fausto.

***

- No puedo evitarlo, mamá. Yo soy Dulce Nombre. Yo maté a mi hermana.

- Tu no hiciste nada hija, tenías cuatro años. No eres la responsable de lo que ocurrió.

***

Recuerdo que estábamos en la piscina, nos quedamos un rato a solas con la abuela. Carla gritaba y luego cesaron los chillidos, estaba sumergida. No podía respirar. Dulce Nombre acabó con su vida. Yo soy Dulce Nombre. Yo soy...

***

El auxiliar entró en la habitación treinta y siete. Sofía presionaba con ambas manos el almohadón sobre el rostro inerte de su abuela, Dulce Nombre.

Continuará...


Jimi Hendrix

martes, 7 de julio de 2015

Dulce Nombre "Parte 4"

Necesito confesar. 

Ayer fui a visitar a mi abuelita al hospital. Lleva allí diez años, en coma profundo. Sabemos que no despertará jamás. Así lo afirmó el Dr. Figueroa. Hace tiempo que al referirme a ella lo hago en pasado.

Mi abuelita se llamaba Dulce Nombre y ese nombre debería haber sido el mío.

Cualquier día se irá y yo me querré marchar con ella. Antes de que eso ocurra debería confesar, debería confesarlo todo.

***

Santiago paseaba por el parque de los nísperos, al pie del Monte Negro. Se sentaba en un banco, lejos del bullicio de la ciudad. Leía una de sus novelas de misterio. 

Sofía se acercó a él, cierto día.

"Eres demasiado joven" le dijo tras varias charlas en aquel lugar. Pero cuando ella le propuso un juego, en el que un disfraz de gata y excitantes sugerencias eran el epicentro de sus propuestas, Santiago no pudo ni quiso resistirse.

Unas prácticas gratuitas con el coche de empresa fueron el obsequio a tantos instantes tremendamente satisfactorios para él. Hasta el día en el que regresó al argumento inicial. Aquella vez no por miedo si no como excusa. Una necesidad vital de huir de la niña que lo complacía y lo atormentaba por igual.

"Eres demasiado joven". 

Luego acabó su refresco. Ella ya le había añadido, sutilmente, un extra sin sabor alucinógeno. Aquellas fueron sus últimas palabras, antes de desangrarse y asfixiarse con sus propias gonadas.

Ella lucía su traje de licra negro, en el mirador, sin testigos. Donde tantas veces habían usado el coche como dormitorio de las mil delicias. Como mil Alicias haciéndole caricias, conduciéndolo al país de las maravillas.

***

El detective Hernández estudiaba las fotografías de las escenas de los crímenes. 

En una de las instantáneas,  Hernández observó algo que le había pasado desapercibido. En un estante del sótano de su compañero, Roberto Sanz, segunda víctima de Dulce Nombre. 

Era la carcasa de una vieja máquina de escribir. 

Posiblemente no significara nada, no aportara nada a la investigación. Fausto no veía probable que fuera la misma máquina de escribir que utilizara el asesino para teclear aquellas notas.

Pero el detective presintió que debía comprobarlo. Tuvo una corazonada.

***

Mi madre se ha acercado a mí esta tarde. Me ha abrazado, me ama. Ha llorado sobre mi espalda.


***

- Debes acabar con esto, Sofía.

- Mi nombre es Dulce Nombre.

- Lo sé hija, lo sé.




Continuará...


Janis Joplin






lunes, 6 de julio de 2015

Dulce Nombre "Parte 3"

¿Recordáis al Coyote y al Correcaminos? Cuando era pequeña, mientras mi hermana reía hasta llorar con cada tropiezo y caída del pobre cánido y palmeaba sus manos entusiasmada al ver a ese infernal pajarraco salir victorioso de su cazador, yo me hacía siempre la misma pregunta; ¿Que tiene eso de divertido? A Ana le extrañaba mi pose seria frente a aquel desternillante espectáculo. Odiaba a aquella ave patilarga y escurridiza. En aquel momento me hice una promesa... "Seré el coyote más audaz que se haya visto, ninguna presa escapará de mis garras y jamás permitiré que nada ni nadie me dañe".

Francamente, era demasiado pequeña para tener ese tipo de pensamientos, pero recuerdo las sensaciones que tales ideas provocaron en mi.

Mi hermana murió con seis años, era dos mayor que yo. El socorrista no llegó a tiempo. Una pena... Una dulce pena.

***

El detective Hernández llegaba exhausto a casa. Su mujer estaba realmente preocupada, habían pasado tres meses desde el asesinato de Andrea y  Roberto Sanz. No tenían ningún sospechoso y aquella mañana apareció el tercer cuerpo. Estaban frente a un asesino en serie sin rostro ni rastro. No tenían ni una sola huella, nada. Tan solo aquella maldita nota. Sabían que tarde o temprano cometería un descuido, un error que los acercara a él... O a ella.

- ¿Un mal día Papi?

- Si, hija. De lo peor.

Fausto abrazó a su hija, la amaba. Tras la muerte de Ana, su padre quedó muy tocado, lógicamente. Fue entonces cuando decidió ser detective de homicidios. La muerte de su hija había sido un "supuesto" accidente, pero algo le indujo a albergar esa clara meta en su persona. Claudia nunca lo superó. La madre de Sofía restaba sumida en una constante tristeza, su sonrisa era una forzada mueca, una lucha imposible contra el desencanto.

***

A todos les encanta verme embutida en mi disfraz de Gata, observar como meneo mi cola y maúllo, "Estoy en celo" "Te necesito dentro" o "Voy a lamerte... Mi tierno quesito"... Esas frases les ponen a cien. 

Roberto se masturbaba mientras me paseaba ante él con mi traje de licra negra, mis pies y mis manos enfundadas, mi cara cubierta, mis orejitas en punta, mis contorsiones, gateando a su alrededor...

A Andrea le fascinaba que frotara mi figura felina por su cuerpo desnudo, me deseaba tanto.

***

Santiago tenía treinta y dos años, profesor de autoescuela. Lo encontraron en su coche, en el mirador del Monte Negro.

Al igual que en los anteriores dos cuerpos, en los análisis sanguíneos hallaron gran cantidad de LSD.

Le habían cercenado los testículos y se los habían introducido en la boca. En el recto una pequeña caña de bambú y en su interior una nota tecleada con una vieja máquina de escribir...

***
"Mi nombre es Dulce Nombre"





Continuará...


Pink Floyd



viernes, 3 de julio de 2015

Dulce Nombre "Parte 2"

El mismísimo diablo había profanado el alma de aquellos rostros, el color de la vida, el aliento que emerge de la necesidad de estar vivo y el brillo de quien desea vivir.

El detective Sanz observó a los padres de Andrea, en sus caras se proyectaba la inocencia y el sufrimiento, pero aún así no podía descartar la sospecha. No hasta que la coartada quedara confirmada.

Al entrar en la habitación de aquella adolescente, un pequeño crujido en la nuca se proclamó vencedor, como de costumbre, en la sien de Sanz. Era la señal de la muerte injusta, la sentenciada por un prójimo a su víctima. Alguien qué, de no ser por aquel cruel acto, posiblemente hubiera vivido muchos y buenos años.

La joven, desnuda sobre la cama, abierta de brazos y piernas cual estrella de mar. Un sin fin de cortes limpios, poco profundos. Uno mortal en la yugular. Su boca y sus ojos abiertos, acristalados.

Sus padres habían ido al cine y a cenar a un restaurante fuera de la ciudad, en la costa este.

"¿A quien invitaste, Andrea?"... Se preguntaba el detective Sanz. "Y ¿Porque te hizo esto?"

Esa misma madrugada, el forense confirmó el resto. Andrea murió desangrada, mientras alucinaba por todo el LSD que había ingerido. Luego la sodomizaron con aquella caña de bambú, dejando el objeto en su interior. Y la única pista, la nota. "Mi nombre es Dulce Nombre".

Ni una sola huella, ni un cabello, una uña. Nada.

***

Carla siempre ha sido mi mejor amiga y matar a su padre resultó ser más fácil de lo que imaginé.

El hacha volaba en mis manos, el estaba totalmente ido. Me deseaba, de rodillas, frotando su miembro entre mis labios. O a cuatro patas, gimiendo con mi dulce y tierna voz, gimiendo como una niña. ¿Como una niña? Bueno, una niña es lo que soy. Con catorce años, una aún puede ser considerada una niña... ¿No es cierto?


***

Al detective Sanz lo hallaron a los tres días del asesinato de Andrea. Mutilado de brazos y piernas, cercenados con un hacha. El arma del crimen se encontraba sobre el torso de la víctima.

El cuerpo restaba en el sótano de su propia casa. Ocurrió de madrugada, mientras su hija Carla dormía, dos plantas más arriba. Sanz era viudo.

El caso fue a parar inmediatamente a manos de Fausto Hernández, su compañero en la central.

Tanto Fausto como su mujer, Claudia, habían quedado muy afectados por la muerte de Roberto, eran grandes amigos. Habían pasado los últimos fines de año juntos. Carla y Sofía siempre habían sido inseparables.

Sofía fingía divinamente ante su familia y el resto del vecindario. Parecía traumatizada por el reciente asesinato del padre de su mejor amiga.

***

Mi nombre es Sofía Hernández, pero algún día... Todos me llamarán, Dulce Nombre.



Continuará...


Jethro Tull


miércoles, 1 de julio de 2015

Dulce Nombre

Mi abuelita se llamaba Dulce Nombre y ese nombre debería haber sido el mío.

Mis padres no son de esos que ponen a sus hijos los nombres de sus abuelos, ni los de ellos mismos, son jóvenes comparados con la mayoría de los de mis amigos. Son jóvenes y fueron hippies. Les gusta la música de los sesenta. En mi casa siempre suena el viejo tocadiscos. A penas vemos la televisión. Nada de noticias, ni programas del corazón o telenovelas. A todas horas suena Janis Joplin, Jimi Hendrix, Pink Floyd, The Doors y todos esos grupos de Rock, Folk y rarezas varias como King Crimson y demás. Mis preferidos son Jethro Tull, me fascina la flauta travesera y esa voz intensa e inquietante de Ian Anderson.


Es curioso que mi padre con veinte años se pareciera a Jesucristo, lucía larga melena y espesa barba. Es curioso porque mi padre es detective de homicidios, y la "pasma" o los "maderos", como ellos llamaban antaño a la policía, no eran del agrado de sus ideologías de paz, amor y libertad. Pero así es. Se apuntó en la academia a los treinta y dos años, aprobó las oposiciones y pasó las pruebas físicas y psicotécnicas. Tras siete largos años de servicio en el cuerpo, se sacó el máster en criminología.


Le pregunté a mi padre sobre la decisión de hacerse policía, su respuesta fue clara. "Sigo amando la ideología de la libertad y la paz, para que esos valores se mantengan firmes en esta sociedad, no hay que menospreciar al cuerpo de seguridad ciudadana, este mundo necesita buenos policías, honrados, trabajadores e implicados en un bien común".


Aún así, en sus tiempos como agente, mi padre tuvo que realizar labores lejos de sus propios ideales. Pero tenía un objetivo; ser detective de homicidios y meter a los asesinos entre rejas. Y al fin, lo consiguió. La verdad... Me alegro por él. Aunque él no se alegrará tanto de haber tomado tales decisiones. Odiará lo que es y lo que representa... Algún día.


***

El cuerpo de Andrea restaba desnudo sobre un gran charco de sangre. Todo su cuerpo estaba rodeado por el flujo bermellón. Múltiples heridas sobre el torso, cortes limpios. En su autopsia se averiguó que esos tajos se habían propinado con el filo de varios folios de papel, los restos de micro fibras de celulosa lo confirmaron. Del recto sodomizado, extrajeron una corta caña de bambú astillada, en su interior había un papiro, en él, una impresión tecleada con lo que parecía ser, una vieja máquina de escribir. El texto rezaba... "Mi nombre es Dulce Nombre".

El detective de homicidios, Roberto Sanz regresó a casa totalmente agotado. Discutió con su hija y se fue a dormir. Carla, la hija de Sanz, llamó a su mejor amiga, le lloró media hora y luego continuaron en contacto por el chat del móvil, hasta las tres de la madrugada.

A los tres días encontraron un nuevo cuerpo, esta vez mutilado, de brazos y piernas. En el recto, lo mismo. La caña y el papiro con idéntico texto.

Cabía la posibilidad de que el caso, con el encuentro del primer cuerpo, el de la joven Andrea, hubiera recaído sobre Fausto Hernández, pero se lo encomendaron al veterano Roberto Sanz. Sanz fue el segundo cuerpo hallado de aquel asesino.

El caso fue a parar a manos de Hernández, inmediatamente. Lo primero que pensó Fausto, al ojear los datos de los informes elaborados por su recientemente fallecido compañero, fue... "Dulce Nombre... Así se llamaba mi madre".

Carla lloraba desconsolada sobre el hombro de su mejor amiga, su padre había sido brutalmente asesinado, mutilado y sodomizado.

***

Mi nombre es Sofía, pero debería llamarme como mi abuelita.


Algún día... Mi nombre será, Dulce Nombre.






Continuará...





King Crimson



Unicornio Rosa: Capítulo 2 "La pastilla y el arcoíris"

Unicornio Rosa ¿Quieres huir?, ¿encontrar tu lugar en el mundo? ¿Qué esperas encontrar allí dónde vayas?,  ¿quién eres? El viaje empieza en ...